Bizancio: caída de un imperio de mil años

Foto: Especial.

En la entrada anterior se explicó cómo se conformó el Imperio Romano de Oriente, por qué los bizantinos hablaban griego en lugar de latín y, sobre todo, por qué adoptaron el cristianismo como dogma ideológico y política de Estado. He aquí la conclusión de su historia.

 

Santa Sofía y el arte bizantino

Con base en una política de Estado cristiana, las basílicas comenzaron a ocupar el lugar que antes correspondía a los templos paganos. La arquitectura bizantina alcanzó su periodo más relevante en la época de Justiniano (527-565), durante cuyo reinado se erigieron fortificaciones de defensa, acueductos, cisternas y puentes.

La construcción más emblemática, no sólo de Constantinopla, sino del Imperio Bizantino, es la basílica de Santa Sofía. Se construyó entre los años 532 y 537 sobre la basílica de Constancio II, que se había incendiado. Los arquitectos que la diseñaron fueron Antemio de Trallers e Isidoro de Mileto quienes partieron de la tradición para crear una estructura con las naves coronadas por tribunas y una fachada occidental precedida por un atrio. Lo novedoso de esta construcción fueron las proporciones de la cúpula central, con 31 metros de diámetro, que descansa sobre dos cúpulas de cuarto de esfera, y estas cúpulas se sostienen en dos pequeños nichos situados en diagonal respecto al eje —ver ilustración—.

Por fuera, la basílica parece una construcción convencional de la época, pero una vez que se entra en ella, la composición de las cúpulas produce una sensación de majestuosidad que la convierte en una de las edificaciones más espectaculares de la arquitectura occidental.

En general, el arte bizantino trató de adaptar las formas grecorromanas y orientales al concepto del cristianismo. Su arquitectura influyó notablemente en los países eslavos y caucásicos. En Europa, durante la época de Carlomagno, evolucionó hacia el románico. La escultura fue escasa, pues se prefirió la elaboración de mosaicos y las tablas de marfil. Fue un arte que agotó los elementos de lo visible para representar lo invisible; lujoso y solemne que buscaba provocar fascinación y empatarse con lo divino.

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¿Qué son las discusiones bizantinas?

La naturaleza divina y humana de Cristo ocasionó grandes polémicas entre las dos principales sedes patriarcales del Oriente cristiano: Alejandría y Antioquía.

En la escuela teológica de Antioquía se gestó el nestorianismo, doctrina que dividía de forma radical las dos naturalezas del Hijo de Dios y por ello fue condenado durante el concilio de Éfeso en 431. Por su parte, los teólogos alejandrinos predicaban el monofisismo, que afirmaba la absorción de la naturaleza humana de Cristo por la divina y también fue declarada herética en el concilio de Calcedonia en 451.

Los seguidores del nestorianismo encontraron protección en la Corte de Persia —el mayor enemigo de Bizancio—, mientras los monofisistas—ubicados en las regiones de Siria, Palestina y Egipto— mantuvieron un enfrentamiento abierto con las autoridades ortodoxas de Constantinopla.

Estas discusiones, que hoy nos podrían parecer ociosas, eran fundamentales para el Estado, porque si se lograba quebrar la unidad espiritual de la Iglesia, también se ponía en peligro la estabilidad del Imperio. Aunque los emperadores de los siglos V al VII hicieron lo imposible por conciliar a todas las doctrinas, nunca pudieron con la resistencia de los ortodoxos de Oriente y sus pugnas con el Papa de Roma.

 

Entre el Islam y los eslavos

Después de una costosa guerra que duró siete años (623-630), Heraclio recuperó provincias de Oriente que el Imperio Persa había invadido. Sin embargo, de 634 a 644, Siria, Palestina y Egipto fueron dominadas por las tropas árabes comandadas por el califa Omar, quien en muy poco tiempo puso bajo dominio del Islam a casi todo el Oriente Medio.

Al mismo tiempo que los bizantinos peleaban contra persas y árabes, en la Península Balcánica aparecieron las primeras poblaciones de eslavos. A diferencia de los musulmanes —que abominaban la cultura cristiana— los eslavos se dejaron influir de la cultura romana, de la que surgió la cultura que predomina en la actualidad.

 

Los iconoclastas

En el año 730 el emperador León III, tal vez influido por el pensamiento judío e islámico, prohibió el culto a las imágenes de Cristo, la Virgen y de cualquier santo, y ordenó su destrucción, con el argumento de que era imposible representar la esencia de la Divinidad. Para quienes adoraban los íconos, éstos no eran simples representaciones elaboradas por un pintor, sino reproducciones fidedignas y espirituales del misterio divino.

Iconoclasta viene del griego εἰκονοκλάστης, rompedor de imágenes, y se usó para definir a quienes perseguían a los veneradores de imágenes que representaban a Cristo, la Virgen o cualquier otra divinidad.

Aunque este periodo originó muchos enfrentamientos y cobró varios mártires de ambos bandos, la polémica despertó entre los intelectuales un renovado interés por la filosofía antigua —al que se le llama primer humanismo bizantino— y por el que se lograron recuperar obras de la literatura griega. Durante este periodo se produjeron textos de historiografía, hagiografía, poesía y se dejaron sentadas las bases para el surgimiento de la literatura en verso del siglo XII.

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Carlomagno: el emperador impuesto

Librados de su compromiso de lealtad con el Imperio de Oriente, los pontífices del siglo VIII establecieron el llamado Patrimonio de Pedro para afianzar su poder y con el apoyo de los reyes francos de la dinastía carolingia.

En la Navidad del año 800, el papa León III coronó emperador romano a su protector Carlomagno, y con ello asumió el derecho de disponer del poder imperial de Occidente. Los bizantinos no reconocieron a Carlomagno, rechazaron al Papa y eso terminó de dividir a ambos imperios.

En 1054 un incidente diplomático entre la curia romana y el patriarcado de Constantinopla provocó el célebre cisma de Oriente, una ruptura con la autoridad romana —que pretendía imponerse a toda la cristiandad, incluyendo a los Patriarcas de Oriente— aún vigente en la actualidad.

 

Las cruzadas: el principio del fin

La brecha entre ambas iglesias se amplió con la Primera Cruzada (1095-1099), pues, al entrar en guerra con las potencias islámicas, se atentaba contra los intereses comerciales de los bizantinos.

Como hicieron con los reinos bárbaros de Europa, los emperadores bizantinos aceptaron de mala gana la creación de los Estados cruzados e intentaron controlarlos —sin mucho éxito— por medio de la diplomacia. Por su parte, los cruzados acusaron a los bizantinos de complicidad con los musulmanes.

Por si fuera poco, justo en esa época, la economía de Bizancio se encontraba bajo el dominio de las repúblicas marítimas de Venecia, Génova y Pisa, que competían a muerte con provenzales y catalanes por el control de los puertos y mercados del Imperio.

En 1204 los caballeros de la Cuarta Cruzada fueron reclutados por un pretendiente al trono griego. Cuando éste fue asesinado, aprovecharon para ocupar por la fuerza Constantinopla. En pocos años conquistaron casi todo el territorio europeo de Bizancio, por lo que los emperadores terminaron exiliados en Nicea.

Con altibajos, el Imperio quedó reducido a su capital —y a  unos cuantos territorios diseminados en Grecia— en menos de dos siglos.

 

Caída y legado de Constantinopla

En 1453 Constantino XI Paleólogo intentó imponer la Unión de las Iglesias a su pueblo. A pesar de la inminencia del ataque turco y la necesidad de ayuda de Occidente para proteger la ciudad, la mayoría de los bizantinos rechazó la propuesta del emperador.

En abril el sultán otomano Mehmet II llegó con un ejército formidable a las puertas de la capital bizantina. Tras casi dos meses de resistencia el martes 29 de mayo los turcos lograron forzar una puerta de la muralla. En el tumulto, murió el último emperador, quien se despojó de sus insignias para morir como un soldado anónimo.

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Para muchos pueblos de tradición ortodoxa —griegos, serbios, búlgaros, rusos—, Bizancio significa el periodo más glorioso de su pasado: la época en que se forjó su identidad.  Pero para el resto de Europa, desde la época de la Ilustración, ha significado el triunfo de la barbarie supersticiosa.

Despreciado por los intelectuales progresistas, Bizancio atrajo la atención de los regímenes totalitarios que admiraron la sumisión total de la sociedad ante el soberano y la eficacia de su burocracia. Por ello no es casualidad que los primeros estudios de su historia se dieran en la Francia de Luis XIV, y después se volvieran a retomar en la Alemania nazi y en la Unión Soviética.

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