Bukowski y Fante: El alumno y su maestro

Los Ángeles, la ciudad amada de Fante. (Foto: Reuters)

Para Bukowski, John Fante fue un dios, una inspiración, un modelo literario a seguir.

 

John Fante era nadie. Había publicado en la década de 1930 algunas novelas y cuentos —la mayoría con tinte autobiográfico— que habían tenido poco impacto en los lectores estadounidenses. Trabajaba, avergonzado, como guionista de Hollywood, sentía que había traicionado su ideal de ser un «autor puro» para prostituirse en la industria fílmica. Pero tenía esposa y cuatro hijos qué mantener.

Cincuenta años después ocurrió el milagro. Charles Bukowski, ese viejo sucio que sólo sabía hablar de sexo, alcohol y decepciones, declaró que John Fante era su ídolo. Contó una hermosa historia de cuando era muy joven y muy pobre, por lo que se metía en una biblioteca para leer y distraer el hambre.

En ese lugar, tras aburrirse de los clásicos y de los textos de medicina, había encontrado una novela cuyas «líneas se encadenaban con soltura a lo largo de las páginas, allí había fluidez. Cada renglón poseía energía propia y lo mismo sucedía con los siguientes. La esencia misma de los renglones daba entidad formal a las páginas, la sensación de que ahí se había esculpido algo».

Para Bukowski, John Fante fue un dios, una inspiración, un modelo literario a seguir. Y cuando él mismo se convirtió en una especie de gurú para muchos jóvenes escritores, su mención del olvidado Fante lo volvió a la vida. En 1980, Fante volvió a ser publicado en la editorial de cabecera de Bukowski, Black Sparrow Press. En esta ocasión fue un éxito de ventas, el talento del viejo escritor reivindicado gracias a la recomendación de su apasionado admirador.

Su magistral Pregúntale al polvo —Ask the Dust (1939)— lleva el conmovedor prólogo de Bukowski, donde dice que es su libro favorito porque «constituyó mi primer encuentro con la magia». Relata, además, su obsesión con el alter ego de Fante y protagonista de sus novelas, Arturo Bandini, y cómo recorría las calles por donde éste pudo haber estado en Los Ángeles de los años 30.

Arturo Bandini. Ese joven aspirante a escritor, acomplejado hasta los huesos por ser hijo de inmigrantes italianos, un macarroni despreciado desde los años de escuela. Ese muchacho flaco y ávido de atención, de reconocimiento, que quiere ser un yanqui de verdad, cuyo catolicismo le impide ser ateo, que anhela ser el autor más sublime de la historia y con ello tener fama, dinero y mujeres a montones.

Bandini es el chico que quiere pero no se atreve, el que le da todo su dinero a una prostituta sin siquiera tocarla, el que insulta y ofende a su princesa mexicana, Camila, la mesera de los zapatos destruidos y el cabello de racimos de uvas. Y la insulta porque la ama, la desea como se desea al imposible, precisamente porque es inalcanzable.

«¡Dame algo tuyo, Los Ángeles!», le suplica Bandini a la ciudad que quiere conquistar, «ven a mí tal y como yo voy hacia ti, con los pies en tus calles, ciudad preciosa a la que tanto amo, flor triste enterrada en la arena, ciudad preciosa.» Las frases fluyen con aparente facilidad, la intensidad se respira en cada una de ellas, en sus efectivas metáforas, en los sucesivos arrebatos de felicidad, de ira, de impotencia de ese personaje lleno de defectos y por ellos entrañable.

Poco tiempo disfrutó John Fante del éxito como literato. Murió de diabetes en 1983. Alcanzó a publicar una última novela protagonizada por Bandini, pero ya no se enteró de que hoy sus libros son comprados, intercambiados, prestados, imitados y apreciados por muchos. Amados, releídos y recomendados apasionadamente por otros, entre los que yo me cuento.

 

 

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  • Siempre lo he dicho, si me dan a escoger entre el maestro el alumno, siempre me quedo con el maestro, quien realmente posee una voz literaria incomparable.