Castillos: obsesión del poder medieval 2

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¿De dónde vino la idea de construir una fortificación inmensa y maravillosa que pudiera prescindir del resto del mundo? ¿Por qué los castillos se volvieron un símbolo de poder y era toda una proeza conquistarlos? ¿Cómo era en realidad la vida dentro de uno? Un poco de todo ello se pretende responder en esta nota.

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¡Qué poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción!

François Mauriac

En la entrega anterior se habló de cómo las fortalezas de la antigüedad sirvieron de pauta para los castillos medievales y cómo las primeras construcciones de los normandos en Britania definieron su diseño.

La palabra castillo viene del latín castellum, diminutivo de castrum, nombre que recibía el «campamento fortificado» de los romanos. La relevancia de los castillos en la Edad Media fue tal que el nombre de Castilla provino de cuantos se levantaron en su línea fronteriza para protegerla de los musulmanes. Pero de ser una necesidad defensiva, los castillos se convirtieron en símbolos de poder.

 

El Apocalipsis como meme

Otro factor que alentó la construcción de castillos a partir del año 1000, fue la idea de que el fin del mundo estaba cerca. Ese temor tenía su base en el Apocalipsis de San Juan, en el que se advierte que mil años después del nacimiento de Jesucristo, el Diablo ―bajo la forma de un dragón― saldría de un profundo abismo―donde un ángel lo había encerrado― y que provocaría la desolación del mundo.

Muchos estudiosos de la religión identificaron la profecía apocalíptica con el nacimiento del Anticristo y el Juicio Final, y por ello interpretaron los fenómenos naturales ―eclipses, cometas, cambios radicales del clima, etcétera― como «señales divinas del fin del mundo».

Sin embargo, esta idea del fin del mundo no sólo tuvo su auge durante el año mil, sino que se trató de un meme que imperó durante casi todo el Medioevo ―y que ha revivido cada tanto en la sociedad a la menor provocación.

La necesidad de construir castillos se convirtió en otro meme: entre más grande y más imponente fuera, más representaba el poder del señor que lo detentaba. Un símbolo de seguridad ante la inestabilidad del mundo medieval, lleno de temores y de fenómenos que ni la Iglesia, máxima autoridad de la época, podía explicar.

Muestra de ello es que sólo en Francia se han encontrado vestigios de más de 10 000 castillos.

 

¿Cómo y dónde construir un castillo?

Se edificaban en terrenos elevados para tener una defensa natural y vista despejada de los campos circundantes. El sistema defensivo que proyectaba el constructor ―maestro de obras―, consistía en una serie de anillos cada vez más pequeños pero a su vez más resistentes que, de ser indispensable, podían aislarse.

Al mando de artesanos, obreros, herreros, carpinteros y cientos de peones, estaba el maestro artesano, que distribuía el trabajo y vigilaba su ejecución.

En el centro se trazaba el gran patio interno pero, más allá de sus muros, había otro más pequeño donde estaba  la entrada principal al conjunto fortificado. Las murallas se unían en sus esquinas con torreones.

Durante la primera etapa de construcción, los excavadores abrían el foso alrededor de todo el conjunto hasta llegar a la capa de roca, de la que extraían piedras y graba. De un lado de la base del castillo se obtenía cantera, la materia prima de la que serían formados los ladrillos y, a su vez, se dejaba una pared escarpada de la que era imposible recibir ningún ataque. A la par de excavar varios pozos y construir cisternas, se cavaba un «túnel secreto» que podía usarse en caso de escape.

En la segunda etapa, con el foso casi terminado, se colocaba un poste central que sostendría el puente levadizo, la parte más vulnerable de la muralla:

 

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El puente de madera giraba sobre un perno y se controlaba con un brazo provisto de contrapeso.

 

Al aumentar la altura de los muros, se debían usar andamios de madera, y palancas y poleas para transportar y subir los materiales más pesados.

Las torres eran los principales puntos de defensa: se concebían de tal modo que cada una pudiera defenderse de forma independiente. Cada torre tenía dos entradas: la primera, en la base, daba a uno de los patios; la segunda, en lo alto de la muralla, se llegaba por el «camino de ronda». Si el enemigo lograba entrar, las dos entradas podían bloquearse con pesadas puertas de madera.

De todas las torres del castillo, la única diferente era la que alojaba la capilla. En lugar de dos estancias del nivel de la planta baja, tenía una sola, de dos niveles. El ábside se ubicaba en un amplio espacio con marcos de piedra y vitrales de plomo:

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La vida cotidiana

A principios del siglo XIII ya se había consolidado la forma de un castillo con elementos comunes: una muralla circundante ―a veces doble o triple―, torres intercaladas, barbacanas, trincheras y fosos alrededor. Al interior: un torreón ―Torre de homenaje― resguardaba los aposentos del señor feudal y su familia, así como el tesoro y las armas.

Cuando la Torre de homenaje pasó de moda, la barbacana se convirtió en la parte más sólida. Esta construcción tenía gruesos muros, torres gemelas y una o más compuertas de gran resistencia ―rastrillos―. En el exterior de los muros principales, había un patio de armas que el enemigo debía tomar antes de acceder al edificio principal del castillo.]

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Un gran mito que se ha difundido sobre los castillos ―debido al cine y la TV―  es el uso de las mazmorras como infectas prisiones. En realidad eran almacenes situados en la base de la torre. Armas, uniformes y alimentos se guardaban aquí.

Las cárceles eran poco frecuentes en la Edad media y a los únicos que se mantenía cautivos dentro de un castillo por largo tiempo, era a los nobles capturados en combate; mismos que eran liberados cuando sus familiares pagaban un cuantioso rescate o se llegaba a un acuerdo mutuo de control de territorios.

En tiempos de paz, las torres no sólo se usaban como puntos de ataque de los arqueros, sino que se usaban como hogares y servían de alojamiento a los soldados o a familiares del señor feudal:

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Aunque se calentaran con grandes chimeneas, los castillos era húmedos y fríos; por ello, los muros se cubrían con gruesos tapices. Los señores más adinerados usaban prendas ribeteadas con piel en invierno.

 

Comer, dormir y c…

Los alimentos comunes eran la ternera, el cerdo y el cordero, que se servían con verduras y gruesos panes. Mucha cerveza y vino ―por lo regular elaborados dentro del mismo castillo―. La caza y, por ende, el alimento por excelencia, era el jabalí. Se consideraba la presa más difícil y noble de conseguir porque, su caza comenzaba a caballo y terminaba «cuerpo a puerco», literal.

El ciervo sólo comenzó a considerarse un alimento noble cuando se escribieron los manuales de caza franceses ―alrededor del siglo XIV― y por las características de «redención religiosa» que se le atribuyeron a este animal.

Los castillos no tenían dormitorios. Por ello, el señor feudal y su familia dormían en una misma habitación llamada «solana», situada junto al salón principal, donde, luego de la cena, los criados personales retiraban las mesas y extendían colchones rellenos de paja para dormir. El resto de los sirvientes dormía en su mismo lugar de trabajo.

Por ejemplo, las letrinas consistían en un pozo que se vaciaba muralla abajo hasta el foso. Eran pestilentes y muy frías, pues el pozo ciego daba directo al exterior.

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La mejor defensa es el ataque

Los primeros castillos sólo contaban con una muralla y esto facilitaba la entrada a los atacantes. Por ello, los maestros de obras comenzaron a diseñar murallas internas. De ese modo, los defensores podían atrapar a los enemigos entre dos muros: un blanco fácil para los arqueros.

Los cadalsos eran resguardos de madera que a menudo se disponían sobre las almenas para proteger a los arqueros al tiempo que les daba un amplio campo de tiro.  A veces también contaban con agujeros en el suelo, desde donde podían arrojar aceite hirviendo o disparar a los agresores desde arriba.

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Aunque ahora nos parezca un arma insignificante, el arco y las flechas eran letales: un arquero diestro podía dar en el blanco a 300 metros de distancia y disparar hasta 12 flechas por minuto.

Cuando el contrincante no significaba ningún peligro o los asedios eran muy prolongados y estaban por terminarse los recursos, se realizaba una incursión desde el castillo. Con ello se buscaba tomar por sorpresa al enemigo y, de ser posible, apoderarse de las máquinas de asedio y los soldados que las manejaban.

Difícil no reconocer el rastrillo: esa puerta en forma de reja que, para cerrarla, sólo había que dejarla caer desde arriba. A veces era utilizado como arma, pues el enemigo podía quedar atrapado entre sus barrotes puntiagudos.
Imagen del rastrillo:

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― o ―

Desde el siglo XII el mundo feudal subsistía en crisis por las continuas luchas entre los señoríos y el creciente descontento de los campesinos que buscaron mejores condiciones de vida en los centros urbanos. Las ciudades, relegadas por siglos, comenzaron a cobrar nueva vida y en unos cuantos siglos definieron un nuevo sistema social.

Además de la derrota de los cristianos en las Cruzadas, en 1453 Constantinopla fue tomada por los turcos otomanos. Esto fue un golpe moral para la Europa medieval y empezaron a cambiar muchos esquemas.

A partir del siglo XV y hasta la segunda mitad del XVI, surgió el Renacimiento, un periodo de gran desarrollo económico y cultural. Apareció la burguesía y los señores feudales comenzaron a perder propiedades y poder.

Los gustos de los poderosos cambiaron. Se puso de moda otro tipo de arquitectura, más ligera, que recurría a pórticos de columnas, amplias ventanas con molduras abiertas, amplias escalinatas y galerías.

Con los castillos se quería expresar fuerza, temor y arrogancia. Con los nuevos palacios se buscaba armonía, esparcimiento y lujo. Comenzaba una era de opulencia.

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[Gran parte de este artículo se publicó en la revista Algarabía, en febrero de 2012: www.algarabia.com]

 

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