Ciudad Babel

Especial.

Muy rápido me di cuenta de que mi moderna ciudad Babel tiene muchos países dentro de ella, todos acomodados en barrios y etiquetados con nombres que indican que son sólo una minúscula representación de otro lugar.

 

De alguna manera, el término extranjero siempre me fue familiar y ahora es ésa la característica principal que me hace ser parte de este sitio. Aunque al principio eso no hizo que me resultara menos absurdo el nuevo escenario que había escogido para pasar este fragmento de mi vida, ni tampoco facilitó poder extirparme el sentimiento de pertenencia al otro lugar. Irme lejos a experimentar había sido mi sueño por mucho tiempo y a los pocos días ya me estaba matando la nostalgia. Qué cosas.

No tardé mucho en encontrar a los otros que llevan la letra eñe enredada en las palabras ni tampoco a ellos les costó ubicarme. Claro que aquí podría ser fácil perderse entre las más de ciento sesenta lenguas que se manifiestan por todos los medios posibles apenas se ponen en función de alerta los sentidos, pero de manera inevitable todos traemos algo de los lugares de donde venimos y eso es lo que nos delata.

Al inicio no hubo una sola conversación en la que no tuviera que recitar casi de memoria y, por supuesto, en el idioma de las consonantes enfáticas y las vocales permisivas que si en mi otra ciudad no hacía tanto calor, que si la temperatura promedio no es tan alta, que si allá no padecemos con la humedad, que si las playas no quedaban tan cerca —esa información deja aturdido a quien sólo conoce las aguas cálidas que rodean el lugar de donde vengo—, que si esto, que si aquello. Uf. Sí, los recién llegados nos volvemos “una lección geográfica andante”, como lo dijo Julia Álvarez en alguna de las hojas de De cómo las muchachas García perdieron el acento.

Muy rápido me di cuenta de que mi moderna ciudad Babel tiene muchos países dentro de ella, todos acomodados en barrios y etiquetados con nombres que indican que son sólo una minúscula representación de otro lugar. Cada uno es un pequeño universo que le da a esta urbe ese pluralismo cultural en el que coexistimos armónicamente.

La torre que roza el cielo de esta tierra septentrional sigue siendo una de las estructuras más altas del mundo manufacturadas por el hombre y es más que la antena que facilita las telecomunicaciones, también funge como el privilegiado observatorio de un extenso lago que cuenta con todo y su playa artificial para el verano. Las edificaciones a sus lados pretenden alcanzarla con poco éxito y, un poco más allá, se suman al horizonte todas las pequeñas ciudades que empiezan a cohesionarse a la metrópoli casi sin resistencia.

La multiculturalidad también está presente en los sabores, en la fe, en el arte y en la vestimenta, eso me daba una rara sensación de abundancia. Pero ponto entendí que me faltaban cosas que antes pensaba que tenía seguras y que al mismo tiempo eran irrelevantes, cosas como un exprimidor de limones. No vuelvo a olvidar empacarlo junto a los artículos valiosos, lo prometo.

Aprendí, aunque no de manera muy agradable, lo que es realmente tener todos los climas en un mismo día y que, ayudado por la humedad, aquí el verano arde a casi 48°C; que el invierno en el que se pueden sentir -32°C poco limita las actividades diarias y que no, no se vive en túneles. Pongo la mano sobre mi corazón para dar constancia de ello.

No se ha terminado la añoranza por mi lugar de partida, pero todavía me falta encontrar aquí algunas de las piezas que van a ser importantes para mi historia. O eso creo.

Por lo pronto me queda claro que la herencia cultural y el acento infalsificable con el que articulo mis pensamientos no se van, sólo se enfatizan de manera diferente y que los planes pueden echar raíces en cualquier lugar.

—Disculpa, ya no sé ni en qué idioma estoy hablando.

—No te preocupes, yo te entiendo.

 

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Priscila Montero

Desde 2010, colabora en medios digitales, como creativa y escritora. En este blog se paseará por el arte. Humedece lo que piensa en café con leche y pierde más personas que cosas.

  • Jorge Penné

    Imposible no emocionarse con este texto. La autora supo llevarnos con maestría y belleza a una ciudad como hay muchas en el mundo sin decir de cuál se trata porque, al final, lo importante es el fenómeno social de llegar a un lugar que no te pertenece y tratar de hacerlo tuyo. Es excepcional.