Corea del Norte: el dominó de Kim Jong-Un

Kim-Jong-Un (Foto: Reuters)

Un conflicto implicaría el uso de armas nucleares, poniendo el riesgo a un nivel tan alto, que para los vecinos de Pyongyang ser neutrales no es una opción posible.

 

Su cara rechoncha, sus ojos pequeños y su corte de pelo un poco punk hacen difícil tomar en serio al presidente de Corea del Norte, Kim Jong-Un. Más que un terrible caudillo o un líder carismático tradicional al estilo weberiano, Kim Jong-Un parece un niño caprichoso que desde su fuerte de cartón lanza amenazas de ataques nucleares a sus enemigos, sin entender bien el significado y las repercusiones que sus acciones tienen a nivel global.

La repentina escalada de tensión de estos últimos días es la exasperación de una hostilidad heredada de la Guerra Fría y la consecuencia de las decisiones arbitrarias de ese entonces, cuando la península fue dividida en dos estados distintos, según el deseo de las dos superpotencias. Sentados en una mesa de un café, EU y la URSS definieron los nuevos límites, con único fin de establecer sus esferas de influencia.

Desde ese entonces, el paralelo 38 representa una de las líneas imaginarias con mayores implicaciones simbólicas y pragmáticas: la guerra en Corea fue el primer episodio caliente de una guerra que todos querían mantener fría.

Ese pequeño trozo de tierra, pobre en recursos energéticos pero de alto valor estratégico, es el emblema de la lucha para el puro poder político y expresa la fuerza destructiva de la fractura ideológica entre comunismo y capitalismo. Fractura aparentemente insuperable: los dos estados siguen técnicamente en guerra desde 1950, ya que después tres años de conflicto se firmó simplemente un armisticio y no un tratado de paz.

 

¿Pura retórica?

Aunque no es la primera vez que Pyongyang alaba guerras a gran escala y amenaza un ataque nuclear, el clima político de estos días es muy tenso en toda la región. Hasta qué punto esas amenazas sean reales es difícil medirlo, pues la situación actual es hija de la historia, pero también de la locura y del egocentrismo de Kim Jong-Un.

Es evidente que no es en el interés de nadie, ni del mismo Corea del Norte, que estalle una guerra internacional, con todo lo que implica en costos humanos, económicos y políticos.

Hace unos meses se esperaba que los experimentos nucleares y los proyectos de misiles a largo alcance fueran más bien el intento de Pyongyang de probar sus arcaicos dispositivos y sus capacidades técnicas.

Lamentablemente las declaraciones de última hora y la postura de Kim Jong-Un refutan esas sospechas: Corea del Norte se declara listo para atacar las bases militares estadounidenses en Japón y Guam entre los próximos dos días.

Las tensiones son muy altas y el principal peligro reside en lo que se considera como “posible error de cálculo”, es decir subestimar el potencial del enemigo y las irreparables consecuencias que lleva cada provocación: nadie quiere atacar a Pyongyang, pero todos están listos para responder con firmeza a cualquier provocación militar.

 

Repercusiones regionales

Con solo mirar al mapa, se comprende la importancia vital de esa pequeña península y de sus implicaciones geopolíticas: Corea es el eje estratégico de su región. La convivencia de un gobierno comunista y un gobierno pro-Estados Unidos ha reproducido la rivalidad global de la Guerra Fría en un territorio muy limitado y al mismo tiempo ha constituido un bizarro y controvierto trait d’union entre Estados Unidos, Rusia, China y el resto del mundo.

Por cierto, aunque el escenario de la Guerra Fría era ampliamente antagónico, las afiliaciones políticas eran tan estables y predecibles que la diplomacia tradicional lograba controlar las escaladas de rivalidad. En cambio, las nuevas reglas geopolíticas se desencajan de los esquemas de competencia entre dos esferas y se convierten en dinámicas más impredecibles y, por lo tanto, más arriesgadas.

A diferencia de otros hot spots mundiales que han logrado ahogar su rivalidad, la península coreana permaneció encerrada en su conflicto, perdiendo su portada original en las relaciones internacionales. Las iniciativas autónomas en Pyongyang no forman parte de algún diseño político regional; al contrario, despiertan un escepticismo general, ya que nadie tiene interés en esta posible guerra.

El nordeste asiático es un campo de juego muy peligroso por varias razones:

  • La amplia difusión de arsenal nuclear –en China y en la cercana Rusia e ilegalmente en Corea del Norte, que se convierte por eso en uno de los países anti-sistémico más potente al mundo
  • La superposición de intereses en las agendas de Moscú, Beijing y Tokio, principales potencias económicas y políticas, tanto regionales cómo globales
  • La presencia estable de Washington, que promete un renovado compromiso con la administración de Obama decidida a reforzar la presencia de Estados Unidos en Asia en todos los sectores: el económico, el político y el militar.

 

China y Japón: un problema común como posible punto de encuentro

En este clima, China, único aliado importante de Pyongyang, no quiso tomar el alto costo de las decisiones políticas de Kim Jong-Un y desde las últimas declaraciones del presidente norcoreano empezó oficialmente a tomar distancia de su tradicional aliado.

Sin embargo, no coincidir con Pyongyang, no significa alinearse con Washington. El presidente Xi Jinping y el primer ministro Li Keqiang, designados hace unas semanas, no expresaron todavía ninguna sentencia definitiva acerca de su línea política hacia Corea del Norte. Su objetivo prioritario es tratar de calmar las aguas movidas de estos días y apaciguar los humores. Beijing es bien consciente de que su involucramiento obligado tendría seguros costos y dudosos beneficios.

De la misma forma, Japón, vecino de Corea del Norte y amigo de Estados Unidos, teme que se concreten las amenazas de Pyongyang, sobre todo por la falta de preparación de su sector militar. Obligado a dejar su tradicional estrategia de bajo perfil y su propensión al pacifismo, Tokio ha empezado a orientarse hacia una política exterior más asertiva.

Desde las Segunda Guerra Mundial, el primer pilar de la seguridad nacional japonesa ha sido su completa dependencia de Washington, hasta el punto que el gasto público en defensa se ha quedado básicamente igual los últimos 50 años.

Por lo tanto, las recientes imágenes de soldados japoneses en uniforme de camuflaje y con la cara pintada, haciendo simulaciones militares comparables a escenas de Full Metal Jacket, parecen bizarras: de hecho, desde febrero, las tropas japonesas están involucradas en un programa de entrenamiento en conjunto con los Marines estadounidenses –Iron Fist, una misión que ha revelado la ansiedad de Japón sobre la incierta situación regional.

Aunque la actual política de Pyongyang represente una amenaza común para ambos amigos y enemigos, la falta de acuerdos e instituciones regionales garantes de seguridad incrementa el riesgo y la inestabilidad que reinan en el noreste asiático.

De la misma forma, la ausencia de una superpotencia regional, que tenga el monopolio del poder y determine los equilibrios entre los vecinos, concurre a empeorar una situación caótica y lista para estallar.

La política de Kim Jong-Un arrastra a la región a una vorágine de alarmismo, tensión y consecuente militarización, que afecta el equilibrio de poder en su conjunto. En un contexto donde reinan la descentralización del poder y la falta de metas comunes, así como de un marco regulatorio, iniciativas autónomas y anti-sistémicas como éstas se convierten en células cancerosas que contaminan el sistema regional en su totalidad.

Mientras crece el tono de las amenazas de Kim Jong-Un, sus vecinos se ven obligados a tomar decisiones, a relacionarse con la presencia de armas nucleares fuera del control internacional, a balancear interés y seguridad nacionales con el inestable equilibrio externo y a reforzar sus sistemas defensivos. Un conflicto implicaría el uso de armas nucleares, poniendo el riesgo a un nivel tan alto, que para los vecinos de Pyongyang ser neutrales no es una opción posible.

Seúl, Tokio y Beijing serán los primeros en lidiar con las repercusiones de las excéntricas iniciativas norcoreanas y los que pagarán el precio más alto: cómo en el efecto dominó, cada pieza está relacionada con las otras y cuando una cae, las otras siguen.

 

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