De venas largas y nocturnos trenes

Obra de teatro 'Tren hacia la noche'.

Una buena en el cine y una mala en teatro, el autor de este blog nos reseña la versión cinematográfica de la obra teatral No sé si cortarme las venas o dejármelas largas  y la pieza de teatro Tren hacia la noche.

 

 

 

Cine. La traslación de la intriga teatral de No sé si cortarme las venas o dejármelas largas al lenguaje cinematográfico, se sustenta en el estudio del carácter de sus personajes desarrollado por el dramaturgo y ahora director de cine Manolo Caro. Su texto dramático nos cautivó como espectadores en la sala Chopin (en el año 2010) al presentarnos seis personalidades con motivaciones singulares e hilarantes conflictos. Ahora, al mudar su historia al cine haciendo gala de los recursos propios de este medio, Caro obtiene de su dramaturgia un sólido sustento que complementa con una estudiada estética visual en la que predominan los planos cerrados a los rostros. En ese sentido nos permite evocar otro exitoso argumento teatral mexicano también llevado al cine, Sexo, pudor y lágrimas (Antonio Serrano, 1999), que narraba la historia de seis personajes urbanos, de clase media, y exhibía las luces y sombras de sus relaciones de pareja.

No sé si cortarme las venas… cuenta con una mirada mucho más lúdica, no por ello menos profunda, de las relaciones amorosas entre hombres y mujeres que habitan los congestionados edificios de la capital mexicana, así como de las neurosis que se desatan entre ellos. Destaca la patología de Nora (Ludwika Paleta) cuyo mayor deseo es tener un hijo para darle sentido a su matrimonio, pero se satura de ansiolíticos que la vuelven irritable e infértil. Mientras tanto, su marido Aarón (Raúl Méndez) desahoga sus necesidades sexuales con la vecina Julia (Zuria Vega), falsamente comprometida con Lucas (Luis Gerardo Méndez) a quien sirve de coartada por ser éste homosexual. La llegada del futbolista Félix (Luis Ernesto Franco) desatará la pasión de Lucas pero también pondrá en evidencia el decadente matrimonio de Aarón y Nora y la falsedad de la relación de Julia, además de la infidelidad de Aarón. Este grupo de variopintos personajes se unifica debido a la frustración y el fracaso: Nora no logra embarazarse, Aarón no puede olvidarse de su anterior pareja y está harto de Nora, Julia no logra despuntar como cantante y Lucas no ha conocido al hombre de su vida. Para colmo, Félix tiene una pierna arruinada y se vio obligado a abandonar el fútbol profesional, medio en el cual llegó a ser una gran estrella. Cada uno lucha por trascender sus limitaciones con graciosos esfuerzos y pésimos resultados, pero quien logra la delantera es Lucas al conseguir, al menos por una noche, los favores de Félix. Este acontecimiento desatará la confrontación entre los personajes en un momento crítico en que la vida de varios de los habitantes del edificio está en juego. Pero el grupo saldrá adelante, remontará la tragedia y efectuará, cada uno a su modo, una reconciliación con la vida.

Resta decir que Manolo Caro complementó la trama de su película con dos personajes de cuadro excepcionales. Uno, la mítica chica Almodóvar, Rossy de Palma, cuya insospechada nariz irrumpió por primera vez en la jocosa Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), y que en esta película interpreta a una madura vecina española masoquista, adicta a los golpes de su pareja, que evoca a algunos personajes de Todo sobre mi madre (1999) quienes también reciben golpizas y, como ella, huyen de sus lugares de origen para encontrarse con su destino. Homenaje innecesario a Almodóvar puesto que Caro resulta menos melodramático y rebuscado que el director manchego. Dos, la estupenda secretaria del ministerio público (Mariana Treviño, a quien conocemos por el musical Mentiras), que teclea la declaración de los seis personajes protagónicos y juzga con sus demoledores silencios, miradas y gestos, la conducta de cada uno. Mejor elemento de juicio no pudo hallar Manolo Caro para las andanzas de este grupo de individuos infieles, neuróticos, simuladores y peleoneros que decide no cortarse las venas sino dejar que siga fluyendo en ellas el torrente de la vida.

no se si cortarme las venas

 

Teatro. La empresa Teatro de Primera, comandada por los comunicólogos Guillermo Wiechers y Juan Torres, ha logrado montajes de primera categoría como fueron Rojo con Víctor Trujillo, obra sobre los últimos días de vida del pintor expresionista Mark Rothko, o Yo soy mi propia esposa con Héctor Bonilla, que aborda la insólita experiencia de Charlotte von Mahlsdorf, parricida, informante de los nazis y travesti. Sin embargo, Tren hacia la noche, propuesta que se presenta esta temporada en el teatro Rafael Solana del Centro Social Veracruzano, dista mucho de la calidad dramática de los textos norteamericanos antes mencionados.

Original de Cormac McCarthy, autor de laureadas novelas que han dado pie a películas como Sin lugar para los viejos (No country for old men de los hermanos Cohen, que ganó el Oscar en 2007), Tren hacia la noche es un diálogo farragoso y reiterativo que, a diferencia de cualquier medio de transporte, no llega a ningún lado. Protagonizada por dos excelentes actores: Álvaro Guerrero y Gustavo Sánchez Parra, el texto de McCarthy les impide mostrar sus recursos expresivos al carecer de información biográfica, de carácter o dramática que puedan complementar la mínima anécdota de la que parte esta insípida historia. Se trata de un sujeto (Sánchez Parra) aparentemente muy religioso y que alguna vez estuvo encarcelado, que acaba de rescatar a otro individuo (Guerrero), profesor que pretendía suicidarse al arrojarse a las vías del tren. Es casi la misma anécdota que vimos en el cortometraje premiado con la Palma de Oro de Cannes, El héroe (1993) de Carlos Carrera. La diferencia es que Carrera cuenta en cinco minutos lo que McCarthy desarrolla en una hora 45 minutos (sin intermedio). Para desgracia del auditorio, en la confrontación de ambos personajes no se revelan las motivaciones, las anécdotas o los detalles que a uno lo conducen a amar la vida y a otro, a rechazarla. Desconocemos por qué un profesor de edad madura llegó al punto de quererse arrojar a las vías del tren, más allá de la reiterativa y abstracta idea de que se acerca el fin del mundo. Tampoco nos dice el dramaturgo americano cuál es el perfil biográfico del sujeto religioso y, si es tan feliz, por qué vive en un miserable apartamento, solo y sin familia. Curioso ejercicio de hablar mucho para no decir nada, estéril discusión más cercana al teatro del absurdo que al realismo. Ya dirá la taquilla si esta obra le interesa a la gente por otros motivos extra teatrales pero, por lo que hace al texto dramático, resulta oscura como la noche que prefigura el título y mejor ocupar el teatro con alguna buena obra mexicana de nuestros autores que también hurgaron en la oscuridad del alma humana como Hugo Argüelles, Carlos Olmos u Oscar Liera, que podrían darle lecciones de dramaturgia al tal McCarthy.

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