El limbo turco

Cartel donde se compara a Erdoğan con Hitler. (Foto: Reuters)

Lo que empezó como una protesta para preservar unos árboles, se ha convertido en una lucha para salvar el proceso de democratización de Turquía, que es la clave para poder identificar cuál será el rol turco en el escenario global.

 

 

Empezadas como una manifestación verde en contra de la remodelación del parque Gezi, las protestas en la Plaza de Taksim en Estambul se han convertido rápidamente en la expresión antigobierno más severa que Turquía ha vivido en las últimas décadas.

Por cierto, las críticas van más allá del proyecto de Parque Gezi. A pesar de Erdoğan fue reelecto en 2011 con una enorme mayoría, su reciente agenda neoislamista y su estilo siempre más despótico han generado un fuerte descontento entre la población turca.

La insatisfacción con las recientes políticas sociales, el creciente rol de la casta religiosa, la censura y la ira por la represión policial contra los manifestantes han exasperado la brecha y las contradicciones crónicas de un país que hace décadas está luchando para definir su identidad.

Ni Occidente ni Medio Oriente, ni moderno y conservador, ni secular e islámico, Turquía encaja en todas y en ninguna categoría. La frustración obsesiva por ser parte del Occidente ha chocado con las diferencias reales que alejan al país de sus vecinos europeos: cuando se empezó a negociar el acceso de Turquía a la Unión, el viejo continente se animó por un fuerte escepticismo causado por el imaginario colectivo que figuraba Turquía como sinónimo de una cultura “bárbara”, desconocida, lejanas, hecha de shisha, especias raras, turbantes, mezquitas y derviches.

En efecto, a pesar de que Turquía fue el primer país musulmán en introducir el principio de laicidad en su Constitución, la interpretación turca del secularismo es muy diferente de la visión laica occidental: con una historia de seis siglos de compenetración entre islam y gobierno y con el 99% de la sociedad activamente musulmana, el laicismo turco nunca se ha traducido en una separación definitiva entre las esferas política y religiosa al estilo francés.

Aún más: la posición del primer ministro Erdoğan y de su partido, el islámico AKP, ha sido siempre muy clara: reinterpretar el secularismo, incorporar el islam en la esfera política, demostrar su viabilidad con el modelo económico neoliberal y vender el conservadurismo religioso como identidad nacional e ideología paternalista.

Durante el primer mandado, la administración de Erdoğan fue elogiada como progresista, hasta democrática, por haber abolido la pena de muerte, mejorar el código penal, moderar las leyes contra el terrorismo para que sea más difícil enjuiciar a los ciudadanos, por negociar con los kurdos y por tutelar los partidos políticos de oposición.

Rápidamente Turquía se convirtió en un modelo a seguir, gracias a sus políticas multidimensionales innovadoras y únicas. Su mezcla entre conservadurismo tradicional y globalización moderna, su modernización económica y su pluralismo político han convertido Turquía en un punto de referencia tanto para los gobiernos occidentales, cuanto para las elites árabes.

De hecho, hace menos de un año, una encuesta en la opinión pública árabe demostró que Erdoğan era el líder más popular de la región. Por ejemplo, durante las primaveras árabes el liberalismo turco se transformó en el buen ejemplo a seguir, con una exitosa economía neoliberal y política seculares que garantizaban buena reputación internacional y bienestar por la gente.

Aunque desde una perspectiva institucional y electoral Turquía es un país democrático, la creciente personalización del partido AKP ha alimentado un sentido de la autoridad que mina no sólo la capacidad de los ciudadanos de participar en los procesos políticos, sino la sustentabilidad de su desarrollo y la consagración de Turquía como modelo a seguir.

Una de las principales características de las protestas ha sido el rechazo que los manifestantes han mostrado hacia los partidos políticos existentes, incluido el Partido Republicano del Pueblo, que representa la mayor fuerza de la oposición, secular e izquierdista.

En este sentido, Taksim se suma a los movimientos de protestas occidentales, como Occupy Wall Street, y a las rebeldías árabes de los últimos dos años. Pero, aparte de las similitudes a menudo muy superficiales —rebelión hacia un sistema pre-establecido y demanda de mayor y mejor participación ciudadana— confirma el creciente rol de las masas a nivel global.

A diferencia de las organizaciones y de los partidos políticos, que respetan jerarquías y reglas, los movimientos que surgen de las masas se constituyen rápidamente, sus objetivos son inmediatos, sus dirigentes son personas que no tienen rango formal, y se unen por una solidaridad más pragmática y efímera, hija del impulso de enfrentar juntos una amenaza. Por eso, no pueden convertirse en el mero medio para lograr soluciones a largo plazo.

De hecho, las instituciones políticas y el sistema normativo de un país son los pilares mismos de un Estado: encarnan los valores, refuerzan la eficiencia de una sociedad y definen la orientación económica. Los movimientos de las masas tienen un alto valor simbólico y social, pero sin las instituciones que convierten esos impulsos en decisiones políticas y en garantías de desarrollo político, social y económico, el país queda en la parálisis política e institucional.

Sin embargo, las instituciones tradicionales, como los partidos políticos y los parlamentos, han largamente demostrado no saber enfrentar estos nuevos desafíos de otra forma que incrementando la violencia y el uso de la fuerza. Los acontecimientos de estos días indican que Turquía aún carece de las instituciones fundamentales para garantizar un progreso sustentable.

Una vez más, Turquía se encuentra en un limbo de difícil definición: su marco democrático le ofrece una ventaja sobre los países de las primaveras árabes, ya que lo que necesita el país es una reforma y no la creación de un nuevo sistema institucional; al mismo tiempo, la vulnerabilidad de su democracia y la supremacía de la tradición conservadora disminuyen el peso del movimiento popular e incrementan la probabilidad del fortalecimiento de un Estado autoritario.

Parece cierto que lo que empezó como una protesta para preservar unos árboles, se ha convertido en una lucha para salvar el proceso de democratización del país, que es la clave para poder identificar el rol de Turquía en el escenario global.

 

 

 

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