Elecciones en Irán: evitando el cambio

Trabajo (Foto: Reuters)

¿Podrán las elecciones cambiar la triste realidad en que viven los iranís? Siendo realistas, las elecciones en Irán no llevarán a un cambio significativo o rápido del país, sino a un fortalecimiento de la línea dura y conservadora de Khamenei.

 

 

Si vieron la película de Sofía Coppola Marie Antoniette o si les gustan las anécdotas legendarias, estarán seguramente familiarizados con el mito de la reina francesa que desde su lujosa bañera invita el pueblo hambriento a sustituir el escaso pan con pasteles.

Tal vez en un intento grotesco de emular a la frívola Marie Antoniette, hace unos días, un clérigo iraní pensó que la mejor forma para exhortar su pueblo a encarar la enorme crisis económica fuera gritar: “¡Si no tienen pollo, que coman sopa de huevos!”.

A dos semanas de las elecciones presidenciales para encontrar el sucesor de Ahmadinejad, el futuro económico del país es la prioridad en el debate electoral, pues los seis años de ineficiencia política de Ahmadinejad han exacerbado la inflación y el desempleo, y debilitado las vulnerables políticas sociales, bloqueando los recursos destinados a los medicamentos y otros bienes críticos.

Además, las sanciones multilaterales establecidas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) contra el programa nuclear han aniquilado las eventuales ganancias procedentes de la reserva de petróleo y gas del país, la segunda más grande del mundo. De hecho, la aplicación de las sanciones a todos los sectores de la economía iraní apunta directamente a la fuente principal de ingresos de Irán: el sector petrolero, logrando destruir la infraestructura social y económica misma del país.

El país ahora se encuentra cerca del abismo económico. O por lo menos así parece. Por cierto, mientras la obstinación de seguir con la agenda política está poniendo a prueba la sobrevivencia misma del pueblo y el ayatolá Ali Khamenei llama una austera autosuficiencia, Porsche declaró que sus ventas en Teherán en 2011 fueron superiores a las de cualquier otra ciudad de Oriente Medio.

Atrapado en sus contradicciones, Irán está más y más aislado, no sólo en los foros internacionales, sino también físicamente, con la mayoría de aerolíneas europeas que cancelan sus servicios, sus brillantes estudiantes que escapan al extranjero y la censura estatal que bloquea el acceso a Internet para controlar la difusión de informaciones.

Por cierto, vivir en Irán no debe de ser un sueño. A la actual crisis económica se suman las frecuentes violaciones de derechos humanos, la censura, la persecución de mujeres, estudiantes, profesores, trabajadores y activistas que se oponen al régimen, la tortura y las penas inhumanas y degradantes, como la flagelación o las amputaciones.

Aunque el gobierno autoritario quiere transmitir la imagen de un fuerte Leviatán totalitario, las luchas internas y la fragmentación política han sido endémicas desde la fundación del país, en 1979: la fractura entre facciones ha paralizado la formulación de políticas a largo plazo, revelando la ausencia de un poder fuerte y unificado capaz de crear un consenso generalizado e impidiendo el cambio de rumbo en las persistentes y costosas posturas internacionales.

 

¿Podrán las elecciones cambiar la triste realidad en que viven los Iranís?

Siendo realistas, las elecciones no llevarán a un cambio significativo o rápido del país, sino a un fortalecimiento de la línea dura y conservadora de Khamenei.

Frente a los múltiples centros de poder existentes, la guía suprema del país necesita la cooperación del futuro presidente más que nunca, sobre todo después de las continuas fricciones que han caracterizado su relación con Ahmadinejad.

De hecho, la agenda nacionalista y anticlerical de Ahmadinejad ha desafiado ampliamente la autoridad del líder supremo: al fin de debilitar el control de los clérigos, ha reducido los recursos destinados a ciertas instituciones religiosas, ha establecido bancos privados para facilitar el acceso al capital para sus afiliados y ha desafiado la institución más poderosa económica y militar de Irán, la Guardia Revolucionaria Islámica.

Por lo tanto, no sorprende que los ocho candidatos presidenciales, seleccionados entre casi 700 aspirantes, fueron designados directamente por Khamenei y el Consejo de Guardianes entre los que menos podrían comprometer sus líneas de gobierno.

El vértice necesita la completa colaboración del futuro presidente para garantizar la imagen de un país compacto frente a un escenario internacional dominado por enemigos, y evitar ulteriores fracturas que debilitarían su poder mismo.

Sin embargo, la fragmentación y el pluralismo políticos quedan dentro de los límites estrictos de un estado teocrático. El presidente ha sido diseñado para que el Estado funcione como una república y evolucione mientras se desarrollan nuevas fuerzas y centros políticos, pero la prerrogativa sobre las decisiones internas, la política exterior y las fuerzas armadas son del Ayatollah, que preserva la continuidad de la supremacía y del sistema político mismo.

En este contexto, los presidentes no tienen mucho margen de maniobra, y las elecciones, más que ser un instrumento democrático, sirven para proteger los otros centros de poder, permitiendo que la responsabilidad por la mala gestión del Estado caiga principalmente sobre el presidente.

Irán está atrapado en un círculo vicioso: las múltiples fuentes de autoridad y el necesario proceso de negociación para lograr el consenso permiten el funcionamiento del Estado y garantizan el equilibrio al sistema y, al mismo tiempo, lo debilitan por la inevitable competencia entre sus distintos centros de poder.

 

El impacto del contexto global

Sin duda, la persistencia de la autoridad iraní en sus políticas anacrónicas y la imposibilidad de resolver sus contradicciones internas están condenando el futuro económico, político y social del país.

La creciente polarización interna y externa del país mina también la posición de Irán como superpotencia regional, sobre todo ahora que los conflictos regionales se determinan cada vez más alrededor del axis chiíes contra suníes y para el Irán chiita se hace cada vez más difícil dominar una región a mayoría sunita.

Además, la respuesta hostil de los países árabes al soporte iraní al régimen de Assad y las sanciones económicas tuvieron éxito en convencer a parte de la élite que para sobrevivir y mantener el control interno y externo, el país necesita reducir las tensiones, por lo menos hacia el exterior.

Irán necesita adaptarse a los cambios y enfrentar importantes retos políticos, incluyendo la sucesión del anciano Khamenei, el endurecimiento de las sanciones internacionales, el impacto de las primaveras árabes y el consecuente replanteamiento regional.

Las elecciones no llevarán a un cambio. Por lo menos, no en las autoridades del país. Pero el fin del poder de Ahmadinejad tendrá un fuerte impacto, sobre todo simbólico, en el Occidente, que identifica a Irán en las insensatas posturas de su presidente.

Posiciones internacionales más tolerantes, sobre todo con referencia a las sanciones económica, hacia un poder interno más moderado hacia el exterior, podrían ser el primer paso para alivianar la desgraciada cotidianidad en la que vive el pueblo iraní.

 

 

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