¡Es un pájaro! ¡Es un avión! Ah no, es más de lo mismo

Foto: Reuters

¿Qué elementos conforman lo que llamamos una ‘buena película’? ¿Quién es capaz de afirmar con contundencia que una película es mala o buena?

 

Poder escaparme de mí por algunos momentos y darme un respiro de la cotidianeidad es una experiencia que me gusta disfrutar lo más seguido posible, y una de las opciones que requieren menos equipaje para hacerlo es a través del cine.

Claro que en algún momento este entretenimiento se vuelve el lugar común de toda familia o pareja (ajá, por mejor compañía que sea), pero el horror se desencadena cuando los miembros que tienen mal gusto son los que dominan la elección de la cinta. Aunque tampoco se les puede juzgar demasiado, ya que la oferta para poder diversificar el consumo del séptimo arte en nuestro país, si bien existe, tampoco es la más amplia.

 

¿Qué considero mal gusto en cine?

No, no creo que alguien sea un ser elevado o más inteligente por el hecho de que tenga una interpretación prejuiciosa acerca de los conceptos cine comercial y el llamado cine de arte. Partamos desde la idea de que cada filme en sí es un epítome de diferentes disciplinas artísticas (como la actuación, la fotografía, el diseño, la música, etcétera) y que éstas son estructuras fundamentales para el desarrollo de toda historia. Es en este punto cuando la frontera entre las dos categorías se hace evidente.

Por un lado, tenemos una industria que promueve masivamente sus productos hechos bajo los mismos estándares y con un lenguaje audiovisual repetitivo, con algunas sobresalientes excepciones. En el otro flanco, la apuesta por ir a la vanguardia de lo experimental tanto en la línea narrativa como en los tipos de planos y en los temas que aborda, y que por esto creen ser intocables de críticas.

Pero el buen cine va mucho más lejos de esos elementos. Para mí, toda obra que cambie mi mundo después de haber interactuado con ella vale la pena, sin importar en qué lado de la línea divisoria esté.

Yo más bien creo que hay malos espectadores que no tienen la apertura para aventurarse a ver otro tipo de cosas, así que tampoco voy a negar lo evidente. Las salas se llenan de públicos conformistas a los que se les puede servir más de la misma fórmula una y otra vez, aderezada con los actores de moda enfundados en la tendencia de ropa de la temporada, usando los dispositivos tecnológicos más recientes y alguno que otro efecto especial, claro. Y ¡boom! Éxito total. Y bueno, tampoco es que esté totalmente en contra de eso. No puedo decir que no disfruto viendo la belleza de alguien maximizada en la pantalla, pero qué triste sería que ése fuera el único panorama que se pudiera visualizar en ese espacio.

Me parece que retar la noción común de la audiencia respecto a la corriente dominante en el cine merece más espacios y, por supuesto, mayor accesibilidad. De repente te das cuenta de que ya viste todas las películas de la cartelera y sabes que es hora de mirar hacia otro lado, pero no hay mucho de donde escoger.

Hace unos meses estuve en el centro de la Ciudad de México y me encontré con un pequeño oasis cinematográfico llamado La Casa del Cine. No sé si fue coincidencia o sólo mi mala suerte, cuando me di cuenta de que el concepto de cine internacional de sus películas programadas para los siguientes quince días no llegaba más lejos de Estados Unidos y Francia, y esto es sólo un pequeño ejemplo de los recintos que proyectan filmes de corte cosmopolita.

El celuloide es un medio más para ampliar nuestro visión del mundo mediante historias, no siempre porque sean las mejores, sino porque no provienen del mismo lugar.

 

 

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