Niki Lauda: “No soy una leyenda”

Con la mirada siempre puesta hacia el futuro, el amo de las pistas de la fórmula 1, Niki Lauda, nunca se detiene. El ex-piloto compartió con nosotros la historia de su carrera, su pasión por la adrenalina, sus negocios aeronáuticos y su última debilidad: su Global 6000 de Bombardier. Hablamos con el mito de la velocidad, cara a cara.

No creo ser una leyenda. A la gente que lo afirma, les diría que sigo vivo; las leyendas son personas que ya están muertas y yo lo que siempre he hecho ha sido buscar nuevas cosas para mi vida, cosas diferentes”, comenta Niki Lauda en entrevista, durante su visita a México para presenciar el Gran Premio 2016.

Su filosofía no se queda sólo en palabras. Primero quiso ser campeón mundial en las carreras de autos; después fundó una aerolínea; ahora es el presidente no ejecutivo del consejo de carreras de Mercedes AMG Petronas, y su más reciente proyecto tiene que ver con los aviones privados Bombardier. La velocidad sigue corriendo por las venas de Lauda… y no sólo en lo que respecta a deportes terrestres.

Al recordar cómo descubrió su pasión por los autos, Andreas Nikolaus Lauda la ve como algo que surgió de una forma muy natural. “Tenía 10 o 12 años y comencé a manejar autos en las tierras de mi abuelo […]; no sé ni por qué, sólo lo hice, pasó y siempre amé los carros, siempre quise ir más rápido. Y así fue”. El austriaco no nació en el ambiente de las carreras, sino dentro de una familia acomodada, dedicada a los negocios. Pero eso no lo detuvo para perseguir el sueño de dominar las pistas más veloces y complejas del mundo. Rápidamente, los ojos de los grandes del automovilismo notaron su talento natural, escalando de la Fórmula 3 a la 2 y, después, a la 1 en tan sólo tres años. “Cuando me contrató Ferrari, solamente pagaban mis gastos, por lo que le dije al señor Ferrari que me parecía injusto, porque los gastos están ahí de cualquier manera y que tenía que pagarme algo más, pero él dijo: ‘No. Yo no sé cómo eres de rápido ni del valor de tu forma de manejar’. Le contesté: ‘Está bien. Entonces hazme un favor y dame un Ferrari Daytona, uno de los autos viejos, y déjame manejarlo’. Él me miró como si estuviera loco, pero me dio un Ferrari Daytona, que era un auto de prueba de fábrica. Por lo menos podía manejarlo, aunque no fuera mío”, cuenta con emoción y recordando a Enzo Ferrari como una de las personas que más ha admirado: “Era alguien muy difícil, un hombre firme, pero con un gran corazón, si te respetaba. Para mí es uno de los hombres más carismáticos que jamás he conocido”.

Lauda cuenta que el campeonato del 75 con Ferrari fue el más difícil de todos, pues era el que definía toda su carrera. Lauda no considera que, como piloto, la meta sea convertirse en el campeón del mundo, sino que la verdadera meta es ser mejor cada vez. Por ello, aquel año fue tan importante para él. Se dio cuenta de que es indispensable pensar inmediatamente en el futuro, en el siguiente año, cómo ser mejor, cómo ser más rápido y cómo no quedarse atrás. Y aunque 1975 podría haberse convertido en el parteaguas de su carrera tras haber obtenido el título más deseado por un piloto profesional, el momento que quedó para la posteridad fue al año siguiente, cuando en el Gran Premio de Alemania chocó y el auto se incendió, dejándolo atrapado en el interior durante casi un minuto. A pesar de jugarse el tan deseado título, los pilotos Brett Lunger, Harald Ertl, Guy Edwards y Arturo Merzario (quien, a pesar de no haber sido afectado por el accidente, se detuvo) se unieron para acabar con el fuego y ayudarle a salir del auto. Seis semanas después, aún con vendas y daños en los pulmones, volvió a las pistas y se aseguró el cuarto lugar.

Al preguntarle sobre cómo se sobrepuso a las dificultades, Lauda explica que no era un tema de sobreponerse o no, sino que, como piloto, es algo que debes considerar y aceptar antes siquiera de sufrir un accidente. “Tienes que tomar una decisión contigo mismo: ¿quieres aceptar el riesgo de matarte si algo sale mal? Mientras yo tenga el control, por lo menos puedo apostar por mi habilidad de manejar, pero si algo en el auto se rompe… estás muerto. Debes decidir si quieres correr el riesgo
o no, y adoptar tu resolución como un principio. Todos los pilotos decimos que sí, porque disfrutamos controlar estos autos a altas velocidades”.

Nos cuenta que, tras el accidente, estaba sorprendido por seguir vivo. Después de pasar 55 segundos en llamas a más de 800 oC, lo que resultó más dañado fueron sus pulmones. Las manos y el rostro sufrieron graves quemaduras, pero el humo ardiente casi lo mata. “Por lo menos, sobreviví. El siguiente paso era preguntarme si quería volver a tomar ese riesgo. La respuesta fue sí, siempre lo ha sido. Incluso cuando el regreso no fue fácil”, recuerda. A pesar de haber sufrido uno de los peores accidentes en la historia de la Fórmula 1, Niki no lo borraría de su pasado. Al preguntarle sobre un momento en su carrera que desearía volver a vivir, él se niega a elegir uno y afirma que volvería a experimentarlo todo nuevamente. “Lo bueno y lo malo. En la vida hay cosas buenas que te pasan, pero pienso que lo más importante es mantener los pies en la tierra y aprender más, no de ser exitoso, sino de lo opuesto. Cuando las cosas salen mal es para mí el mejor momento para pensar qué tengo que hacer para salir de ese lío. Aprendes más al perder que al ganar”, afirma.

Con 67 años no se aferra al pasado. De hecho, incluso asegura que no hay un sólo auto que aún recuerde con nostalgia. Como todo piloto que se ha subido al podio, dice que en ese momento amas el auto que te ha hecho ganar, pues es el más rápido y con el que has conseguido un título tan importante como el de campeón del mundo, pero confiesa que, en cuanto sale la siguiente versión, el diseño más reciente se convierte en su nuevo deseo. Considera que la Fórmula 1 ha sabido evolucionar, tanto que si tuviera que elegir entre correr en los años 70 o hacerlo ahora, elegiría este momento, sin duda alguna. “En aquella época, por desgracia, te pagaban muy poco y era muy peligroso; no había tanta seguridad como ahora. Actualmente, la Fórmula 1 es muy segura y los pilotos ganan 30 veces más de lo que nosotros ganábamos”.

De la pista al cielo

Su pasión por la velocidad no se ha limitado a cuatro llantas, sino que rápidamente la trasladó también a los aviones. Un interés que nació por practicidad, poco a poco se convirtió en un amor incondicional y evolucionó en una oportunidad de negocio exitosa para este visionario. De hecho, nos cuenta que su carrera como piloto fue la que impulsó su acercamiento a los aviones. Todos los días (o, por lo menos, uno sí y otro no), manejaba de Salzburgo a Maranello, donde se encontraba la escudería Ferrari, un trayecto que se realizaba en cerca de seis horas cada día. Al contarle a un amigo del cansancio que esto implicaba, él le sugirió utilizar un avión, e incluso comenzó a enseñarle a volar uno de una hélice. Al darse cuenta de que esto haría su vida más fácil, rápidamente se inscribió en clases de vuelo y compró su primer avión. Con éste, ahora sólo hacía una hora de viaje. Así comenzó a volar.

A lo largo de su vida, ha tenido varios aviones: un Learjet 60, un Global 5000 y ahora un Global 6000 de Bombardier. Aunque se trata de una aeronave de 30 metros de largo, puede volar ininterrumpidamente hasta 13 horas. “Éste es el gran placer que me puedo dar a mí mismo: hacer mis viajes más fáciles. Por ejemplo, ahora puedo salir de la carrera el domingo y llegar a mi casa, en Viena, en 11 horas […] Tiene sentido para mi trabajo”, explica. Siendo un hombre pragmático, su interés por los aviones no sólo se limitó a la adrenalina, sino a facilitar su carrera, en un inicio, y convertirlo en un negocio, luego. Comenta que uno de los pasos más difíciles para un piloto es decidir qué hará tras el retiro. “En los años 80, abrí mi compañía, Lauda Air. Teníamos vuelos internacionales, de Viena a Australia, a Miami, a Los Ángeles, a Hong Kong… a todos lados. Incluso me convertí en piloto comercial y pilotaba aquellos aviones”, cuenta divertido.

Después de 20 años de su fundación, vendió la compañía a la competencia y se mantuvo fuera del mercado durante tres años. Pero su interés por la aviación no murió al dejar aquella primera empresa; al terminar su contrato de bloqueo tras la venta, vio una oportunidad en las aerolíneas locales de bajo costo. Así nació Niki (también conocida como flyNiki) con sede en Austria. Veintidós aviones tipo Airbus comenzaron a darle éxito hasta que, ocho años más tarde, fue adquirida por Air Berlin, la cual aún la opera en vuelos entre ciudades europeas.

A pesar de que su trabajo con Mercedes, desde hace tres años y medio, es muy absorbente, Lauda sigue buscando nuevos retos. Su proyecto más reciente sigue la línea de dominar los cielos haciendo uso de su experiencia como empresario y piloto. Lauda Motion nace como una compañía dedicada a operar aviones ejecutivos: administran 16 aeronaves, incluyendo la suya, de manera que nuevamente puede combinar una oportunidad de negocio con la búsqueda de hacer su vida más fácil.

Dejar un legado no es un objetivo del piloto; tampoco el dinero. Nos confiesa que su mayor satisfacción es tener la libertad de decidir lo que quiere hacer. Su filosofía es “ser honesto conmigo mismo, entender lo que se tiene que hacer y ver las cosas blanco o negro, sin caer en las zonas grises”. Revela que la lección más grande que ha aprendido es “no despegar”. “Cuando a las personas les pasa algo bueno e inesperado, enloquecen y comienzan a volar, pero tarde o temprano aterrizan de golpe”, expresa. Si algo ha aprendido del deporte es esto: “Si ganas, es porque has hecho un buen trabajo, pero no te debes estancar, sino empezar a pensar en el siguiente paso. Eso he hecho toda mi vida. Cuando las cosas van bien en mi negocio, en mis carreras, me alegro y pienso en lo que sigue. Nunca me quedo en el pasado. Sólo debes tomar la experiencia adquirida, sobre todo la mala experiencia para no repetirla. Intento pensar en el hoy y el mañana”.

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