Hambre: los mexicanos quieren beber, no comer

Foto: Reuters

La mayoría de quienes habitamos este país gasta más en refresco, alcohol y agua embotellada que en comida. ¿Podrá la Cruzada Nacional Contra el Hambre cambiar este patrón de conducta?

 

La presencia de uno de los íconos de la izquierda latinoamericana, el expresidente de Brasil, Luis Inácio Lula Da Silva, enmarcó el viernes el arranque de la Cruzada Nacional Contra el Hambre, el programa gubernamental que busca que 7.5 millones de mexicanos de 400 municipios dejen atrás su situación de pobreza alimentaria.

La semana pasada, en este espacio, cuestionaba cómo se lanza un programa que busca favorecer la alimentación sana, sin que vaya de la mano con aumento en la producción agropecuaria.

En este proyecto existe otro problema de fondo: la idiosincracia.

En un reporte sobre el gasto de los mexicanos en refrescos y bebidas alcohólicas, el diario La Jornada, consignaba que en los hogares del país se gasta entre 17 y 175% más en refrescos, bebidas alcohólicas y agua embotellada que lo que se desembolsa en tortilla, leche, frutas o huevo.

Citando datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), se puede decir que por estas bebidas, cada hogar gasta 2,315 pesos por año, cifra que supera en 17% los 1,968 pesos de la erogación anual en tortillas y en 25% los 1,848 del correspondiente a leche.

También rebasa 120% los 1,048 pesos del gasto por año en frutas y hasta 175% respecto a los 840 pesos que gasta en la compra de huevo.

 

La alcohólica realidad

Cuando se habla de los mexicanos y el hambre, se pueden contar historias de terror, depresión y grave injusticia social, sobre todo si se trata de poblaciones indígenas.

En la zona huichola de Jalisco, persiste la práctica de dar de beber cerveza a los niños para que dejen de llorar ante la escasez de alimentos. Con la bebida, los pequeños duermen y así no siguen llorando su desesperación por la falta de alimento y la desnutrición de sus madres.

Ni hablar de la crisis alimentaria en la Sierra de Chihuahua en 2011, que derivó en versiones de presuntos suicidios por hambre.

No importa la zona, el común denominador en los municipios marginados del país es sustituir una nutrición sana por alimentos chatarra, que, en lo inmediato, ayudan a llenar el hueco en el estómago, pero que, a la larga, producen otros males, como la obesidad y sus consecuencias.

Datos de organizaciones como El Poder del Consumir señalan que desde hace al menos un par de años, México desplazó a Estados Unidos como el mayor consumidor de refrescos en el mundo, con una ingesta per cápita de 163 litros al año (40% más que EU).

El consumo de agua embotellada es todavía mayor, al ascender a 174 litros por persona, más que el registrado en Estados Unidos, España o China. Un litro de agua embotellada cuesta mil veces más que un litro de agua potable, según la Organización de Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (Unesco).

El agua es un elemento vital para una sana alimentación. ¿Qué hará el gobierno federal para llevarla a zonas marginadas y sin infraestructura?

 

El reto más grande

Para que “Sin Hambre” tenga éxito, se debe atacar el problema de cómo cambiar la mentalidad de generaciones de mexicanos acostumbrados a encontrar en los refrescos y la comida chatarra su principal fuente de alimentación.

La idiosincracia es uno de los problemas que ha impedido a México seguir adelante; las costumbres arraigadas son más fuertes que cualquier programa e inversión. La solución a la situación de hambre de millones de mexicanos no es cuestión de una “supergalleta”, sino de algo que opera desde la mente.

Por ahí es por donde se debe de empezar y no por eventos multitudinarios y coloridos, en los que, como siempre, los indígenas mexicanos son el más puro ejemplo del fracaso y, a la vez, del populismo de los programas gubernamentales, no importa el partido que esté en el poder.

 

 

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  • Diana Lastiri

    Excelente opinión y llamada de atención para los internautas…