Infraestructura: capitalización, la clave

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La idea es sencilla: gestionar liquidez para proyectos de infraestructura con pequeñas y medianas empresas constructoras, vía capital de riesgo.

 

 

 

El sector de la construcción parece atrapado en un debate moldeado por dos grandes temas de coyuntura: la problemática financiera de las desarrolladoras de vivienda y el impacto del cambio de administración federal en la liquidez de las empresas dedicadas a la infraestructura.

Las dos son variables que repercuten negativamente en el Producto Interno Bruto (PIB) de la construcción, pero no dejan de tener un tamiz particular y estacional, respectivamente.

 

¿Pero qué hay del problema estructural del sector?

Hablo de la capitalización de las empresas constructoras. Suele ser habitual argumento el que los bancos no presten lo suficiente y el gobierno no pague a tiempo, pero hace falta un ejercicio autocrítico en la iniciativa privada que nos lleve a potenciar el esquema SAPI (Sociedad Anónima Promotora de Inversión).

 

El potencial de la capitalización y las SAPIs

La idea es sencilla: gestionar liquidez para proyectos de infraestructura con pequeñas y medianas empresas constructoras, vía capital de riesgo, es decir, poniendo el dinero de los grandes ahorradores o fondos institucionales. México llega tarde a este esquema de capitalización de las empresas: el capital de riesgo como porcentaje del PIB brasileño es de .27%, en México es del .02%. Sin embargo, estamos en un momento idóneo para modificar esa ecuación, con una agenda de reformas económicas en puerta (financiera y fiscal) y un sistema bancario significativamente más sólido que hace 20 años.

Un dato duro sobre ese potencial ha sido puesto sobre la mesa por Roberto Charvel y Juan Carlos de Yeregui: Brasil, Argentina y México reciben alrededor del 95% de la inversión de fondos de capital de riesgo. Pero del 100% que recibe América Latina, México capta el 20%. Ellos calculan que el potencial, de acuerdo al tamaño de nuestra economía, es del 37%. En suma, hay mucho dinero en fondos de capital privado que México no está atrayendo porque la iniciativa privada no ha roto el paradigma de la administración tradicional, e incluso, de empresas familiares.

Para manejar capital de terceros —en el esquema SAPI que he referido— deben transparentarse reglas de operación, tener claridad en la responsabilidad sobre deuda e inversión, y conformar un consejo auditable que rinde cuentas. Esa es la tarea pendiente, el paradigma por romper.

En Estados Unidos, donde hace 40 años el esquema de Private Equity era ya una realidad, las empresas que reciben capital privado crecen en promedio 50% más que las que operan en un esquema tradicional.

Es importante resolver la coyuntura en el sector construcción, pero no olvidemos la falla estructural que ha limitado la capacidad de inversión de la iniciativa privada. Sin capitalización y esquemas más flexibles y transparentes en las empresas, toda reforma financiera tendiente a que los bancos presten más, estará por debajo de su potencial: la capitalización debe ser detonante del crédito y no al contrario.

El timing macroeconómico es el correcto. El capital de riesgo para “mezclar” con créditos bancarios está allí, esperando que las empresas dedicadas a la infraestructura tomemos la decisión.

 

 

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