La Borgoña está de moda…

Foto: Raquel del Castillo

Para los vinos no hay un precio, porque su proceso de cuidado y elaboración se resumen en arte.

 

 

Uno de los deseos de la humanidad es tener el poder de viajar a otros tiempos y revivir algún suceso histórico como espectador. Aunque sea un tema de ciencia ficción, hay una forma  de contactar con esos anhelados viejos tiempos: “La mejor máquina del tiempo está concentrada gota a gota en una botella de vino”. Ya lo dijo Mike Taylor, Consultor en vinos y Maestro de Sommeliers: “Cuando bebemos un vino, entramos en contacto con su  historia y geografía… Es la mejor forma de transportarnos a épocas memorables”.

Destapar una botella de esta notable región francesa es de alguna forma paladear la batalla de Grandson, la guerra de la Borgoña y la Batalla de Héricourt. ¿Quién iba a pensar que un mundo, una leyenda, cabría en una copa de tinto o blanco?

Un gran ejemplo de la Borgoña ilustrado por Mike es el mítico viñedo de apenas tres hectáreas: el Domaine de la Romanée Conti, del cual se tiene el registro de que ya desde el siglo XIII elabora vino, además de ser valuado por la ONU como patrimonio de la humanidad; así es, tan importante como las Cataratas del Iguazú, la Cueva de las Manos en Argentina, o nuestro querido Chichen Itzá.

 

Los vinos de la Borgoña no son tan caros como piensa la mayoría de la gente. 

Para los vinos no hay un precio, porque su proceso de cuidado y elaboración se resumen en arte. ¿Quién criticaría el precio de un Picasso o de un Rodín? Absolutamente nadie se atrevería a regatearlos en una subasta. Lo mismo pasa con el vino. En la medida que la producción de vino sea arte, los precios del vino se ajustan a esa capacidad única de reproducir aromas y sabores que sólo el vino y su “terroir” nos puede dar.

En la Borgoña el viñedo tiene cuidados diarios. Agrónomos, enólogos y winemakers están al tanto de todo lo que ocurre en las viñas y trabajan muchos de ellos bajo una filosofía orgánica y biodinámica, que garantizan un producto muy cuidado y libre de toxinas. Entonces, además de beber historia, se bebe salud, cuenta el apasionado Mike Taylor.

La tierra de esta zona cuenta con una característica única: en el suelo de la Borgoña hay tanta diversidad, que pueden encontrarse desde yacimientos de fósiles que le dan una característica única a los vinos blancos de la zona, a suelos arcilloso-calcáreos muy pedregosos donde hay tintos de Pinot Noir que nacen únicos, aunque cabe decir que cada viñedo tiene lo suyo y por ello cada etiqueta es diferente.

Hay algunos con más o menos paso por barrica de roble que otros, más o menos notas minerales en sus aromas y sabores, o más o menos complejidad de notas frutales o cítricas según la uva. Cada productor y su suelo le dan un sello único a los vinos “bourguignones”.

En la Borgoña, apuestan por un proceso natural – y especialmente los productores biodinámicos –  a tal punto que son capaces de perder una cosecha antes que eliminar plagas con agrotóxicos. Respetan tanto los ciclos naturales, que prefieren esperarse al próximo cultivo, o utilizar métodos adecuados y respetuosos de la naturaleza y el cosmos. Mike explica que aunque ese año no se tenga vino en la próxima producción el precio por botella se elevará, y así, totalmente justificada con la pérdida anterior.

“Por todo esto, México le está debiendo a la Borgoña una oportunidad de enamorarse de sus vinos blancos y tintos, pues son vinos fantásticos que debemos conocer, y hay precios muy variados, desde vinos que no superan los trecientos pesos, hasta aquellos de cifras estratosféricas… así es de variada la Borgoña, y sin perder su calidad de siempre. Es cosa de atreverse y explorar el centro-noroeste francés para adquirir esta experiencia”, asegura Mike.

Para darte una idea del costo y variedad de los vinos puedes revisar el catálogo que la importadora Vinoteca tiene para ti, y disfruta de este viaje maravilloso que resulta la región de la Borgoña.

 

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