¿Qué he aprendido de la crisis?

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Las medidas que se han tomado para hacer frente a los desequilibrios en la economía global, lejos de solucionar los problemas, han generado otros nuevos.

 

Quién hubiera pensado hace tan solo 18 meses que los mercados desarrollados estarían todavía creciendo a ritmo paupérrimo, incluso después de hipotecar los ingresos y beneficios de futuras generaciones; que las materias primas estarían cayendo de precio a doble dígito, producto de una fuerte desaceleración de la economía mundial, la cual arrastraría a los mercados emergentes, incluyendo a China —país que ahora con suerte crecería al 6% en los próximos doce meses y con problemas de sobreendeudamiento local—; que levantamientos sociales se producirían no sólo en países de menores recursos, sino también en los desarrollados, producto de la creciente brecha de poder adquisitivo causada por las políticas monetarias expansivas; que el dólar, lejos de debilitarse, se fortalecería, y que con ello probablemente el oro caería.

Sin ánimo de arrogancia, vuestro humilde servidor tuvo la oportunidad de exponer públicamente  aquellas predicciones que resultaron en su mayoría acertadas hace ya más de un año y medio. Pero no en su totalidad, de hecho hubo un gran desacierto: quien les escribe no tuvo la sagacidad de poder predecir que los mercados accionarios (entre otros), casi sin excepción, estarían batiendo récords históricos. La falla se produjo a pesar que el consenso era que aquellos mercados continuarían subiendo. Y es que cuando se está en el negocio de las proyecciones hay que poder reconocer los errores que sirven últimamente para aprender.

Qué aprendí: que la irracionalidad humana puede llegar a no tener límite (al menos en su colectivo), que los seres humanos tenemos una memoria muy corta, que necesitamos repetir nuestros mismos errores un sinfín de veces antes de aprender, que somos en esencia ingenuos (cosa positiva) y tenemos fe ciega en nuestras autoridades, que nos gusta repetir fórmulas fallidas en forma consecutiva, que siempre preferimos creer que todo está bien (aunque la realidad demuestre brutalmente lo contrario). A veces hace falta un tropiezo muy duro para entrar en razón.

Y me temo que lo último es probablemente lo que tendrá que suceder para que aprendamos: que no existe el beneficio sin costo, que no existen las panaceas para el bienestar eterno, que las leyes de la gravedad pueden ser desafiadas sólo en forma temporal, que existen ciclos, y que precisamente son aquellos traspiés en la parte baja del ciclo que nos permiten aprender para progresar y renovarnos, que los líderes que nos guían son seres humanos falibles, que por mucho que prometan no capacidad de sanarnos y que el trabajo duro es insustituible.

Se empieza a notar que hay un descontento con el sistema, al cual se le echará finalmente la culpa de este gran tropiezo (la auto-crítica es poco común), argumento que lamentablemente no es cierto, ya que el sistema de libre mercado es precisamente el que ha sido roto durante esta debacle: las permanentes intervenciones monetarias han sido un atentado en contra del libre mercado que ha causado distorsiones cada vez más profundas en los incentivos y precios.