Reto de la medicina: regresar a sus orígenes

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¿Cómo reencontrarnos con la empatía, la compasión, la solidaridad, el compromiso humano, la vocación en la medicina?

 

Actualmente es increíble la velocidad de la generación de conocimiento científico en todas las áreas, pero especialmente en el ámbito de la salud. Los avances tecnológicos en imagenología nos permiten entender fenómenos complejos nunca antes sospechados. Tecnologías nuevas en materiales abren la oportunidad de reparar lesiones que hace apenas medio siglo eran imposibles. Los transplantes de órganos logran cambiar profundamente la vida de muchas personas. La esperanza de vida, resultado de muchos de estos avances, se ha incrementado sustancialmente casi de manera global.

Y, sin embargo, el reto mayor para la medicina moderna no está por descubrirse, más bien supone la reflexión en la esencia misma de la profesión. En palabras del filósofo Edmund D. Pellegrino se hace referencia a ella como: “La medicina es la más humana de las artes, la más artística de las ciencias y la más científica de las humanidades.”

El reto está en lograr encontrar el camino que nos lleve nuevamente a crecer en el aspecto de la sensibilidad humana, en el gran valor que implica dentro de la profesión médica la capacidad no siempre de curar, pero sí de aliviar el sufrimiento humano. El papel que en la antigüedad los médicos con menos recursos tecnológicos tenían.

¿Cómo reencontrarnos con la empatía, la compasión, la solidaridad, el compromiso humano, la vocación?

Me refiero con esto a romper con la inercia que nos ha llevado a un reduccionismo impersonal. Esto es resultado de más de un factor que coincide en el tiempo. Por un lado, tenemos la impresión de que los servicios de atención a la salud pueden ser considerados un bien. Esto es más evidente en las grandes corporaciones médicas, donde tanto el personal de salud como los pacientes, muchas veces mal llamados “clientes”, son intercambiables, es decir, siempre y cuando se pueda suplir un servicio con una persona preparada para brindar la atención, no importa quién sea al final del día, igualmente un paciente con cierta enfermedad se equipara a cualquier otro paciente con el mismo diagnóstico.

Esto va en contra de la base principal que sustenta la profesión médica, que es la relación médico-paciente.

Es en este vínculo donde se establece la confianza para poder conversar con el médico de cuestiones importantes, muchas veces para el diagnóstico y tratamiento que no nos atrevemos a comentar ni siquiera con las personas más allegadas a nosotros. El médico explora los rincones profundos de la conciencia, del cuerpo y de los valores que dan sentido a nuestra vida. Esta relación va más allá de una transacción meramente comercial, donde el objeto de intercambio es un bien o servicio que se puede pagar por cierto monto.

Cuántas veces no hemos escuchado referirse a alguien como “el paciente de la neumonía” o al paciente de la cama 12, por citar sólo dos ejemplos, cuando en realidad esta persona tiene un nombre, una historia, temores particulares, expectativas personales, un cúmulo de valores que ha ido adquiriendo durante su vida, una filosofía personal para avanzar en el camino de la vida… Y todo esto no lo conocemos, porque no le vemos el gran valor que justifique invertir tiempo en escucharlo.

Eso sí podemos conocer tantas cosas de su cuerpo por medio de laboratorios, medir en microgramos, picogramos o nanogramos concentraciones de múltiples cosas. Tener imágenes de resonancia magnética nuclear, tomografías, ecografías, biopsias etc., etc.  Que nos aportan datos, números, graficas, imágenes que ciertamente ayudan al diagnóstico y muchas veces a definir un tratamiento.

Pero, ¿qué es lo que realmente sabemos de la persona que tenemos enfrente? ¿Qué tan seguido nos detenemos a pensar que es la mamá de alguien, el hijo de alguien o el hermano de alguien? Y es esto lo que le confiere un enorme valor, valor mismo inmerso en poder reconocer su condición humana.

Esta disociación con la parte humanística y cegados por la cuestión científica, nos lleva a veces a la lamentable situación de escuchar: lo siento, ya no tenemos nada más que ofrecerle a su ser querido. Nada más contrario a lo que debiera suceder: el medico como sanador, siempre tendrá algo que ofrecer, y lo más seguro es que, en todo caso, lo correcto será cambiar los objetivos del tratamiento, de curar, confortar y vigilar que aquello que es importante para el paciente se pueda cumplir. Nunca abandonar al paciente en su proceso de enfermedad o en el tránsito del proceso de morir.

Es por ello que necesitamos hacer un lado toda esa deslumbrante tecnología y regresar al origen, cuando el acto de sentarse junto a la cama del paciente, saludarlo por su nombre y sonreírle, era ya el inicio de su tratamiento. Donde tocar su mano para sentir el pulso, escuchar su corazón, palpar los órganos abdominales o definirlos con la percusión, eran maniobras que iniciaban el proceso de confortar, confiar y formar una alianza para caminar juntos, paciente y médico en busca de una mejor condición de vida.

Estimado lector, si esto le suena extraño porque no le ha tocado vivirlo, si su experiencia ha sido unos minutos contados, una consulta donde no lo han visto a los ojos, por estar leyendo el expediente o llenando la receta, un acto donde se le invita a contestar concretamente lo que se le pregunta y nada más, donde preguntar nos expone a parecer ignorantes, o el valor de la consulta se mide por los costos de esta y los medicamentos recetados…

Entonces, seguramente coincide conmigo: el mayor reto para la medicina moderna está por venir, regresando del pasado…

 

 

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