Las instituciones inclusivas garantizan la prosperidad y el desarrollo; las exclusivas lo eclipsan. He ahí la importancia de la democracia.

 

 

Por Pablo Majluf

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Aprovechando el éxito editorial de Por qué fracasan las naciones: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, escrito por el economista del MIT Daron Acemoglu, y el politólogo de Harvard James Robinson, me hice la misma pregunta sobre nuestras inmediaciones: ¿por qué México no es exitoso?

Desde luego que el éxito –como concepto teleológico– es demasiado ambiguo. México es un gran país bajo muchas lupas, pero para efectos prácticos de este artículo, me refiero a la óptica más holística –aunque quizá superficial– de la diferencia entre naciones: ¿por qué somos un país subdesarrollado?

Descontando las limitaciones naturales de un bestseller gringo sobre economía política, el libro ofrece una hipótesis interesante que, me parece, podría responder parcialmente la pregunta. Cabe mencionar que en varias de sus páginas el libro mismo pone a México como ejemplo de subdesarrollo.

El estudio empieza por desmitificar algunas de las tradicionales –y, según los autores, desatinadas– causas del subdesarrollo. Se ha dicho, por ejemplo, que el clima juega un papel importante en el desarrollo de las naciones. El supuesto clásico es que los países tropicales y cercanos al ecuador no se han desarrollado porque el calor inhibe el esfuerzo y la fertilidad agrícola posterga la necesidad industrial. Lejos de haberse demostrado esa conjetura, países como Australia, Botswana, Israel, Hong Kong y zonas de otros países como California, Florida y Texas en EU, son prueba de lo contrario.

Por otro lado, se ha dicho que el problema es cultural: que algunas culturas –especialmente las de raíz protestante anglosajona– propician el florecimiento del capitalismo y la democracia, mientras que otras lo estorban. En el caso de México, por ejemplo, que la fiesta y la siesta, con todas sus virtudes en otros sentidos, son flagrantes impedimentos al desarrollo. Sin embargo, Corea del Norte y Corea del Sur, o Costa Rica y Nicaragua, incluso las comunidades fronterizas de un lado y otro del río Bravo, tienen ostensiblemente las mismas culturas. ¿Por qué, entonces, unos son desarrollados y otros no?

Finalmente, el libro desmiente la teoría de que algunos países ignoran cómo desarrollarse: que para prosperar bastaría con saber el camino correcto –como si se tratara de una revelación de la Divina Providencia. Sin embargo está claro, por un lado, que ningún país nació sabiendo desarrollarse, sino más bien, como dijo el poeta Machado, hicieron su camino al andar, y por otro, que a los países hoy les sobran diagnósticos, análisis y prescripciones: en un mundo globalizado se sabe bien lo que se requiere para el desarrollo. La cosa es ponerlo en práctica.

Bien. Según los autores, todas estas hipótesis –la geografía, la cultura y la ignorancia de un camino, entre otras– son meras excusas. La verdadera diferencia entre las naciones desarrolladas y las subdesarrolladas es que las primeras tienen instituciones inclusivas, mientras que las segundas tienen instituciones exclusivas. Eso es todo. Y esta verdad yace en el corazón del subdesarrollo. El problema es que para las naciones subdesarrolladas es difícil –quizá doloroso– reconocerlo, porque hacerlo implicaría, por un lado, admitir que existe un arreglo político e institucional injusto, y por otro, porque exigiría un ajuste forzoso en las estructuras de poder.

¿Cuál es la diferencia entre las instituciones inclusivas y las exclusivas? El nombre lo dice: unas incluyen y las otras excluyen. Unas representan al grueso de la población, las otras a unos cuantos. Nada mejor para ejemplificar una institución inclusiva que la vieja fórmula proferida por Abraham Lincoln en el Discurso de Gettysburg: “Un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.”

Por el contrario, nada mejor para ejemplificar una institución exclusiva que el régimen de la Revolución Mexicana.

Ahora bien, se pregunta uno: ¿por qué las instituciones inclusivas garantizan la prosperidad y el desarrollo, mientras que las exclusivas lo eclipsan? Porque las primeras distribuyen el poder político de manera horizontal, y así garantizan una regulación balanceada del mercado, es decir, aseguran la igualdad de oportunidades, la protección de la propiedad privada, el cumplimiento de contratos, la legitimidad de la riqueza, la libre producción, etcétera. En pocas palabras, si el poder político está bien distribuido, las reglas del mercado son utilitarias. He ahí la importancia de la democracia.

En cambio, las instituciones exclusivas hacen lo contrario: dividen y extraen. Concentran el poder político en el menor número posible de personas para que las reglas del mercado operen a su favor y puedan extraerle riqueza a la mayoría.

Una breve lectura de la historia mexicana y sus instituciones –desde la Colonia y la incipiente República, hasta el siglo XIX y el régimen de la Revolución; desde las encomiendas novohispanas y las haciendas decimonónicas, hasta los gabinetes porfiristas y el corporativismo priista– confirma que nuestras instituciones siempre han sido exclusivas: mecanismos organizados para la extracción sistemática de la riqueza.

Si te preguntas ¿por qué a pesar de ser la decimocuarta economía del mundo, la mitad de los mexicanos no han alcanzado la prosperidad?, Acemoglu y Robinson te dirían que restes 17 años de democracia a 500 de exclusivismo.

 

Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

 

 

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