A los niños no les tienes que enseñar a ahorrar, sino a gastar de forma inteligente, y poniendo el ejemplo es como puedes aprender a controlar el gasto emocional.

 

La forma de gastar que más problemas causa a las personas en México se llama Gasto Emocional, que es la tendencia a adquirir cosas que no deberíamos comprar y que, al hacerlo, nos genera problemas de dinero.

En esta ocasión, y retomando lo que platicamos en enero, te voy a dar tres claves muy poderosas para vencer el Gasto Emocional. Antes que nada tenemos que reconocer que nuestros gastos se pueden clasificar en tres partes: en primer lugar, lo indispensable o básico para vivir; en segundo lugar, los gastos que aumentan mi calidad de vida, y en tercer lugar, aquellos que me generan un estilo de vida. Los primeros no son negociables: se trata de los alimentos, vivienda, transporte, ropa, etc. El segundo grupo es muy agradable porque nos brinda comodidad: el teléfono, el coche, el entretenimiento, etc. Y el tercer grupo, conocido como estilo de vida, son todas aquellas cosas que no necesitamos, que no son indispensables para vivir, pero nos dan estatus, nos hacen sentirnos importantes, con una buena imagen, a la moda, con prestigio o con lujos.

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Un mismo artículo puede caer dentro de las tres categorías. Por ejemplo, mis gastos por transporte entran dentro de los gastos indispensables. Al fin y al cabo, transportarme es un gasto básico en nuestra vida diaria. Sin embargo, si mi transporte es en un automóvil sedán de modelo reciente, entonces lo debes considerar como un gasto de calidad de vida, pues me brinda una mayor comodidad y seguridad. Ahora bien, si es una camioneta de lujo, último modelo, equipada con la tecnología de vanguardia, entonces este medio será considerado como estilo de vida, pues es un lujo que me genera estatus, imagen, prestigio, etc.

Casi en todos los casos ocurre lo mismo. Si la alimentación es en mi hogar, es un gasto básico; si es en un restaurante, es un gasto de calidad de vida, y si es en un exclusivo salón gourmet, es un gasto de estilo de vida. Si aprendemos a usar esta distinción, estaremos listos para recibir las tres claves para vencer el gasto emocional.

Ahora bien, piensa en tus hijos pequeños. Si no los tienes, imagínalos. Si ya crecieron, recuerda cómo eran cuando tenían esa edad. Piensa en ti como una persona que tiene hijos chicos y les quieres enseñar el valor y el concepto del dinero. Los quieres preparar para la vida y lo que menos quieres es que cometan los mismos errores que tú has cometido. ¿Has conocido a alguien así?

Entonces decides que lo primero que debes hacer es enseñarles a ahorrar. Es algo que quizá tú mismo o tú misma no has logrado de forma disciplinada en toda tu vida y quieres que ellos lo logren. Luego decides que les vas a enseñar que el dinero se gana con el esfuerzo, con el trabajo, con el sudor de tu frente. ¿Te suena familiar? Quizá eso mismo fue lo que tú escuchaste en tu niñez, tal vez eso mismo te dijeron hace mucho tiempo. ¿Es así? ¿Y funcionó? Y si en tu caso no funcionó ¿qué te hace pensar que ahora sí funcionará con tus hijos?

Déjame decirte algo: a los niños no les puedes enseñar el concepto del ahorro porque en los niños no existe el concepto de “carencia”. Para ellos, desde que nacen, sólo tienen configurada en su mente la idea de “abundancia”; la carencia no es algo que esté implantado en la mente de un niño, sino que lo va aprendiendo conforme pasa el tiempo, por lo que experimenta, por lo que escucha de sus padres o simplemente cuando se convierte en un adulto. Los adultos somos los únicos que entendemos lo que es la carencia o la escasez, pero los niños pequeños no la entienden; por eso dejan encendida la luz, la llave abierta, desperdician todo, y por eso cuando les dices que no tienes suficiente dinero te dicen que simplemente vayas a la “maquinita a la que le salen billetes”.

El ahorro implica, de algún modo, el concepto de escasez, pues ahorrar significa “guardar dinero como previsión para cubrir necesidades futuras”. Si un niño no entiende lo que es la escasez o carencia, jamás podrá comprender el sentido que tiene el ahorro.

Entonces, a los niños pequeños no les tienes que enseñar a ahorrar, sino a gastar inteligentemente, y mediante ese concepto y poniendo el ejemplo es como puedes aprender a controlar el gasto emocional. ¿Estás listo? ¿Estás lista? ¡Comencemos!

  1. Lo primero que debes enseñarle a un niño pequeño es a resistir sus antojos. Los adultos nos metemos en muchos problemas por dejarnos llevar por los nuestros. No es fácil controlarlos, pero es posible. Como en todo, es cuestión de práctica. Al principio te va a costar muchísimo trabajo y vas a fallar varias veces, pero toma en cuenta que apenas estás practicando.
  2. La segunda enseñanza se refiere a posponer la gratificación. Confronta lo que quieres ahora contra lo que realmente quieres para tu vida. La mayoría de ocasiones no coinciden. ¿Quieres realmente estar delgado en tu vida? Tendrás que posponer esa golosina que quieres ahora. ¿Quieres realmente estar sano en tu vida? Tendrás que posponer esa quesadilla de chicharrón. Está comprobado que los niños que aprenden a posponer la gratificación son más exitosos que los que no lo hacen. Es evidente ¿no es cierto?
  3. La tercera y última clave es respetar un presupuesto. Para los niños, evidentemente respetar un presupuesto se refiere a algo muy simple, como: “hoy solamente puedes comprar dos cosas, ¡no más!” o “eso no lo podemos comprar ahora porque no está en nuestro presupuesto”. Aunque todavía no entiende qué es el presupuesto, sabrá que hay un límite, un techo, una regla.

Entonces, enseña a los niños pequeños a resistir sus antojos, a posponer la gratificación y a respetar un presupuesto. Y para ello, lo único que tienes que hacer es ¡poner el ejemplo! Sigue esas mismas reglas en tu vida todos los días. Conviértete en un ejemplo. No desistas si fallas al principio; fallar es parte del proceso, pero no desistas. ¡Nunca!

Y el toque final: aplica estas claves a todos los gastos del tipo estilo de vida; ésos son los peores y los que primero tienes que atacar. Y en unos cuantos meses, cuéntame lo bien que te fue.

 

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