El Black Canvas nació desde la Universidad de la Comunicación como una ventana para las propuestas cinematográficas más radicales, para el cine que desafía a su público y lo reta a cuestionarse sobre aquello que está más allá de lo aparente. Debido a eso, no sorprende que entre su programa hayan incluido Liberté (2019), el nuevo trabajo de Albert Serra (La muerte de Luis XIV, Honor de caballería), una interesante provocación que ahuyentó un mayor número de espectadores que la gratuita agresión del Guasón (Joker, 2019), con la que curiosamente coincidió, al menos por un par de días, en cartelera.

Serra nos transporta al tiempo previo al estallido de la Revolución Francesa, un grupo de nobles y sus lacayos van camino a Alemania, cuando deciden pasar una noche de libertinaje en un bosque. Una noche de placer para satisfacer los deseos más mundanos del cuerpo y subyugarse a la seducción de la carne. Un erótica provocación, sin tapujos, sobre las dinámicas del poder.

Foto: Albert Serra/Liberté

 

Sobre esa delgada línea argumental –nunca conoceremos bien a bien quiénes están participando en la orgía, ni sus orígenes o demás detalles–, Albert Serra nos invita a ser acompañantes de los indecentes, testigos mudos de sus acciones. El director y su cinefotógrafo Artur Tort crean una atmósfera que se aleja del espectáculo pornográfico del cuerpo, haciendo de la imagen del espectador un cómplice más, no hay  una miradas clara como las que propone el cine de Bruce LaBruce o la secuencia intermedia de Yo soy la felicidad de este mundo (2014), de Julián Hernández, al contrario el bosque y su oscuridad impulsan este juego de mirones, voyeurs como los amantes del cine mismo. Espectadores incapaces de tomar acción en aquello que miran, pero que lo disfrutan de igual manera.

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Serra parece cuestionar dónde está la verdadera libertad, ¿en aquellos que deciden esclavizarse a sus pulsiones sexuales o los otros que por su clase no pueden darse el lujo de olvidar sus inhibiciones? Es una pregunta que no deja de lado las dinámicas sociales del poder, donde los estratos más bajo no tienen sino aceptar aquello que se les ponga enfrente. Participar o no, realmente no hace mucha diferencia en su destino. Serán usados y desechados, quizá por eso más de uno ha relacionado a Liberté con Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975), la todavía polémica obra póstuma del irrepetible Pier Paolo Pasolini, aunque en ésta el fascismo da, en realidad, muchas menos “opciones” que los libertinos de Serra.

Puedes ver el trailer oficial aquí:

Tal vez sea mejor comparar Liberté con otras dos obras de Pasolini: Porcile (1969) y Teorema (1968), donde los límites del placer, el consentimiento y la subyugación están mucho más desdibujados, tema que también acerca al largometraje de Serra a trabajos como El imperio de los sentidos (Ai no korîda, 1976), de Nagisa Ôshima; y La bestia ciega (Môjû, 1969), en ésta última el cineasta nipón Yasuzô Masumura presenta la historia de un escultor ciego que secuestra a una joven para hacerla su modelo y ella termina por caer en su juego sadomasoquista, como los impávidos (pero ganosos) lacayos de Liberté.

Serra ha creado una de las películas más incómodas del año, no sólo por las imágenes que presenta sino por el lugar en el que nos coloca como espectadores, ¿abandonar la sala y evadir las imágenes? ¿O sentarse y disfrutar? El voyerista más constante sigue siendo el cinéfilo.

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El autor es editor en jefe en ButacaAncha.com y conductor de Derretinas en la barra Resistencia Modulada de Radio UNAM.

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