Los vericuetos de la memoria y la desmemoria suelen ser intrincados, inagotables y sumamente bizarros. Dentro del mundo de las expresiones artísticas, los ejercicios de memoria son por demás recurrentes.

“La memoria es el perro más estúpido, le tiras un palo y te trae cualquier cosa.”
Ray Loriga

 

El físico catalán Jorge Wagensberg ha dicho en más de una ocasión que el cerebro se inventó para salir de casa y la memoria para volver a casa. Desesperante en muchos casos, extraño y curioso en otros tantos, la pérdida de la memoria suele no sólo traernos recuerdos que no sabíamos que aún vivían en nuestra mente, sino que la mayoría de las veces reconfiguran la manera en la que procedemos con posterioridad.

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Algunas veces traemos a colación recuerdos que no invocamos, y muchas veces llamamos con vehemencia imágenes que no han de volver más, que se perdieron en el camino de regreso a casa, como diría Wagensberg. En ocasiones, nuestros recuerdos están fuertemente ligados a sentimientos, sumamente interconectados con los sentidos y vivencias; un perro callejero puede despertarnos el recuerdo más oscuro de nuestra niñez, o un caramelo dulce y en apariencia inofensivo puede despertarnos la circunstancia más amarga del pasado.

Los vericuetos de la memoria y la desmemoria suelen ser intrincados, inagotables y sumamente bizarros. Dentro del mundo de las expresiones artísticas, los ejercicios de memoria son por demás recurrentes y me atrevería a decir que hasta un recurso necesario; el artista va trayendo a colación lo que retiene, lo que cree digno de destacar, incluso hasta lo más nimio. No han sido pocas veces las que se han dedicado obras y textos sobre la memoria y sus fascinantes caminos, desde Borges hasta Jorge Volpi, de Nietzche hasta Mihai Eminescu, quien por cierto aseguraba que uno no retiene en la memoria nada que no fuese comprendido previamente.

El cine es quizás una de las expresiones en donde se puede apreciar el ejercicio mnemotécnico en sus mejores formas, en función de un alimento audiovisual para el espectador que se irá replicando hasta el infinito. La serie de imágenes, sonidos y diálogos que vemos en pantalla son construidos de tal manera que, cuando menos nos damos cuenta, entramos de lleno en un abismo de recuerdos, imágenes y construcciones mentales de las cuales estamos hechos y, que dicho sea de paso, forman parte esencial de nuestro ser como humanos.

Existen sendas películas que versan sobre la memoria o la falta de ésta, ya sea por proceso natural, por enfermedad o por accidente. Desde Memento (2000) de Christopher Nolan, la aclamadísima Eternal Sunshine of the Spotless Mind, de  Michel Gondry (2004), pasando por las aparentes incongruencias metafísicas de David Lynch en Mulholland Drive (2001) o The Hangover de Todd Phillips (2009) por poner un ejemplo ‘jocoso’ y relajado.

Quien esto escribe les comparte una por demás somera y personalísima lista de filmes que versan sobre las alteraciones de la memoria. Aunque debería restar la aclaración sobre la selección aquí expuesta, valga el sacrificio para enfatizar que no son las mejores de ninguna época, que el hecho de que se encuentren estas cinco y no otras no significa que su favorita sea mala, etcétera. Sólo es un ejercicio de desmemoria cinéfila, de alguien a quien le gusta y le apasionan mucho los recuerdos y sus trampas. Espero la disfruten.

 1.- Sans Soleil-Chris Marker (1983).

Fallecido apenas el pasado 2012, el cineasta francés Chris Marker fue reconocido en buena medida por emplear el cine como una herramienta discursiva sin precedentes, llena de un humanismo y crítica social tal, que lo convirtieron en un ícono cultural del Siglo XX y parte del XXI. Sans Soleil es un ensayo fílmico sobre la memoria, quizás el más claro y contundente al respecto.

Narrado desde una voz femenina que le habla a un camarógrafo ficticio, Sans Soleil es una suerte de collage fílmico, una transposición de imágenes que van de la vida cotidiana japonesa de los setenta, a los paisajes franceses, en Guinea y San Francisco, inconexos en apariencia, pero que van adquiriendo una cohesión a través de su discurso.

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¿Cómo se comporta la memoria humana? ¿Por qué a veces es tan caprichosa? A veces la fragilidad humana se torna en los colores más fascinantes al hacer uso de la memoria. Cartas que en apariencia suelen decir banalidades, lugares comunes que a veces suenan ridículos, pero que en suma toman relevancia, como sucede en la vida misma. La descripción se convierte en profundidad de campo, la forma se convierte en forma y la inconexión de la memoria parece tener el sentido más fundamental cuando se toma conciencia de nuestra composición más humana. Ese afán del ser por la permanencia, esa angustia por lo ya vivido y el miedo a lo desconocido son elementos cruciales dentro de Sans Soleil, una obra que sin duda es una de las más importantes del director de La Jetée.

2.- Del olvido al no me acuerdo-Juan Carlos Rulfo (1999).

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Del olvido al no me acuerdo es una suerte de la búsqueda de Rulfo hijo, por averiguar a bien sus raíces paternas, investigar quién era su padre, más allá de ser sólo el autor de Pedro Páramo y El llano en llamas. Juan Carlos Rulfo viaja al pueblo natal de su padre y entrevista a los pocos sobrevivientes de la generación de su padre para trazar, infructuosamente, un origen claro.

Versiones encontradas, datos inconexos y contrarios entre sí, desmemoria pura dan al traste con los intentos de Juan Carlos por identificar la identidad primigenia de su padre, un ser enigmático para propios y extraños, que en apariencia nunca existió en realidad.

¿Tal vez una broma macabra del destino? ¿Un fantasma familiar? La importancia o relevancia de los objetivos se ven entorpecidos y minimizados al emprender la búsqueda de la identidad. Una ficción que desdibuja su naturaleza misma, Del olvido al no me acuerda es un paraje fílmico desolado, agridulce y sumamente evocativo.

3.- Cinema Paradiso-Giuseppe Tornatore (1988)

Si bien la obra maestra del italiano y multipremiado Giuseppe Tornatore trata sobre el homenaje al cine y al amor eterno, Cinema Paradiso también nos muestra cómo a veces los recuerdos pesan más que el presente mismo, que son irrevocables y nos persiguen hasta el final de nuestros días, dejándonos muchas ocasiones en la desolación total.

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El tormento de lo bello, la nostalgia por aquello que en otro tiempo fue mejor. Si bien tiene un tono bastante edulcorado rayando en lo empalagoso, Cinema Paradiso hace click con el espectador por su honestidad y belleza, por aquellas cosas que parece no volverán a ocurrir: la vida sencilla, la infancia perdida que tras los años se dibuja agridulce, el amor irrepetible, la persecución de nuestra existencia misma. Toda una oda a la permanencia de los recuerdos.

4.- El Bulto-Gabriel Retes (1992)

Un manifestante es golpeado en el ‘Halconazo’ del fatídico 10 de junio de 1971, dejándolo inconsciente por cerca de 30 años. A su inesperado despertar, Lauro (interpretado por el mismo Retes) tiene que lidiar con un mundo ajeno, incomprensible y vertiginoso.

Al igual que en Cinema Paradiso, El Bulto no es una película en la que la memoria o su pérdida sea el tema central, pero que tiene en sus formas más elementales, la permanencia de aquello que otrora nos convirtió en lo que somos ahora.

Lauro se enfrenta a una sociedad que perdió o vendió aquellos valores e ideales en los que creía, ante una familia que ha tenido que vivir con su estado de coma, que creció con su presencia ausente, sigilosa, muda e incómoda, como su forma de pensar parece ya no tener sentido o conexión en pleno inicio de la década de los noventa.

Los bultos no sirven para nada, pero ¡ah, cómo estorban! Para suerte de Lauro, y la reconfiguración paulatina de aquello que fue para volverse a insertar en la sociedad, aquello que recuerda se convierte en el asidero definitivo. ¿Qué debo dejar y qué recuerdos debo mantener vivos? ¿Cómo puedo utilizarlos? Monsiváis decía que siempre que tenía un problema, o una inquietud, solía recordar un pasaje de algún poema que le ayudara. Nuestro pasado vive en constante diálogo con lo que vivimos, lo vivido en carne propia es archivado como imagen-herramienta para nuestros momentos más difíciles.

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5.-Llámenme Mike-Alfredo Gurrola (1979).       

Cine policiaco a la mexicana, una película prácticamente olvidada pero con una calidad notable, de la mano del director Alfredo Gurrola. Llámenme Mike narra la historia de ‘Miguelito’, un policía común y corriente, fan de Rocky y Bruce Lee que anda en la fiesta loca. Un día, Miguelito (interpretado por un excelente Alejandro Paroli, para muchos La actuación de toda su carrera) se ve envuelto en una trampa por parte de sus jefes, los cuales le tienden un cuatro en un decomiso de cocaína. Miguelito para en la cárcel y recibe una paliza que lo manda al psiquiátrico.

Todo el mundo cultural que compone la idiosincrasia de Miguelito se revuelve en su psique, para transformarlo en un personaje loquísimo, que ahora prefiere que lo llamen ‘Mike’, y que es una suerte de antihéroe trastocado que recuerda al famosísimo Travis de Taxi Driver (1976) de  Martin Scorsese. ¿De qué forma tan pervertida llegaron nuestros recuerdos a reconfigurar nuestra identidad?

Violenta, lúdica y magníficamente estructurada, Llámenme Mike es una gran película, que aborda los trastornos mentales de una forma entretenida sin dejar de ser cruda y directa.

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