La influencia musical popular de Francia no es poco consistente aunque sí esporádica. Se dice con frecuencia que su sofisticación y localismo son su virtud y condenación simultánea.

Por Ricardo Pineda

Pese a su perfil cada vez más discreto como país, pero siempre refinado y apasionado a nivel global, Francia siempre ha tenido aportes sustanciales a las revoluciones de occidente, ya sea con la Ilustración de finales del Siglo XVII, la revolución artística que implicó el trabajo de Marcel Duchamp, sus aportes culinarios -son reconocidos como la meca del vino tinto-, o incluso literarios (Francia es cuna indiscutible de la novela).

En cuanto a lo musical, Francia quizás nunca tenga una banda de rock muy destacada que pueda tener un parangón de éxito mundial como lo llega a registrar Estados Unidos o Inglaterra, o músicos tan destacados en lo clásico como sus contemporáneos europeos. La influencia musical popular de Francia no es poco consistente aunque sí esporádica. Se dice con frecuencia que su sofisticación y localismo son su virtud y condenación simultánea.

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Sin embargo, si algo tiene la tradición francófona, como un secreto reservado para los amantes del vino, la bohemia y el amor, es que saben componer canciones que reflejan de forma fiel el alma humana universal, a partir del contexto local. Francia lleva siglos cantándole al amor, la sociedad y la política con tal tino, pertinencia y puntería que no se perciben en otros países. La intensidad, elegancia y el estilo característicamente homofónico (cuando se mantiene el mismo ritmo o el sonido es muy similar entre las composiciones) son las improntas más destacadas de lo que tiende a llamarse  Canción Francesa o  Chanson Française.

La Chanson Française se encuentra arraigada en los estertores de la Edad Media y los albores del Renacimiento -estamos hablando de una evolución que data desde el Siglo XV-, caracterizada por ser ésta cualquier pieza compuesta e interpretada en francés (obviamente) con temas relacionados principalmente con el amor, la crítica política y social. Si bien de este lado del continente, la Canción Francesa es vista como burguesa, exótica y hasta extremadamente sofisticada, lo cierto es que la Chanson sigue siendo muy popular por su conexión con la gente de a pie, el vulgo, y prácticamente ser de esas pocas cosas que congregan multitudes y rompen barreras sociales en Francia.

Para los puristas, el Siglo XX vino a desvirtuar el sentido general de la Canción Francesa, generalizándolo a “cantautores” de corte trovador y bohemio. Acá presentamos una somera selección de los que para quien esto escribe son la esencia indiscutible del género y que reflejan bien todo un siglo que queda para la posteridad. Brindemos pues, entre el choque de copas, el humo de los cigarrillos que inundan el cabaret y las voces sigilosas de miles de franceses intensos, enamorados y apasionados.

Édith Piaf. Actriz de cine y teatro, la voz de Edith Piaf, conocida también como La Môme Piaf, La Foule o simplemente Milord, fue poseedora de una voz incomparable hasta la fecha, que abrevó de los recursos operísticos y despliegues vocales sorprendentes. Sin embargo, más allá del evidente talento vocal, Piaf tenía esa sensibilidad capaz de llevar al escenario la fragilidad de su vida personal, decantando todo el drama de una infancia dura, y una vida que si bien estuvo copada de éxito internacional, también se acompañó siempre de dolor y sinsabores a su alrededor.

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Emblema de la Francia de La Segunda Guerra Mundial, y una cantante bastante singular, Edith Piaf es un referente ineludible de la Canción Francesa, el amor romántico y el espíritu francés de la década de los cuarenta y cincuenta. No por nada es una de las cantantes más conocidas fuera de Francia, si no es que la más grande.

Charles Aznavour. Tomando la estafeta de Piaf, y apareciendo en el mapa como su secretario, chofer y confidente a partir de 1951, Charles Aznavour emprendió una carrera llena de éxitos que lo llevó a ser llamado “El embajador de la Canción Francesa”.

De origen armenio, y poseedor de un color de voz muy característico -el cliché gutural que se presenta en las malas imitaciones de los franceses, con erres marcadas y todo, puede que se deba en buena medida a la manera de cantar de Aznavour-, El Embajador tiene un lugar muy especial en el corazón de los franceses, con temas románticos y melosos en su mayoría.

Con una manera de cantar apasionada y remarcada, muchas veces con coros rapiditos, Aznavour llamó la atención a finales de los cincuenta y buena parte de los sesenta, también por su presencia escénica, todo un dandi seductor trajeado. Charles Aznavour aún vive, y pese a algunos de sus discos con todo y producción infame de los setenta y ochenta, el lugar como leyenda sigue vivo. Ya no es moderno y para las nuevas generaciones puede parecer sinónimo de anquilosamiento y conservadurismo cursi, sin embargo, por donde se le vea, Aznavour es y será otro de los grandes de la Chanson Française.

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Jacques Brel. Retomando la crítica social y preocupaciones humanas de los trovadores franceses de siglos pasados, Brel es reconocido en dentro y fuera de Francia por su forma tan apasionada (con lágrimas incluidas) y honesta de cantar, con canciones tan variadas como intensas, llenas de miradas y preguntas sobre la espiritualidad, la sociedad y el amor.

Como los dos cantantes anteriores a esta lista, Jacques Brel también fue actor de cine ocasional, y su habilidad para las metáforas en el escenario no era poca cosa, tan es así, que fue gracias a artistas del calibre de Brel, que la Canción Francesa se puso de moda a nivel internacional durante la primera mitad de los sesenta. Bob Dylan amaba a Aznavour, y el cantante de origen belga Jacques Brel causó gran revuelo en Estados Unidos e Inglaterra con su grabación en vivo Olympia 64 (1964), el cual es catalogado como uno de los mil discos indispensables de música de todos los tiempos.

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Serge Gainsbourg. El más irreverente de todos, el hijo rebelde de toda Francia, el sexy-nasty-diablo-dandy. También el más arriesgado y revolucionado de todos. Serge Gainsbourg descubrió a temprana edad que tenía un talento e imán nato para lo que se propusiera. Pintor, actor, director, cantante, compositor e interprete, Serge Gainsbourg es un ícono cultural que quizás rebasa el género de la Canción Francesa, quizás la revitaliza y le da un sentido muy explorador, transgresor y acorde con los nuevos tiempos.

Hablar de las canciones de Gainsbourg es tocar el jazz de cabaret y el trabajo a sueldo, cuando conoce al escritor Boris Vian, y comienza a interpretar sus propias canciones. Pero también se habla del loco seductor ye-ye que se infectó de jipismo y moda parisina durante los sesenta. O quizás se hable más del personaje que retó los símbolos anquilosados para dar pauta a una reinvención reggae del himno nacional francés. Sus letras son sexo, revolución y poesía descarnada, diversión y juego, y maldad y patanería refinada.

En la biopic Gainsbourg: a Heroe Life de 2010, una guapa y seductora mujer, como todas las que se acercaban a Gainsbourg, tipo además no muy agraciado de su rostro, le pide a Serge que le toque una pieza para complacerla. El autor de  la famosísima “Je t’aime… moi non plus” toca algo de Aznavour, la mujer lo para y le dice “si hubiera querido a Aznavour, no estarías sentado en ese piano”. Gainsbourg tiene no sólo una huella en la música y en la cultura francesa, sino que también es inspiración de nuevos cantantes, que retoman la tradición del género para quererlo llevar a géneros cada vez más atípicos.

Serge Gainsbourg era conocido como un gran seductor, su relación con las guapísimas Brigitte Bardot y Jane Birkin, con quien tuvo a Charlote Gainsbourg, lo volvieron en su época uno de los villanos más envidiados. Para la posteridad quedan sus canciones, llenas de amor, bohemia, desamor, traición, historias de cómic, nazi rock, jazz pervertido, y el carisma de uno de los personajes más genuinos de toda Francia.

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Benjamin Biolay. Para cerrar la lista tenemos a un integrante que podría considerársele aún muy joven para incluirlo al lado de los cuatro gigantes anteriores, sin embargo, Benjamin Biolay tiene 40 años ya, y su trabajo ha dado pauta para trabajar de cerca con artistas de renombre en Francia, como Keren Ann, Henri Salvador, Françoise Hardy (que se está poniendo de moda de nuevo por estar en el soundtrack de Moonrise Kingdom de Wes Anderson) o Julien Clerc. La prensa mundial lo ha visto como el sucesor de Serge Gainsbourg, con ese aire de enfant terrible por el que suelen relacionar al francés de las películas.

Cuerdas, dramatismo, nuevos ritmos pop y producción profesional, puede que el más reciente trabajo de Biolay no sea tan afortunado como en sus trabajos más granados de finales de los noventa y principios de los dos mil, sin embargo sigue teniendo el oficio y sensibilidad de la canción y la pasión desgarradora. El eterno trovador que mantiene una tradición de siglos, algo que se puede reinventar sin perder su identidad, una que graba de forma fiel las entrañas de un país que a veces nos resulta ajeno, extranjero tal cual, cursi y hasta superfluo, pero basta sólo con ponerle play para percatarse de lo contrario.

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