Hace 30 años, una movilización estudiantil conmovió a China e impactó al mundo entero, porque mostró las grietas del gigante asiático y la voluntad de hierro de sus élites para apagar cualquier inconformidad.

La Plaza de Tiananmen es precisamente recordada por los cientos de muertos que significó la irrupción del Ejército, el 4 de junio, para terminar con un mes y medio de reclamos de “transparencia y libertad”.

Se rompieron protocolos y se actuó con una enorme frialdad, que logró desactivar a los sectores más liberales del Partido Comunista y que llevó a la cárcel y al exilio muchos intelectuales.

Liu Xiaobo, quien con el tiempo obtendría el premio Nobel de la paz, fue arrestado y desde entonces pasó grandes periodos de tiempo en las cárceles del régimen chino, acusado de las más diversas conspiraciones.

Yu Shuo, antropóloga refugiada en Francia, recordaba y se lamentaba en una entrevista con “Libération”, que aquella jornada sangrienta, en la confusión, se encontró al poeta Xiaobo, quien le dijo que había olvidado su saco, con el pasaporte, un billete de avión a Estados Unidos y 3 mil dólares, en una de las tiendas de campaña y que fue imposible recuperarlo. Triste, se pregunta: “¿Si yo hubiera recobrado su saco, habría cambiado algo su suerte?” Xiaobo murió en prisión en 2017.

Por ello, Shuo señala que la efeméride debe servir para reivindicar a quienes hablaron con la verdad y para liberar a los presos de conciencia y a los que fueron internados en campos de “reeducación”. No será sencillo, porque en China no impera la libertad y los controles sobre los pensamientos son estrictos.

Tiananmen es vista, inclusive, como una salida lógica que “inmunizó a China contra las turbulencias.”

1989 resultó un año central y sobre todo en lo que se refiere a los países del socialismo real, ya que se derrumbó el muro de Berlín (noviembre) y aquello fue como un castillo de naipes que terminaría, inclusive, con la disolución de la Unión Soviética.

En julio se celebró el bicentenario de la Revolución Francesa, y los cientos de invitados en París, los hombres y mujeres más poderosos del mundo, no supieron, que estaban ante el inicio de una nueva época. Vendría un momento de avance de la democracia liberal y parecía que al menos occidente entraba en un periodo largo de estabilidad y tranquilidad.

La Guerra Fría entraba en su agonía, pero la historia no se detiene y tres décadas después se enfrentan nuevos peligros para la libertad, mientras China resiste, a un precio que pagan, día con día, quienes desde dentro de la vieja muralla se atreven a exigir libertades.

 

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