Por: Germán Ortiz*

Preguntarle a Siri o a Bixby que marque un número de teléfono o pedirle a Alexa que reproduzca una lista de canciones específica de Spotify, es mucho más rápido e intuitivo que abrir las aplicaciones o realizar la búsqueda manual desde el teléfono, tablet o computadora.

¿Por qué? Una manera de explicarlo es que el software y el hardware del ser humano están diseñados para la comunicación verbal: es más fácil hablar para pedir algo, que escribirlo. Esta es una de las razones por las que la evolución de las interfaces tecnológicas se ha dirigido, entre otras direcciones, hacia los comandos de voz.

Dado lo anterior, no sorprende la creciente popularidad que reportan productos como Alexa o Google Assistant. Según la Encuesta sobre Tendencias en Medios Digitales de Deloitte en su edición 13, de 2017 a 2018, el uso de estas interfaces en los hogares estadounidenses creció del 15 al 36 por ciento, un 140 por ciento arriba del periodo anterior.

Aunque los datos ponen en evidencia el éxito de estos productos entre los consumidores, la realidad es que aún se explotan de manera muy básica, pues no suele ir más allá de atender unas cuantas órdenes. Tan solo 18 por ciento de los usuarios afirma utilizar un asistente de voz diariamente.

Como cualquier tecnología, esta forma de inteligencia artificial es todavía joven. Apenas en 2011, Apple lanzó Siri para iPhone; Samsung, S Voice llegó al mercado en 2012 (y evolucionó a Bixby en 2017); Amazon Echo (la primera versión de Alexa) apareció en 2014 y Google Assistant, en 2016.

La proyección de esta encuesta augura un futuro prometedor para estas tecnologías, pues en este rubro alcance casi los USD$19 mil millones para 2022. Esto significa que las compañías que venden asistentes inteligentes deben trabajar constantemente en mejorar la funcionalidad, eficiencia y efectividad de estos productos para que la experiencia vaya más allá de ejecutar comandos, y así seremos testigos de cuál será “la función” que marque un hito.

La evolución de esta tecnología ha sido veloz, los desarrolladores se esfuerzan por mejorarlas constantemente desde más memoria para escuchar órdenes por más tiempo, recibir órdenes sin importar si el volumen de voz es bajo o alto, hasta contestar con el mismo volumen del emisor, sostener una conversación o analizar los hábitos del usuarios para hacer sugerencias[1].

El nivel de sofisticación que van adquiriendo estos dispositivos, aunque también nos obligan a preguntarnos: ¿Qué implicaciones tendrá en privacidad de los usuarios? ¿Cuántos datos podrán recolectar? ¿Hasta dónde nos podrán escuchar?

Existe un meme que, a mi parecer, refleja la mayor parte de nuestras inquietudes alrededor de esta tecnología: “Mi esposa me preguntó por qué hablaba en voz baja estando en casa. Le dije que tenía miedo de que Mark Zuckerberg me estuviera escuchando. Ella rió. Yo reí. Alexa rió. Siri rió”.

 

*Germán Ortiz es Socio Líder de la industria de Tecnología, Medios y Telecomunicaciones, Deloitte México Consultoría, Deloitte México.

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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