Aplicaciones que nos permiten desde nuestro celular arreglar una cita o acabar enrollados en la cama no son nada más que una alameda virtual o “in the cloud”. Lo que nadie nos advierte es que tenemos que volvernos excelentes mercadólogos de nosotros mismos.

 

Últimamente he leído a varios autores muy críticos con el tema ‘dating’ en línea. Quizá más de alguno de ustedes se rió hace unos meses al ver el video de Tinderella. La tercera plataforma –el fenómeno informático actual que se refiere a las interdependencias entre redes sociales, movilidad, big data y cloud computingse ha vuelto la principal protagonista en la vida romántica y sexual de la actualidad. La principal crítica es la inmediatez, la superficialidad y su resultante vacío emocional. Siendo como soy, un idealista empedernido y romántico insaciable, fanático de Jane Austen y colonizado por los demás escritores victorianos desde temprana edad, caí fácilmente en esta misma opinión. “Deberíamos conocer gente como lo hacían nuestros abuelos, caminando –como aún sucede en algunos rincones del país– alrededor de la Alameda”, pensé. En eso cayó en mis manos una impresión del famoso mural Un domingo en la Alameda, de Rivera, y fue cuando me di cuenta de que, aunque estemos en la tercera plataforma, la realidad no ha cambiado tanto…

En la Alameda estaba la gente bien, pero también el catrín superficial, la arribista cazafortunas, el viejito rabo verde y hasta una prostituta. Siempre un roto para un descosido, hubiera dicho mi abuela… El dating en la tercera plataforma no es diferente. Aplicaciones que nos permiten desde nuestro celular arreglar una cita con alguien para ir al cine o acabar enrollados en la cama no son nada más que una Alameda virtual o “en la nube”. Lo que sí es que, como todo en nuestro mundo ahora, tiene un efecto exponencial. La analítica o big data puede ayudar a reducir enormemente la decepción o incrementar el índice de satisfacción, pero una mala reputación cruza fronteras en cuestión de segundos.

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Encontrar a aquellas personas que frecuentan los mismos lugares que nosotros, con hábitos y hasta vicios similares, a una distancia geográfica razonable; conocer su círculo social, compatibilidad de intereses, hobbies y pasatiempos desde la comodidad de uno o varios clics no tiene por qué ser malo. Pero lo que nadie nos advierte es que tenemos que volvernos excelentes mercadólogos de nosotros mismos, pues los principios básicos de marketing aplican sin duda. Uno debe saber qué estrategia de posicionamiento seguir para no acabar en el rincón de ofertas. Productos de posicionamiento difuso no llegan a su mercado objetivo; si la promesa de marca no cumple, el consumidor cambia de producto; si el costo-beneficio es percibido como muy alto, los consumidores estarán dispuestos a pagar más y casarse con la marca.

 

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