Por alguna extraña razón, tiendo a estar de acuerdo con Woody Allen cuando dice que la felicidad está sobre valorada y el optimismo tiende a causar más males que el pesimismo. Sin embargo, eso no quiere decir que me guste estar con la expresión avinagrada y ni de chiste me siento bien sufriendo en el trabajo. El problema es que la felicidad como concepto se ha sobado tanto que ha quedado algo flojo y desgastado. La frivolización del término nos ha llevado a creer que para tener contentos a quienes integran nuestro equipo de trabajo, debemos darles masajes relajantes, dotarlos de café de todos los sabores, regalarles entradas a los gimnasios de moda y limpiarles el sudor de la frente cada dos por tres. Por supuesto, muchos de los esfuerzos que los empleadores hacen por lograr que sus empleados estén contentos pasan desapercibidos y no logran su cometido por esta razón.

Más allá de que cada uno de nosotros tenemos que buscar una concordancia entre la vocación y el terreno laboral, los empleadores podemos hacer mucho para lograr este objetivo. Según Lord Richard Layard, los elementos que integran la felicidad laboral son los mismos que hacen felices a las personas en sus vidas: un sentido de pertenencia, conexiones sociales y un propósito o significado. Entender qué papel pueden desempeñar los empleadores para mejorar la vida de sus trabajadores ante los desafíos actuales, es un rasgo de liderazgo que tiene extraordinarios impactos positivos de amplio espectro.

Hay dos pilares que sostienen a este tema, la vocación y el sistema de trabajo. Desde que en el Génesis leemos sobre la sentencia que Yahvé le da a Adán y a Eva al expulsarlos del Paraíso de que tendrán que ganarse el pan con el sudor de la frente, hay un cierto, sino que nos lleva a creer que el trabajo es tortuoso. Es un hecho que realmente tenemos que tomar muy en serio que mucho trabajo es aburrido o extraordinariamente agotador. Pero, el desempleo es una de las peores cosas que le pueden pasar a alguien. Evidentemente, la gente está obteniendo algo importante de su trabajo, además del sueldo: un sentido de significado, propósito de vida y una conexión social. Estos tres ingredientes debieran obrar la maravilla. Pero quienes están haciendo la mayor parte del tiempo un trabajo que no es muy agradable, vive torturados. En esta condición, si podemos hacer que el trabajo sea significativo y divertido, sería simplemente maravilloso.

Más allá de que cada uno de nosotros tenemos que buscar una concordancia entre la vocación y el terreno laboral, los empleadores podemos hacer mucho para lograr este objetivo. Lo primero es buscar ejercer un liderazgo con significado, en vez de ser jefes que lo matan y llenan de frustración a su gente. Las personas pasan una cuarta parte de sus horas de vigilia en el trabajo. Si no podemos tener una sociedad en la que la gente esté disfrutando de su trabajo, hay algo gravemente mal. Tenemos gente enfadada, triste y frustrada. El empleador tiene un papel enorme en el establecimiento del contexto dentro del cual las personas pasan su tiempo en el trabajo. Cuidado, porque según Layard, el hecho más impactante que encontró en la investigación que llevó a cabo sobre la felicidad laboral es que la hora del día o el momento en la semana que la gente menos disfruta es cuando están con su jefe.

Esto dice a gritos algo sobre el estilo de gestión que hemos estado generando en los últimos años. Hay demasiadas reglas que generan ansiedad y el miedo, en vez de motivación, disfrute y la inspiración. Necesitamos jefes que imbuyan creatividad y lideren generando confianza, en lugar de asustar a la gente.

La competencia entre pares es un inhibidor de felicidad laboral. Ciertamente, poner a competir a nuestra gente busca lograr mejor efectividad. No obstante, no queremos sistemas de trabajo que pongan a un trabajador contra otro. Cuando la gente se desempeña en equipo, fomentar el individualismo es una muy mala idea. Deberíamos optar por un rendimiento grupal. Lo mismo sucede con el aburrimiento que inhibe el desempeño y acaba con la creatividad.

La actitud hacia el trabajo y el estrés es un tema que se debe revisar ya que impacta directamente la salud mental. Una fracción bastante alta de la fuerza laboral en mundo está sufriendo actualmente de estrés, ansiedad, adicciones o algún tipo de desorden mental. ¿Cuántos trabajadores padecen esto en algún momento durante su vida laboral? Probablemente, según lo dice Layard, uno de cada tres seguro tiene algún padecimiento derivado de su condición de trabajo. Este no es un fenómeno pequeño ni despreciable cuando hablamos del bienestar de la población y los empleadores tienen un deber real de cuidado.

Existe un famoso estudio de Alex Edmans en la London Business School, que toma los cien mejores lugares para trabajar en los Estados Unidos y su evaluación, en comparación con el resto de las principales empresas, y lo ha rastreado durante veinticinco años. Es curiosa la correlación que arrojó como resultado: los mejores lugares para trabajar aumentan su valor de acciones 50 por ciento en relación con los demás. Los empleados van a responder si el empleador está haciendo su vida mejor, porque quieren mejorar su vida. Y eso es lo moral que hay que hacer.

Sin embargo, la frivolización de la felicidad lleva a un grado de frustración más alto. Los empleadores sienten que la gente no aprecia los esfuerzos y los trabajadores no agradecen algo que, en realidad, no les sirve. Tener una barra de jugos energéticos no ayuda mucho si el estrés es alto, si las formas de exigir son brutales, si la carga de trabajo es imposible de llevar, si los objetivos son inalcanzables, si no hay confianza entre la gente, si no se sienten parte del equipo, si no encuentran un propósito en lo que hacen si no hay una conexión verdadera entre la gente.

Es verdad, uno no va a trabajar a un jardín de juegos. Eso no quiere decir que el terreno profesional deba ser un valle de lágrimas. Por el contrario, y en esa condición, ir en busca de la felicidad laboral resulta una muy buena idea que trae beneficios de amplo espectro.

 

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