No, los lugares reservados y otros espacios no son capricho de quienes diseñan transporte público, estacionamientos y banquetas, ni de quienes respetan su condición de “reservados”.

 

 

Por Lillian Sol Cueva

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Todas las mañanas de los últimos seis meses he observado al mismo señor estacionar su automóvil en el lugar reservado para personas con discapacidad. Primero intenté convencerlo de mover su auto con miradas y gestos de enojo; sin resultados, comencé a dejarle papelitos en su parabrisas que decían “RESPETA, este lugar está reservado para personas con discapacidad”. Sin éxito y cambiando de estrategia, decidí hablarle directamente, y a cambio obtuve la misma negativa más un “si no te gusta, ni modo”. Finalmente acudí a las autoridades y hasta ahora, “como el señor no molesta a nadie” –respuesta que me dieron éstas–, el hombre se sigue estacionando en el lugar reservado.

¿Los lugares reservados, rampas y otros, y el que cualquier persona los use en verdad no molesta a nadie, o más bien tiene que ver con mi gusto a verlos desocupados? Me lo pregunté y me pregunto ahora.

No, los lugares reservados y otros espacios no son capricho de quienes diseñan transporte público, estacionamientos y banquetas, ni de quienes respetan su posición de “reservados”. Estos lugares son medidas lógicas, obligadas, que garantizan la movilidad, accesibilidad y seguridad de las millones de personas que viven con alguna discapacidad temporal o permanente. En México, según datos del INEGI, las personas con alguna discapacidad suman 5 millones 739, 210, lo que representa la población total de los estados de Morelos, Hidalgo y Colima juntos.

Los lugares reservados en los estacionamientos, así como los asientos reservados en el transporte público, están situados de manera inmediata a la entrada, pues de esta forma las personas que lo requieran no tienen que buscar y recorrer todo el pasillo por un espacio vacío; además, porque de esta forma se garantiza que no tendrán que lidiar con aglomeraciones o pasar varios minutos de pie. De igual forma, las puertas y espacios son más amplios, pues sólo así una silla de ruedas, una andadera o incluso una persona en muletas pueden pasar y bajar fácilmente del vehículo en el que viajan.

Pero no sólo hablamos de esto al pensar en la movilidad, accesibilidad y seguridad de las personas con discapacidad. También nos referimos a los obstáculos que tienen que sortear cuando quienes piensan que las calles y avenidas no son lo suficientemente grandes deciden apropiarse de las banquetas y pasos. Hablamos de quienes se estacionan encima de las banquetas, de las motos y bicicletas que circulan por éstas, de quienes ocupan las aceras para ofertar alimentos, dulces, accesorios (ya sea en la informalidad o la formalidad), de quienes esperan la luz verde del semáforo detenidos sobre el paso peatonal, de quienes construyen una montaña en medio de la acera para que sus autos puedan entrar en la cochera.

Hablamos de la carencia de cédulas braille, de rampas móviles, de guías en piso y paredes, de lenguaje sencillo, de escaleras eléctricas en todas las estaciones, de elevadores sin candados, de estaciones y paradas con información clara y sencilla, de conductores prudentes, conscientes del impacto que tiene en el cuerpo el acelerar y frenar “de golpe”.

En fin, hablamos de presupuestos y gasto focalizado, de campañas de educación, de mobiliario y personal adecuado, de políticas públicas de movilidad para todas las personas que vivimos en este país. Hablamos de acciones como la recién anunciada Carta Mexicana de los Derechos del Peatón, que pone en el centro a las personas, sin importar su género, edad o condición, porque no se trata de gustos o de molestias; se trata de derechos y la garantía de éstos.

Nota: De acuerdo con la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, accesibilidad (artículo 9) se refiere a asegurar que las personas con discapacidad puedan tener acceso a su entorno, al transporte, las instalaciones y los servicios públicos, y tecnologías de la información y las comunicaciones, es decir, identificar y eliminar obstáculos y barreras que limitan el acceso a todo esto.

 

Lillian Sol Cueva es coordinadora de Política Pública del área de Economía, Medio Ambiente y Cambio Climático del Centro de Transporte Sustentable EMBARQ México.

 

 

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Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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