Ai Weiwei, un artista visual chino cuyo arte  provoca, desafía, choca. Un hombre que usa su arte como un arma de protesta, una muy afilada.

 

 

Veo la cultura como un ser vivo, cambiante, que necesita nutrirse de todo lo que lo rodea, mas no como un organismo inerte. Y al artista, más que como traductor, como un intérprete de la realidad, su realidad. Para mí, una pieza de arte debe poseer la capacidad de hablar por sí sola y para esto el signatario sobra. La firma no tiene que quitarle la palabra a la composición artística. Por eso me paro cerca de ella, me olvido de los grandes nombres, la hago sentir en confianza y escucho con atención lo tenga que decirme, a que me cambie el mundo. Y no es que no me interese saber quiénes crean las obras y por qué, o cuál fue su contexto, pero la obra de arte tiene la capacidad de hacer sentir y a veces esa capacidad se anula con todo lo que revolotea a su alrededor. Después regreso una o dos veces más a las exposiciones para, ahora sí, ocuparme de los nombres, las fechas y todo lo demás.

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El arte ha ido cambiando de propósito, pasó de canal para exteriorizar una cosmovisión o sensación particular a convertirse en una marca. Ya no se le da valor a un pieza por sí misma, sino por la firma que la respaldada. Es como si el personaje creador fuera más importante que aquello que crea y que todo lo que salga de su mente y todo lo que toque, cual rey Midas, se convierta automáticamente en eso, arte. Es por eso que procuro ir a ciertos espacios culturales con la información más escueta acerca de la obra y de su autor para no dejarme influenciar, pero en esta ocasión era imposible.

Hace unos meses me llamó la atención la portada de un DVD en el videoclub. La imagen mostraba la mano de un hombre levantando el dedo medio a uno de los emblemáticos monumentos de la Plaza Tiananmen en Pekín, China. Esta fotografía, que pertenece a la serie de instantáneas Study of Perspective, ilustraba un documental acerca del artista visual chino Ai Weiwei, de título Ai Weiwei: Never Sorry. No era la primera vez que tenía conocimiento acerca de él y de sus protestas contra el gobierno de su país de origen por medio de Twitter, pero quería saber más.

La cinta muestra el intento de recolección de datos de las víctimas del terremoto ocurrido en la provincia china Sichuan, tarea que intentaba desempeñar Weiwei ayudado por su equipo de colaboradores y la represión violenta contra ellos por parte de las autoridades; el ataque que sufrió el artista por haber querido testificar en favor del ecologista Tao Zouren; su detención arbitraria por ochenta y un días; la demolición en su estudio y el arresto domiciliario, mismos que se excusan con una supuesta evasión fiscal, y su activismo mediante su ya célebre y ya extinguido blog. Es así que deja evidente que mientras que algunos encuentran en Internet sólo otro medio de entretenimiento, este creador plástico de 56 años advierte la red como un recurso poderoso para el cambio social.

Y sí, por curioso que parezca, tiempo después se me presentó la oportunidad de interactuar con su trabajo. La expectativa era grande. Qué digo grande, e-nor-me. Ya no había posibilidad de que fuera amor a primera vista, pero nada podía salir mal. La oferta de dicha exhibición era ambiciosa: fotografías, esculturas e instalaciones. O sea, todo ese tipo de piezas para relacionarse con la obra en un plano tridimensional, muchas veces apoyada por el sentido del olfato y del tacto. Desafortunadamente, formatos del arte que no siempre son de mi agrado.

Llega el momento de tener frente a mí algunas de sus creaciones representativas: Coca Cola Vase, un antiguo jarrón Han decorado con el logotipo plateado de la empresa refresquera; Grapes, una estructura hecha de bancos de madera unidos; He Xie, una instalación que consiste en cientos cangrejos hechos de porcelana; Remembrance, una lista que va de pared a pared, apoyada por un audio, de los nombres y fechas de nacimiento de los 5,196 niños muertos en la tragedia de Sichuan; Coloured Vases, una serie de jarrones chinos tradicionales pintados de colores; Straight, instalación de pilas de varillas de acero, tomadas de las escuelas y casas que colapsaron en el temblor de 2008 en Sichuan; Surveillance Camera, figura de mármol que simula una cámara de vigilancia, y fotografías, Study of Perspective, Dropping a Han Dysnasty Urn (serie de imágenes donde aparece Ai destruyendo un jarrón que pertenecía, supuestamente, a la dinastía Han) y New York photographs, documentación visual de los años que este creador pasó en dicha ciudad de Estados Unidos, donde recibió gran parte de su educación artística.

En cada pieza percibo esa satírica crítica social con cierta abstracción muy enraizada en una sobre industrializada realidad. De la producción masiva, de la sensación que la mecanización ha tenido en él, del autómata y no humano. Desde la primera visita me quedaron claras sus influencias artísticas: Marcel Duchamp, con su Dadaísmo; Andy Warhol, con su Arte Pop, y Jasper Johns, sumando las corrientes de los dos anteriores y fusionándolo con el Expresionismo Abstracto.

Tal vez lo más interesante de la exposición es que Weiwei también usa el arte como un arma de protesta, una muy afilada. Me recuerda a Francisco de Goya con El tres de Mayo de 1808, La Masacre en Corea y el Guernica de Picasso. Tampoco puedo dejar de lado la creatividad, la armonía y la complejidad que son evidentes en sus obra.

Su trabajo cumplió su objetivo: provoca, desafía, choca. Mi veredicto está listo: Ai Weiwei, artista y disidente. Yo me quedo con el disidente.

 

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*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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