“Lo mío son una serie de incapacidades repetidas en el tiempo; son incapacidades que, por estar ahí tanto tiempo, son reconocibles. No hay una búsqueda; es más bien un encuentro”, reflexiona Alberto Montt.

 

 

Estábamos en Xalapa, y Alberto Montt no dejaba de reír, charlar y bromear.

Un nutrido grupo de personas había hecho una larga fila, para que el ilustrador estampara su firma en alguno de sus libros, que, en su caso, era un dibujito que tomaba forma con algunos pocos trazos.

“Ahora te atiendo” —me dijo como para darme aliento y no sucumbir a la espera (que, para entonces, parecía interminable).

Yo no daba crédito: apenas unos minutos atrás, el mismo Alberto Montt sonreía, charlaba y bromeaba con parte de ese mismo público que ahora hacía fila. Y aquí estaba él: fresco y con muchas ganas de seguir bromeando. Además, dibujando.

Alberto había llegado a Xalapa para participar en el Hay Festival —era principios de octubre—, en donde presentaría —por cierto, con gran éxito— el segundo tomo de En dosis diarias.

“Podría ser un showman, sin ningún problema”, recuerdo que pensé mientras le veía ante el público, durante la presentación de su libro. No me malentienda: en pocos minutos —y como dice la vieja frase—, Alberto tenía a la gente en la bolsa. No era para menos: había bromeado acerca de sus padres; se había mofado de la Iglesia; se había reído de la condición humana; había dicho chistes sobre el sexo. Vaya, había arrasado con todo y contra todos.

Como, finalmente, lo hace en su trabajo.

Para quien ya lo conoce, sabe de lo que hablo… Para los que no, habría que decir que el humor, y la ironía, y el sarcasmo que despliega Alberto Montt en su oficio —de ilustrador, caricaturista, dibujante, monero— le ha servido para hacerse de un nutrido grupo de seguidores (y, desde luego, detractores), regados por varias partes del mundo.

Gente que, por un lado, se ríe de la forma en que retrata al ser humano y se burla de las instituciones, y, por el otro, personas que le miran con aversión y antipatía por los temas que trata en sus viñetas —que a veces ni siquiera entienden.

De hecho, el caso de Alberto es, en sí mismo, un caso atípico. En varios sentidos. Empezando por la manera en la que saltó a la fama, por decirlo de alguna forma.

Él lo ha contado varias veces, en diversos lados: tras dejar en Ecuador una vida estable, se trasladó a Chile con la idea de comenzar de cero. En un principio las cosas se tornaron difíciles. Sin embargo, en cuanto se decidió, perdió el miedo, comenzó a hacer llamadas, y todo mejoró. Así empezaron a llegar trabajos para ilustrar libros infantiles, a la par que garabateaba caricaturas para periódicos y revistas locales.

En su zona de confort, al poco tiempo se dio cuenta que algo le faltaba. La rutina, y llevar a dibujo las ideas de alguien más, ya no le satisfacía plenamente. Así que le dio un giro a su vida.

¿Qué hizo? Armar un blog para darle salida a sus ideas, obsesiones, ocurrencias, observaciones y, claro, a su trazo.

Era 2006, y el nombre del sitio web era toda una declaración de intenciones: “En dosis diarias”.

Lo que sucedió con esta bitácora digital, con este ciberdiario, agarró a todos por sorpresa; en primer lugar al propio Montt: primero fueron los amigos quienes lo visitaron; luego fueron los amigos de los amigos; después fue media población de Chile; al final, por inercia, saltó fronteras.

Durante la presentación de su libro, el mismo Montt platicaba de ello. En cierto momento, contó: “Fue alucinante ver como las redes sociales terminaron siendo una cadena de distribución. Son la herramienta que todos vaticinaban.”

Halagó a Twitter: “Yo lo uso para enterarme y divertirme, también como libreta de notas. Muchas de las ideas que tengo ahí, han terminado en viñetas. A mí me parece que aquí lo importante ha sido saltar la cadena tradicional de producción de contenidos; el público se convirtió en editor de lo que consume.”

Alberto Montt (Foto: Josué D. Romero / Viñetas del libro ‘En dosis diarias’ vol. 2)

Alberto Montt (Foto: Josué D. Romero / Viñetas del libro ‘En dosis diarias’ vol. 2)

 

Incapacidades repetidas

Hoy las cosas no podrían ir de mejor manera para Alberto: el blog se convirtió en varios libros (de papel, off course); asimismo, el servicio de radiodifusión alemán Deutsche Welle le otorgó el galardón The BOBs al Mejor Weblog en Español en 2011; de igual forma ya se codea con varios pesos pesados de la ilustración (como Liniers); además lo firmó la editorial argentina De La Flor, donde han publicado artistas de la talla de Quino, o el genial Fontanarrosa; también ha actuado con el músico Kevin Johansen, y hace poco editó su primera novela gráfica.

Y si bien ya no entrega sus dosis diarias como tal, lo cierto es que sus seguidores lo siguen visitando sin parar. “Muchos me han reclamado porqué ya no publico a diario, y es muy sencillo: para mí esto es un hobby… Cuando no alcanzo, pues no alcanzo, y ya”, dijo, en un momento dado, con ese acento particular que no es ni ecuatoriano ni chileno.

Porque ésa es otra de sus particularidades: su acento y frases están salpicadas de modismos ecuatorianos y chilenos, y uno que otro mexicano. Y él lo sabe y desde luego le divierte, como también le sigue divirtiendo el debatir, para sí mismo, esa duda, digamos existencial, de si se siente más ecuatoriano o chileno. (En realidad nació en Quito en 1972, pero está naturalizado chileno.)

Por ahí precisamente había comenzando a charlar con él, por lo divertido de esta situación. Le dije: me intriga saber ¿qué dice su pasaporte?

Montt bromeó: “El pasaporte chileno dice chileno. El pasaporte ecuatoriano dice ecuatoriano… Y aquí hay una pelea entre los países: los chilenos quieren que sea ecuatoriano, y los ecuatorianos quieren que sea chileno.”

Soltó una risita. Yo también. Luego, en un tono más serio, dijo: “La verdad es que ahora me siento más chileno. La relación con Ecuador es muy complicada.”

Seguí por ahí: Bueno, ¿y cómo se presenta: como caricaturista, ilustrador o..?

Montt no se resistió: “Generalmente me presento como ilustrador, dibujante… o neurobiólogo: me gusta ir armándome una historia… Ya en serio: lo que pongo, cuando tengo que llenar la papeleta en inmigración, es diseñador. Los odio, y es una forma de vengarme.”

Traté de ser serio: Hasta hace algún tiempo, a los padres se les ponían los cabellos de punta cuando el hijo quería ser ilustrador… Lo menos que a uno le decían era que iba a morirse de hambre.

Alberto soltó un “¡uf!” Después, añadió: “¿Sabes?, muchos lo siguen pensado…”

Y ¿en su caso?, le interrumpí.

Se sinceró: “Mis padres siempre me dijeron que hiciera lo que me diera la gana. Pero hoy en día, como está el mundo, si estudias para abogado, en una de esas también puedes terminar haciendo nada, ¿me explico? Entonces no es un oficio que te va a dar mucha plata, a menos de que sea un súper rock star. Te da para vivir, con algunos meses con mayor comodidad que otros. Para mí está bien, es lo que necesito. Aprecio más el hecho de estar trabajando en algo que realmente me apasiona, que el dinero que me pueda dar.”

Quise saber cómo labora, si trabaja por encargo o traza a su gusto, sin nada de imposiciones.

Nuevamente se sinceró: “Mi forma de trabajar es hablar de lo que me da la gana, o de lo que me importa, y eso se traduce a viñetas sueltas o se traduce a libros un poco más extendidos. Voy a ponerlo así: la única línea editorial es lo que a mí me gusta, lo que a mí me interesa… En ese sentido, algunas veces las cosas salen con un poco de más humor, otras con un poco más de angustia y rabia. Así pasa.”

Le pregunté por su estilo. El suyo, dije, ya muy identificable.

Montt lo pensó breves segundos: “Es curioso cómo se ha dado lo de mi estilo. Yo no soy un gran dibujante, entonces estos errores, esos problemas repetidos en el tiempo, terminan convertidos en un sello. Sí, eso: las incapacidades repetidas en el tiempo forman estilo. Así que lo mío son una serie de incapacidades repetidas en el tiempo; son incapacidades que, por estar ahí tanto tiempo, son reconocibles. No hay una búsqueda; es más bien un encuentro.”

 

Todos nos pusimos serios

Las coordenadas del trabajo de Alberto Montt pueden rastrearse en dos influencias primordiales, como él mismo lo apunta en su web: “Crecí con el humor de Gary Larson y Quino. Larson, en especial, siempre me llegó de una forma más directa. Su descabellada mirada, la descontextualización como herramienta principal en su humor, la antropomorfización de los animales y su utilización en situaciones humanas, siempre me aportaron un punto de vista refrescante y sorprendente. Ahora estoy haciendo lo que hace mucho quería: dibujar las idioteces que tengo en la cabeza.”

¿De qué van esas idioteces? De todo un poco. Habla de religión, de creencias, de enfermedades, de muerte, de política, de sexo, de la condición humana, hasta de fanatismos ridículos por Ricardo Arjona, Paulo Coelho o los libros de autoayuda. Montt se ríe de todas las convenciones.

 

—El cartón político suele utilizarse como tribuna para que dé su opinión el autor. ¿Cómo se da en su caso? Sobre todo, pensando que a usted le tocó, aunque lejos por vivir en Ecuador, la plena convulsión de la Unidad Popular…

—Es cierto, me tocó lejos aunque sí me salpicó… Por supuesto que también hago humor en algunos casos, porque a una parte mía le interesa la política. Lo que no hago es humor con política de contingencia; es decir, no nombro a un personaje, a un presidente, a un político reconocido…

 

—Usted vivió de lejos la etapa de Pinochet, pero, al final, es parte de esa herencia —nos sorprendió, de pronto, una colega, corresponsal de una importante agencia de noticias, quien le preguntó: ¿Cómo percibe el dolor que dejó todo ello?

Todos nos pusimos serios.

Alberto trastabilló un poco:

—Lo que pasa en Chile es terrible… ¿Cómo lo puedo explicar..?

Se tomó unos segundos. Entonces, dijo:

“Hay una incisión que todo mundo trata de cerrar desde el discurso, pero nadie desde la acción. Hay mucho dolor todavía. Hay mucho dolor que no va cesar… O sea, yo no veo cómo una madre que perdió un hijo y desapareció puede en algún momento reencontrarse… O perdonar. Uno vive ese dolor en lo cotidiano. Yo no sé bien cómo esa gente lo sobrelleva. Pero Chile, como país, es una sociedad que está dividida todavía, y va a estar dividida un buen rato…”

 

—Esta división ¿adónde conlleva? —inquirió nuevamente la colega.

—A lo que conlleva es a que haya un constante malestar, y una incapacidad, para sentarse a dialogar, lo cual a veces está más cerca, a veces un poco más lejos. Y lo digo visto desde afuera, porque, insisto, yo no lo vivo. Pero sí es tremendamente compleja la situación en Chile, como en cualquier país donde ha habido este tipo de dolor… que es básicamente toda América Latina.

 

—¿Y qué tanto refleja su trabajo todo esto? —quiso saber la colega.

—No de forma directa —respondió Montt—. En varios casos hablo de temas más bien generales, no tan puntuales; hablo del dolor, de la injusticia y la impotencia frente al abuso del poder… Pero no hablo directamente de esta dictadura, porque siento que además ésta forma parte de las mil dictaduras que hemos vivido como seres humanos… Incluso ahora vivimos dictaduras de otro tipo, que quizá no son tan violentas como aquéllas, como es la publicidad y algunos otros rollos que van por esa onda. Así que no soy un tipo que trabaja la política desde…

 

—…Desde un punto de vista de contingencia —dije, retomando la conversación.

—¡Claro! No lo hago. No me gusta. Porque si yo hablo de Pinochet puntualmente, en siete o 15 años no va a tener ninguna vigencia. Quino habla de la dictadura sin nombrar en ningún momento a Videla, por ejemplo. Y eso lo vuelve vigente aún.

 

—Para muchos, el humor es un paliativo. En su caso, ¿qué es?

—Para mí, el humor es una forma de vivir los dolores y de enfrentar la realidad en lo cotidiano. Ahora hay temas como éste, por ejemplo, en el que no me atrevería a meter el humor. Porque ni siquiera me serviría como protección para hablar de ello…

 

—Entre los temas en los que sí se mete está el de la religión, que usted retrata en todas sus formas. Habla mucho de ella, sobre todo de la católica, a partir de Dios y el diablo. ¿De dónde sale este interés?

—Sale de haber vivido en una sociedad como la quiteña, y la latinoamericana en general, en la que el pensamiento mágico-religioso está tremendamente presente. Obviamente, ésta se verá reflejada si de lo que hablo es de todo lo que me interesa y me rodea.

 

—¿Sabe?, el catolicismo está perdiendo muchos clientes.

—Por suerte. Pero no nos preocupemos: ya los está recuperando en África…

 

En México, Editorial Sexto Piso ha editado En dosis diarias en dos volúmenes: el primero en 2013, todavía en circulación, y el segundo vio la luz en septiembre pasado.

 

El blog de Alberto Montt.

 

 

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