Ha vendido más de un millón de copias de novelas. Es uno de los escritores más importantes del mundo, con una legión de fans que es la envidia de músicos y actores. Algo lo distingue: su capacidad de entender las entrañas de una sociedad dominada por “la pérdida del alma”.

 

Por Gabriella Morales-Casas

 

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El personaje es Balda­biou. Un día llega a la oficina del alcalde del pueblo y, sin anunciarse, lo interrumpe para poner sobre su escritorio una bufanda de seda. “¿Sabe qué es esto?”, le pregunta al alcalde. “Cosas de mujeres”, responde éste. Pero Baldabiou lo corrige: “Error. Es dinero.”

Así, con un visionario que se convierte en un prominente empresario de la produc­ción de seda en una villa francesa, es como comienza a tejerse la historia Seda (Anagra­ma, 1997), la novela de Alessandro Baricco (Turín, 1958). Casi 20 años después de aquel boom considerado un longseller con más de un mi­llón de copias vendidas en todo el mundo, traducido a 17 idiomas y que va por su edi­ción 39 tan sólo en lengua española, Baricco se ha posicionado como uno de los autores sagrados de la literatura actual y una voz que cuestiona al mundo en el que vivimos los Joncours y los Baldabious de hoy en día.

A la par de sus esos personajes introspec­tivos, su delicadeza narrativa y la sutileza del subtexto novelístico, su visión como ciudadano y creativo en tiempos de la globa­lización ha sido tan valorada como discutida tras la publicación de Los bárbaros (Anagra­ma, 2008), ensayo sobre la mutación, una compilación de sus columnas en el diario La Repubblica (Italia) durante 2006, sobre el im­perialismo y la comercialización y su relación con la sensibilidad humana.

En su pensamiento, los bárbaros son aquellos que se adjuntan al camino fácil, que se contraponen a “la cultura del esfuerzo y de la calidad”. Los bárbaros quieren todo rápido y en abundancia. “Estamos en tiempos en los que se pierde el alma en pos de la comercia­lización”, afirma Baricco, quien fue buscado por Forbes México para hablar sobre las di­versas manifestaciones que genera el dinero en nuestros días.

Sin duda, nada de lo que dice es accidental o inútil. Por ello, cuando da una entrevista, captura la atención, especialmente porque no lo hace muy seguido. Ésta es una excepción.

 

La crisis no tendrá fin

Después de la caída que ha registrado la Unión Europea, Alessandro Baricco piensa que la economía global está hoy frente a un punto de inflexión: “Nunca existirá un escenario ‘des­pués de la crisis’, porque vivimos un modelo de progreso económico que se ha caído al estar mal construido.” Dicho así, es lapidario: “Los años boyantes no volverán.”

Baricco sostiene que soplan malos vientos que impactan sobre todo a un sector clave para el crecimiento de cualquier país: los jóvenes. “[Los jóvenes] saben que el panorama no es bueno para ellos; por eso son cínicos, pragmáticos, no creen ni les interesa la política y, curiosamente, he notado que son muy espirituales.”

Su relación con la juventud es muy cerca­na. En 1994 fundó la Scuola Holden, donde se imparte el oficio de narrar. De 60 chicos con los que inició, ahora se matriculan 400 que estudian cursos de escritura, cine, actuación, fotografía y transmedia, gracias a la amplia­ción en un castillo, llamado Caserma Cavalli, que consiguió con el apoyo de su editor, Carlo Feltrinelli, apenas en octubre pasado. “Me gustan los chicos por su rebeldía y agresividad, porque no puedes forzarlos a nada”, dice Baricco.

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El empresario novelista

Él, como su entrañable Baldabiou de Seda, es un emprendedor que comparte sus secretos para hacer crecer su indus­tria; en este caso, la literatura. Como director de una escuela, es un empresario académico que en su momento también lo fue del arte, al asociarse con el grupo editorial Fandango.

Tal vez por su cercanía con los empresa­rios editoriales Carlo Feltrinelli o Domenico Procacci (dueños de Fandango), o por su propio andar como promotor cultural, Baricco defiende el papel de los hombres de negocios. “Existen empresarios muy diversos, los hay buenos y los hay malos.”

Ofrece elementos para ubicar a unos y a otros. Silvio Berlusconi, el magnate de las comunicaciones italianas, es un ejemplo de los “malos”, pero también considera que hay quie­nes hicieron su fortuna “trabajando y lograron alcanzar su fantasía”, con eso que en algunos libros se le conoce como visión empresarial: “Ese talento que les permite descubrir una idea, intuir hacia dónde se moverá el mundo y, hay que decirlo, tener una gran valentía para arriesgar.”

Se niega, entonces, a satanizar a la clase empresarial. “No siempre son los villanos.” ¡Claro!, siempre y cuando los empresarios sigan tres pasos: “Respeten la ley, al medio ambiente y al equilibrio económico del país.”

 

Desigualdad, un problema político

Ante la pregunta sobre qué le parece que uno de los tres hombres más ricos del mundo provenga de un país con un alto índice de po­breza extrema, Baricco dice desconocer cómo hizo su fortuna Carlos Slim, pero le parece “desconcertante” el alto contraste en un país como México. “Con todo respeto, me parece una forma de retraso.”

A decir del autor de City (Anagrama, 2002) —una historia surrealista que sucede en Esta­dos Unidos, donde convergen niños y adultos, ricos y pobres, superhéroes y animales parlan­tes en un contexto de iniquidad humana y material—, la desigualdad económica se trata de un problema político. “Hablamos de injusti­cia social, pero eso sucede en todo el planeta, y para escalar a la montaña de la justicia hace falta un proceso muy largo.”

Él, junto con millones de ciudadanos, lo vive en carne propia. Italia no sólo está en quiebra económica, sino que se arrastra en las olas de la corrupción de las altas esferas del poder. “Berlusconi fue un tipo que tenía ese gran talento empresarial, pero violó la ley y construyó la que, posiblemente, sea una de las peores clases políticas de nuestra historia.”

Su desesperanza política contrasta con su pensamiento positivo con relación al futuro de la literatura. En su primer ensayo social Next: sobre la globalización y el mundo que viene (Anagrama, 2009), o como él lo llama “mi propia forma de preguntarme qué es la glo­balización”, Baricco aludía que no todo lo que se ve en la publicidad es real, y lo confirma al decir que las percepciones sobre un mundo sin lectura “son erradas”.

Alessandro Baricco, a sus 55 años, es una evidencia de su propio pensamiento: es una estrella, pero no se comporta como tal; es un éxito mundial, pero se rebela contra las fórmu­las; tiene calidad, pero no está peleado con las ventas o el prestigio: aquí no hay paradigmas, ni siquiera los suyos. “Para mí, la verdadera riqueza está en la experiencia; la otra sólo sirve para hacerte la vida más fácil.”

 

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