Los problemas nunca vienen solos y si la orden de captura de Emilio Lozoya ya tocaba en el nivel de flotación del viejo partido, ahora irrumpe el exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, quien desde prisión lanza advertencias y se dice dispuesto a proporcionar información relevante sobre altos funcionarios del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Duarte es un político hábil y aún tras las rejas sabe jugar con los tiempos y la agenda. Intuye, y bien, que terminó un ciclo y que el nivel y la profundidad de la transformación permite jugar con nuevas cartas y saldar deudas, las buenas y las malas.

¿De qué tamaño es el daño que puede causar a quienes fueron sus compañeros de batalla y partido? No lo sabemos, porque en entrevista con Ciro Gómez Leyva sólo dijo que guarda datos valiosos y detallados.

Conocedor de la clase política y sus reglas, sabe a quiénes les mandó un mensaje que se puede traducir en pesadilla, aunque no tenga la contundencia de lo legal, en cualquier momento.

Para nadie es un secreto que Duarte fungió como operador electoral del priismo y que desde Xalapa impulsó carreras y candidatos en todo el país. Es más, buena parte de la impunidad de la que gozó, cuando ya se conocían muchos de sus tropelías, se debió a ello.

Es claro que se siente traicionado y que en la coyuntura ve la posibilidad de hacer daño a quienes lo dejaron en el camino y permitieron que terminara recluido.

En entrevista con Reforma, acusó a la PGR y sus mandos, de haberlo extorsionado y que el pago se hizo con el dinero que le proporcionó el entonces presidente Enrique Peña Nieto. Una historia increíble, por ilógica, pero que tiene mucho potencial en un panorama descompuesto y que por ello soporta cualquier narrativa.

Es el principio de lo que será una escalada que puede terminar de hundir al PRI y justo cuando están en el relevo de su dirigencia y en uno de los momentos más complicados de su historia.

Como en todo, desperdiciaron la oportunidad de establecer las líneas de un legado, y el silencio en el que se resguardaron desde el 2 de julio de 2018, los hará ahora ocuparse de lo que ya tiene tintes de escándalo, quizá más letales que los del “pemexgate”, porque en la actualidad ya no tienen mucho que defender.

Duarte lo sabe y al parecer está dispuesto a seguir pagado un alto consto, si ello significa fortalecer el enorme torbellino de destrucción que ya se ha formado.

La política es así de dura y más en momentos donde el horizonte no está muy claro y las cosas se resuelven en los juzgados.

 

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