Cada vez son más las áreas comerciales agrupadas en Latinoamérica y menores las posibilidades de un tratado único continental. ¿Cuáles son los objetivos de las diferentes alianzas conformadas en la región?

 

Por Jorge Villalobos

 

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Un país típico de América Latina exporta 2,500 productos a sus vecinos y socios comerciales en la región, mientras que vende alrededor de 1,000 artículos a Estados Unidos, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Para algunas economías latinoamericanas, el interés por profundizar la integración regional obedece simplemente a una cuestión de dimensión de mercado: los países del Caribe y de Centroamérica, por ejemplo, por su tamaño no pueden adquirir la escala en su producción para ser competitivos globalmente sin apertura.

Desde un punto de vista fundamentalmente económico, para los países grandes la apuesta por la integración latinoamericana tiene que ver con otros factores. En primer lugar, el comercio intrarregional presenta una mayor diversificación si se compara con los bienes comerciados con las fábricas del mundo.

En segundo lugar, entran en juego las características de los productos que se exportan intrarregionalmente; esto es en la misma región. En el caso del Sistema de Integración Centroamericana (Sica), o en los bloques del Cono Sur, se trata de productos con mayor contenido tecnológico. Alrededor de 70% de las exportaciones de media y alta tecnología provenientes de un país del Sica se da con sus vecinos.

Por otro lado, el comercio intrarregional impulsa el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas —generan la mayor parte de los empleos en la región—, ya que para las Pymes es más fácil participar primero en un mercado doméstico y luego exportar a los vecinos antes que al resto del mundo.

El último factor que espolea el interés de las cúpulas en los países latinoamericanos por una mayor integración es la inversión. De manera creciente, el mercado intrarregional es un importante destino de las inversiones extranjeras de la región: en 2012, una cuarta parte de toda la inversión extranjera directa que recibió América Latina venía de otros países del subcontinente.

 

Ventajas de una asociación

Hay que considerar que la colaboración entre socios comerciales tiene sus límites. “Una vez abatidos los aranceles, reducidos al máximo los mecanismos de intervención de Estados y gobiernos en el mercado y en la dirección de la economía, es muy poco lo que puede hacer la integración”, considera Alicia Puyana, académica de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), quien opina que la integración latinoamericana tiene hoy poco margen de maniobra para profundizarse y traducirse en bienestar regional.

Cecilia Montaño, socia de Comercio Exterior para México y América Latina de la consultora Deloitte, matiza: “La ventaja competitiva que da un simple tratado de libre comercio —tal es el caso de una economía como la de México, que tiene numerosos pactos comerciales— puede erosionarse con el tiempo, pero en el caso de un nivel más profundo de integración —como en otros países en América Latina— puede prevalecer.”

Además, dichos niveles de integración brindan a estos grupos de naciones una mejor posición frente al mundo desde el punto de vista de la capacidad de negociación. Ejemplo de ello es el Mercado Común del Sur (Mercosur) y su actual proceso de negociar un tratado de libre comercio con la Unión Europea.

La integración tiene mucho sentido para América Latina, coinciden distintos especialistas. No obstante, “la profundidad y el alcance de la integración económica debe perseguirse en la medida que los intereses de los países contratantes estén siendo satisfechos”, dice Luis Ricardo Rodríguez, socio de Comercio internacional y Aduanas de la consultoría KPMG.

Cabe destacar que en los últimos 10 años la arquitectura de la integración latinoamericana se ha vuelto más densa y compleja. Lo anterior es el resultado de la entrada de distintos países a una variedad de bloques que han surgido en la región con agendas de diversa índole.

Así, nuevos esfuerzos coordinados entre naciones se han incorporado a proyectos de cooperación vigentes en la región desde hace 20 años o más. Algunos ejemplos recientes son la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), en 2004; la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), en 2008; la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en 2010, y la Alianza del Pacífico, en 2011.

 

Desafíos en puerta

Centroamérica, a través del Sica, se perfila a establecer una unión aduanera con miras a constituir una unión económica. Además de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, tiene lazos comerciales con México y Colombia. Se conforma una región “que está mostrando una vocación integracionista fuerte”, dice Beteta.

Los lazos se estrechan entre la región y sus dos vecinos, y en la vanguardia va el sector privado. Prueba de ello es la operación de las empresas mexicanas Cemex y Cinemex, en las industrias de cemento y cine, además de otras en telecomunicaciones y alimentos.

Desde Colombia están invirtiendo empresas con particular interés en el sector energético, así como en el segmento bancario.

La estructura de comisionados del Proyecto Mesoamérica, coordinados en una secretaría, está trabajando para bajar los costos de transacción, y así elevar intercambio entre América Central y sus vecinos del norte y sur, una conexión comercial no muy común hoy en día.

Ello podría beneficiar industrias como la agroalimentaria, de manufacturas livianas y servicios (transporte, logística y seguros para carga), ayudando a que la región sea más competitiva.

 

El factor Asia

Un reto grande de la región es establecer una política económica coordinada frente a China. Actualmente los centroamericanos compran más a China y están comprándose menos entre ellos. Guatemala, por citar un caso, importa 37 dólares de China por cada dólar que exporta a la nación del dragón.

Centroamérica requiere una política industrial que ayude a transformar la estructura productiva y a manufacurar los bienes que fortalezcan el comercio intrarregional, y ayudar así a alcanzar mayores niveles de tecnología y desarrollo.

Esto implicaría disminuir el monto de insumos de Asia utilizado para consumo directo o para la industria manufacturera.

Lo fundamental es una tarea que comparte con el resto de los bloques de América Latina: el impulso a las exportaciones debe conjugarse con un esfuerzo explícito de transformación de la economía productiva. “Que los beneficios del comercio exterior lleguen en forma de mejores salarios y condiciones laborales, que no sea una competencia basada en la explotación de la mano de obra barata, la contaminación del ambiente o en la informalidad de los empleos”, advierte Hugo Beteta.

De lo contrario, la región corre el riesgo de sufrir el destino de su vecino del norte: mientras que las exportaciones mexicanas crecieron 60 o 50% en las últimas dos décadas, la economía apenas creció a un ritmo de 2.4% anual.

Las economías latinoamericanas comparten varias asignaturas pendientes, en opinión de Montaño, de Deloitte: consolidar su democracia; fortalecer instituciones; lograr una especialización en sectores e industrias en los que cada nación sea más competitiva, en lugar de tratar de fortalecer sectores de la economía que costarán mucho y que quizá no tengan condiciones ventajosas para competir; mejorar la recaudación y usarla para fines de inversión y gasto público que promuevan una mayor competitividad, y eliminar la dependencia de uno o dos mercados.

Los distintos bloques de la región están en la ruta, pero aún lejos de llegar a su destino o generar el gran tratado comercial continental en que la derrama de beneficios llegue a la mayoría de países, y no sólo a unos cuantos, como sucede en la actualidad.

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