La elección del 1 de julio se ha analizado desde muchos ángulos… y lo que falta. Para efectos de los medios de comunicación, los comicios fueron también un inmenso estudio de mercado, como no se ha conocido otro, pero no es seguro que se le aproveche.

Los medios, que todos los días tratan de interpretar o incluso adivinar el tipo de contenido que interesa a sus lectores, radioescuchas o televidentes, y que nunca hacen estudios de mercado por falta de dinero o de vocación, y mucho menos uno en el que puedan expresarse más de 60 millones de personas, tienen por fin un mensaje claro de lo que quiere la mayoría de los mexicanos.

Rechazo a la corrupción, a la violencia, a la inseguridad, al trato desigual de las leyes, a una clase política ilegítimamente enriquecida y que da la espalda a la población, a la falta de expectativas personales, a los poderes fácticos, a un poco de todo eso.

Es cierto que no se puede decir que los 30 millones que votaron por AMLO lo hicieron motivados por el rechazo a la corrupción, pero aún descontando a quienes no lo hubieran hecho, la muestra sigue siendo inmensa. Y habría que sumar a los que votaron por otras opciones, pero motivados también por un «hasta aquí» a la corrupción.

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Si millones de mexicanos identifican a la corrupción como uno de los problemas centrales del país, ¿tendrán preferencia esos mexicanos por los medios que no tomen una postura clara en contra de las distintas formas que hay de torcer la ley y sacar provecho de ello, y que no lo traduzcan en contenido favorable a la transparencia y la rendición de cuentas?

Para nadie es este escenario tan idóneo como para los medios de comunicación. De por sí, tienen -o debían tener- entre sus tareas centrales estar atentos a la actuación del gobierno y de los otros poderes de la sociedad, y hacer públicas las anomalías y corruptelas. Para los que así lo han hecho -los hay, y muy buenos-, la coyuntura los pone un paso, o varios, de ventaja.

Sacudirse de la relación cómplice entre medios y poder (o poderes) es sana y muy necesaria, dado el historial de mecanismos de cooptación económica y política que imperó por décadas en el país. Para aquellos medios que viven de la publicidad gubernamental, el momento no podría ser mejor para poner fin a esa dependencia y dar la bienvenida a la competencia por lectores y audiencias.

 

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Es probable que no tengan de otra. El nuevo gobierno, que se ha impuesto el reto de generar ahorros presupuestales para financiar sus programas sin endeudarse ni subir impuestos, podría reducir la publicidad significativamente. Puede hacerlo: el inusual apoyo recibido por AMLO y Morena en las urnas los libera de la necesidad de aumentar su legitimidad a través de la compra de contenido favorable en los medios.

Ese recorte de la publicidad oficial sería letal para muchos medios, algunos de gran relevancia. Por fortuna, está disponible, para ellos y para todos, una herramienta invaluable y gratuita, que es la expresión de postura del 1 de julio ¿Se ha comprendido su importancia?

La muestra es más que abundante: incluye a mexicanos de las grandes capitales y de ciudades medias y pequeñas, de pueblos y comunidades rurales, de todas las regiones del país, y de distintos rangos de edades y condición socioeconómica.

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Como tal, este estudio no costó nada, cayó del cielo. ¿Se han ocupado los medios de interpretar y traducir en contenidos el mensaje de los electores?

Hoy sabemos un poco más acerca de lo que le interesa a la gran audiencia: rechaza la simulación, el acuerdo bajo la mesa, el chanchullo, la componenda, la transa, el embute, la simulación, la demagogia, la prepotencia.

Ya se había expresado antes, cuando el electo fue Vicente Fox, pero no supo, o no quiso, incorporar esas preocupaciones en su actuación de gobierno, así que el electorado regresa ahora con más fuerza.

Si todavía cabe la sensatez y la lógica, veremos, una vez pasados los gritos y sombrerazos del casi medio año de periodo de transición, un esfuerzo por mejorar los contenidos informativos en lo relativo a la transparencia en la actuación de los gobernantes, legisladores, jueces, órganos autónomos, contratistas del gobierno, poderes económicos.

Tendríamos que estar en la antesala de un cambio cualitativo en la forma de hacer periodismo, con más reporteo e investigación y menos declaracionitis, y con un menú de temas orientados como nunca antes a los intereses de la población, y no a los de las élites.

Pero puede ser que nada de eso ocurra, que medios y periodistas se empeñen en concebirse como los cronistas de esas élites y jueguen a la política, que para ellos el magno estudio de mercado del 1 de julio quede olvidado.

En ese caso, lo único que queda es pedir que nadie se queje.

*El autor es editor en jefe print de Forbes México.

 

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