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Odiar a Donald Trump es tan estúpido como odiar a los mexicanos, a los chinos o a los americanos. Si lo odias, él gana. ¿Qué técnica de propaganda política está usando este empresario y para quién trabaja? Aquí una aproximación.

 

Amo a Trump porque al fin encuentro un sentido a lo que pasa en mi vida y me da esperanza. Tengo mucho coraje porque no me puedo comprar un Buick, como el que tuvo mi papá en 1980. Yo pude ir a una buena universidad, tenía una motocicleta y vivía en una casa con alberca con mi bella esposa. ¿Y ahora? Estoy deprimido, no tengo esposa ni seguro, no tengo trabajo porque me lo quitó un tal José que cobra la tercera parte que yo y trabaja lo doble.

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¿Dónde está mi triunfal América? Trump tiene razón y lo dice como el auténtico americano, sin rodeos: Straight to the point, como mi abuelo…

No lo puse entre comillas, pero es un una cita. La fuente no la diré (qué tal que hasta es un familiar). Lo que sí diré es que esta opinión la pueden multiplicar por 108 para aproximarse al número de personas en una situación semejante.

“Yo amo a Trump” y “Yo amo a Hitler”, es lo mismo, pero con una variante: a Trump no le interesa ser gobernante de un país. Lo que sí quiere es utilizar técnicas que utilizaron los Nazis para unir a su pueblo contra un enemigo común. No, esto no es otra teoría de conspiración: se trata de recordar hechos históricos y entender las técnicas de propaganda que han existido desde siempre, pero que a últimas fechas se han profesionalizado como la ciencia de la manipulación de masas.

La técnica en propaganda se llama Pinpointing the enemy, y es muy simple pero efectiva: señala a un enemigo que tenga la culpa de todo lo que le pasa al pueblo.

Los alemanes estaban muy resentidos económica y moralmente por las fuertes imposiciones del Tratado de Versalles, un tratado de paz que tuvieron que firmar al perder la Primera Guerra Mundial. En él se obligaban a ceder descomunales cantidades de dinero, desarmarse y dar concesiones territoriales que francamente eran demasiado insultantes para soportarse.

—¡No tenemos dinero! ¡No somos el gran pueblo alemán que solíamos ser! — clamaba la gente.

—¡No es tu culpa, son los judíos! Miren cómo te quitan los trabajos buenos, ellos tienen dinero, son dueños de bancos y hasta de la tienda de la esquina. Es más, hasta los comunistas tiene que ver con ellos. Marx era judío— gritaba Hitler en sus discursos de manera dramática.

—¡Sí. Sálvanos! ¡Te amamos, Hitler!

¿Pero cuál es la innovación de Trump?

Se llama enroque, justo como en ajedrez: un movimiento especial que involucra al rey y a una de las torres del jugador. Es el único movimiento en el ajedrez en el que un jugador mueve dos piezas a la vez. El enroque consiste en mover el rey dos cuadros hacia la torre en la primera fila del jugador, y luego mover la torre al cuadro sobre el que el rey ha cruzado. El enroque sólo puede hacerse si el rey nunca se ha movido previamente….

Trump Tower

Trump Tower. (Foto: www.commonwealthbycentury.com)

La torre es Trump: una pieza agresiva y peligrosa, el rey tapado que no está en jaque ni se ha movido es nada más ni nada menos que: _______.

¿En verdad, aún no lo detectas?

La Torre Trump sabe su función: es el que rompe y une.

1. Es el barco rompehielos. Los rompehielos rastrean los mares congelados y abren un camino en el hielo para que otros barcos puedan navegar en el severo invierno del Ártico. Él se lleva la parte fea. Trump es el racista, el agresivo, el brutal americano que no es políticamente correcto, pero que agrada porque dice lo que otros temen decir.

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Barco rompehielos abriendo paso a un gran Crucero.

 

2. Trump es el que une a todos al señalar a un enemigo común. Escoge a un chivo expiatorio, en este caso, los mexicanos, y con ellos también, por qué no, los chinos en un mismo paquete.

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Pintura de William Holman Hunt llamada “El chivo expiatorio”, ilustra los orígenes del término —la antigua tradición hebrea de llevar un chivo al campo para que se perdiera y muriera, llevando los pecados del pueblo en la fiesta del Yom Kippur.

El crucero que va detrás del rompehielos silencioso, gigante y sin prisa, es Bush. El deja que su Torre Trump lo proteja y le abra paso. Una vez que la gente con opinión más radical esté unida y piense que ya tiene un favorito, un héroe salvador… como si fuera harina hecha ya un pan, Trump se lo pasará a Bush en la boquita. Bush sumará en su estómago a los más radicales en opinión y a los que son más moderados. El sí parece presidente y es políticamente correcto.

Jaque mate: gana el juego la dinastía Bush.

Pioneros en el arte y ciencia de la manipulación profesional como Edward Bernays despreciaron la inteligencia de las masas. Pero eso debe de cambiar. Es increíble que no aprendamos y caigamos una y otra vez en lo mismo. Y hablo de todos los pueblos, no sólo del engañado pueblo americano.

 

El error yace en el odio al otro

Odiar a Trump es tan estúpido como odiar a los mexicanos, a los chinos o a los americanos. Si lo odias, él gana. Sonreirá con contempt, de ladito… pensando: ¡Jojojo, tonto!

Por favor, no caigamos en el juego de las emociones manipuladas. Si nos vamos a enojar, está bien. Enojarse es sano siempre y cuando sea para despertar, para comprender y actuar. No para odiar.

¿Amar a Trump? Bueno, tampoco es para tanto… Mejor obsérvalo y cuídate que no te pique con su veneno, como lo harías con un bicho peligroso. Después, déjalo correr junto con otras alimañas que andan por ahí en tu jardín. Los bichos peligrosos son parte de este mundo. Si se mete a tu casa, bueno pues entonces sí, ni modo: “Échale Baygón”, como decía mi abuelita Lolita.

 

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