Por Alex Milberg*

El principal motivo fue que tras casi cuatro años de gestión, empeoraron todas las variables de la macro-economía: la inflación pasó de 25% a 50%, un dólar pasó de valer 15 pesos a 45 (y que hoy ya superó los 60), aumentó la pobreza de 30 a 34 por ciento, multiplicó la deuda con el FMI y se agudizó la recesión. Las razones de semejante fracaso son más complejas.

La victoria de Alberto Fernández, secundado por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK), implica más un giro hacia la centroizquierda a través de una coalición peronista que el regreso del kirchnerismo.

Hace dos meses, CFK anunció que no sería candidata a la presidencia pese a ser la política con mayor intención de voto pero, a la vez, con mayor rechazo. Y postuló a Alberto Fernández, su exjefe de gabinete y de su marido Néstor Kirchner, quien se había alejado de su propio gobierno.

Tras una década de distanciamiento, en la que Alberto Fernández fue crítico público de la gestión de CFK,  se reconciliaron para encabezar una coalición peronista que ayer derrotó a Cambiemos, el partido fundado por Mauricio Macri, en todo el país salvo en la Ciudad de Buenos Aires y Córdoba.

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¿Cuáles son las implicancias de este nuevo escenario?

En primer lugar, habrá que ver hasta dónde llega el impacto del resultado. En sólo 24 horas, con la apertura de los mercados, el peso volvió a devaluarse 30% respecto al dólar que pasó de 45 a 61 pesos. En un contexto con una inflación del 50% anual, gran parte de la devaluación suele trasladarse a los precios.

En los últimos tres meses, desde el Banco Central y con el apoyo del FMI, el valor del dólar estaba contenido en bandas que que se fueron corriendo. ¿A cuánto estará el 10 de diciembre cuando eventualmente asuma un nuevo presidente? Y en caso de que ratifique el probable resultado de las elecciones abiertas, ¿qué se puede esperar de la dupla Fernández-Fernández?

Para los corresponsales extranjeros, analistas políticos o económicos, sintetizar un “regreso del populismo” resulta la descripción más precisa pero al mismo tiempo el ejercicio más sencillo. Desde 1945, a lo largo de sus 75 años de historia (36 en el poder) el peronismo supo ser populista en los extremos ideológicos: desde el neoliberalismo hasta de extremo izquierda.

Durante doce años de kirchnerismo 2003-2015), el peronismo mantuvo un sesgo populista pero con políticas económicas y orientaciones diversas. En sus primeros años, junto a economistas como Roberto Lavagna (ayer candidato que obtuvo el tercer lugar), Alfonso Prat Gay y Martín Redrado, logró reconstruir el post default del 2001. Y apoyado en el aumento de las commodities, logró años de crecimiento económico a tasas chinas.

En la gestión de CFK, en un contexto macroeconómico más hostil, se acentuó la estanflación y se multiplicaron denuncias por corrupción al igual que en otros países de la región. Sin embargo, resolver los dilemas estructurales de un país emergente con un peso importante de la clase media y con una fuerte puja distributiva no resulta para nada sencillo.

Alberto Fernández, considerado un peronista moderado, llama al gobierno actual a controlar la economía en los meses que faltan y sostiene que el nuevo salto del dólar es una “reacción de los mercados cuando advierten que han sido engañados”.

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Así como Argentina no se dirigió hacia Escandinavia en estos cuatro años del gobierno de Macri, es probable que el rumbo del eventual nuevo gobierno tampoco se dirija a Venezuela. Ni por cercanía ideológica, ni por influencia de las fuerzas armadas ni por estrategia geopolítica. ¿Entonces hacia dónde irá Argentina? Encerrada en su propia matriz, con las reformas pendientes para el desarrollo, prevalece la esperanza de los recursos naturales: los granos y la soja de ayer, el shale oil de mañana. Mientras tanto, Argentina no rumbeará para Caracas, ni para Oslo. Lo más probable, es que continúe dando vueltas sobre sí misma, entre la ilusión y el desencanto.

* Director de Forbes Argentina.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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