Por Christoph Hasselbach*

DW.- Si fuera por él, el presidente chino, Xi Jinping, negociaría por separado con cada uno de los gobiernos europeos, para así obtener mejores condiciones para su país. Por el contrario, Xi se encontró con un trío que integran Francia, con el presidente francés Emmanuel Macron, con la canciller alemana Angela Merkel y con el presidente de la Comisión de la Unión Europea  Jean-Claude Juncker; quienes le mostraron a Xi que la UE se mantiene unida en la negociación de los asuntos de comercio.

Lamentablemente, eso no se aplica a toda la UE. Xi acaba de llegar de Italia. El gobierno de Roma le recibió con alfombra roja y prometió participar en el gigante proyecto de infraestructura “Nueva Ruta de la Seda” de China. Italia es el primer país industrializado occidental importante en dar este paso. Para las empresas italianas esto tendrá importantes efectos, pero especialmente para las chinas en Italia. Detrás de esto hay una estrategia a largo plazo dirigida por el Estado: China quiere lograr otro puente en Europa, por ejemplo, mediante la expansión de los puertos italianos de Génova y Trieste.

Crece la desconfianza

Cada vez más gobiernos (y no solo los occidentales) critican la inversión china en sus países. La preocupación no es solo la excesiva dependencia económica y la pérdida de liderazgo tecnológico con la venta de empresas a China. Si el proveedor de telecomunicaciones chino Huawei se presta para la expansión de la nueva red móvil 5G, expertos en seguridad temen que China también pueda usar esta red para espionaje. Por eso, por ejemplo, EU, Australia y Nueva Zelanda ya excluyeron a Huawei del 5G.

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Merkel criticó a Italia por pronunciarse sola, cuando en la cumbre de la UE la semana pasada dijo que era “mejor actuar de manera unificada”. Pero la propia Alemania ha sido demasiado ingenua en el trato con China, durante años. Al final fue Alemania que permitió que los chinos no les den a los europeos el mismo acceso a su mercado como lo tienen ellos en Europa. La razón es simple: el comercio de China es tan importante para Alemania como nación que vive de la exportación masiva, que por ello ha cuidado con pinzas el trato, para evitar el riesgo de represalias.

Pero los ánimos han cambiado, y también en Alemania. Quizás desde la decisiva llamada de atención que de 2016, cuando los chinos compraron al fabricante de robots alemán Kuka; a la inversa esto habría sido imposible. Desde entonces, no solo el gobierno alemán, sino también la Comisión Europea están analizando cómo Europa puede protegerse de una “liquidación” y qué papel debe jugar ahí la política.

Con China se trata de hegemonía

No se trata de levantar los puentes levadizos frente a China o rechazar la Iniciativa de la Ruta de la Seda por completo, sino de sentar condiciones justas y un acceso igualitario al mercado.

Cuando Donald Trump se mudó a la Casa Blanca y proclamó su “América primero”, Berlín y París estaban encantados de que China se ofreciera como salvadora del multilateralismo. Lo que pasa es que China no tiene en mente ningún multilateralismo, sino más bien un bilateralismo y, a la larga, la hegemonía. Curiosamente, ahora, el nada apreciado Donald Trump sostiene que se puede convencer a los chinos de hacer concesiones. A falta de un peso político global, ningún estado europeo estaría en condiciones de hacerlo, pero la UE en su conjunto sí. Solo tiene que actuar como un bloque unificado. Aquí la apariencia conjunta de Macron, Merkel y Juncker con Xi fue la señal correcta.

*El autor es el editor de la DW.

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