Por Dolia Estévez, especial

WASHINGTON, DC.- Donald Trump abrió su ca­rrera por la presidencia de Estados Unidos con una declaración que estremeció por racista y captó reflectores por polémica: “Cuando México envía a su gente, no envía lo mejor… están enviando gente con montones de problemas. Están trayendo drogas, están trayendo crimen, son violadores y algunos, supongo, son buenas personas”.

Lejos de retractarse, a lo largo de la campaña electoral más visceral de la que se tenga memoria, el hoy candidato presidencial del Partido Republicano ha reforzado el reper­torio de agravios con una propuesta para erigir una muralla impene­trable en la frontera con México y promesas de deportar a 11 millones de indocumentados, 5 millones de ellos mexicanos.

Con su antimexicanismo, Trump ha dado voz a la indignación y el desconcierto de una parte de la población blanca que considera que la inmigración en general, y la mexicana en particular, les está usurpado el país.

“Los inmigrantes no blancos son una amenaza a nuestra economía, nuestro tejido social y nuestro legado genético… el flujo de esas ‘minorías’ inexpugnables es un asalto a las relaciones humanas básicas dentro de la comunidad. Foráneos con culturas, conductas e idiomas distintos provocan fisuras en los lazos sociales que mantie­nen unida nuestra sociedad”, dijo a Forbes Andrew Anglin, descrito por The New York Times como ‘neonazi’.

El fundador de The Daily Stormer —importante foro en línea del nacionalismo blanco y el antisemitismo— catalogó a los “no blancos” como “genéticamente inferiores”.

“Procrear con ellos es un grave acto de disgenesia, pues al hacerlo se está reduciendo el coeficiente intelectual, el atractivo físico y la moralidad. Procrear con razas inferiores tira por la borda cientos de miles de años de evolución hu­mana”, señaló Anglin, haciéndose eco de la filosofía de la eugenesia con la que en el siglo pasado Adolfo Hitler justificó la exterminación de millones de judíos.

“Apoyo a Trump porque quiero una América blanca”, confió Anglin, quien anunció pública­mente su respaldo al magnate neoyorquino luego de que éste propusiera el muro fronterizo.

En otros tiempos, el res­paldo de un individuo como Anglin que consagra secciones completas de su publicación a la “guerra racial” y al “proble­ma judío”, hubiera hundido a cualquier candidato.

Eso no ocurre en estas elecciones. Trump explota con fines electorales los sentimientos racistas que desde su orígenes ha albergado una parte de la sociedad estadounidense contra los mexica­nos. Un racismo que, por lo que a los mexicanos indocumentados se refiere, puede no ser mayoritario, pero sí tener serias consecuencias.

Los historiadores ubican su comienzo en la guerra entre Mé­xico y Estados Unidos hace casi 170 años. En el siglo XX, el sentir antimexicano siguió creciendo en torno de la Revolución Mexicana, la Segunda Guerra Mundial y el programa bracero.

En años recientes, cobró ímpetu con la explosiva expansión de los flujos migratorios que triplicaron la población indocumentada de 3.5 millones a 11.3 millones entre 1990 y 2013.

Más allá del ámbito político, el antimexicanismo ha estado presente a lo largo de la historia en proverbiales estereotipos en la industria cinematográfica y en los medios de comunicación.

La violencia, los escándalos de corrupción y la violación de derechos humanos de los últimos años han contribuido a reforzar la percepción negativa que se tiene de México como país disfuncional, incapaz de satisfacer las necesida­des de millones de desesperados mexicanos que cruzan la frontera en busca de las oportunidades económicas que no encuentran en su país.

De ahí que el auge del anti­mexicanismo no sea sólo culpa de Trump. En todo caso, su contribu­ción ha sido, como el cuento de Ala­dino, sacar de la lámpara pasiones racistas contenidas en una parte de la población estadounidense.

La retórica contra los inmigran­tes y otras minorías y las descalifi­caciones e insultos personales de la clase política han hecho de las elec­ciones presidenciales de este año un fenómeno inédito. Con su dema­gogia, Trump ha creado un clima electoral tóxico, incitando miedo contra todo aquel que pertenezca a otra raza, haya nacido en otro país o tenga religión y creencias políticas distintas a las suyas.

La campaña, que concluirá el 8 de noviembre con la elección pre­sidencial, es inédita además porque la ex secretaria de Estado, Hillary Clinton, es la primera mujer en la historia de Estados Unidos en ganar la nominación presidencial de uno de los dos grandes partidos del país, el Demócrata.

En una declaración sin prece­dente para un mandatario en fun­ciones, el presidente Barack Obama compartió su percepción sobre Trump. “Creo que el candidato re­publicano no es apto para servir de presidente”, señaló el 3 de agosto, poco después de la advertencia que lanzara en la Convención Demócra­ta sobre el riesgo de elegir a Trump.

Obama respalda la candidatura de quien fuera su secretaria de Estado durante su primer mandato.

 

Cambios demográficos

Para entender el fenómeno Trump, un multimillonario empresario inmobiliario de Nueva York que se aventuró a la política sin nun­ca antes haber ocupado puesto público alguno, hay que ubicar su rápido ascenso en el contexto de los profundos cambios demográficos y económicos que han generado un profun­do malestar en gran parte de la sociedad estadounidense.

Según las encuestas, dos tercios de los estadounidenses cree que el país va por mal camino.

Entre los más desprotegidos está el sector de la clase trabajadora blanca no urbana, principal base de apoyo de Trump. Es un sector que carece de educación media o superior, es nacionalista, racista, xenófoba, defensora del acceso irrestric­to a las armas de fuego y enemiga de las élites políticas y financieras, a las que culpa de la presunta decadencia nacional.

Paralelamente a la recesión econó­mica de 2008, entre las comunida­des de trabajadores blancos em­peoraron los síntomas de deterioro sociocultural: mayor aislamiento social, mayor drogadicción, más madres solteras, más suicidios y menor promedio de vida.

La globalización, los acuerdos comerciales, como el Tratado de Li­bre Comercio con México y Canadá que Trump promete revocar, y la revolución tecnológica, completa­ron el desolador cuadro del traba­jador blanco. Entre 1990 y 2014, el número de empleos manufacture­ros registró un descenso de 31% en Estados Unidos, según el Servicio de Investigaciones del Congreso.

“Entre la clase trabajadora blan­ca no urbana hay un temor general sobre la economía y una sociedad cambiante, fenómenos que relacio­nan entre sí. No sólo creen que los mexicanos les están robando sus empleos (por más falso que esto sea), sino que existe el temor gene­ralizado de que están dejando de ser parte de un país diferente al que crecieron”, dijo a Forbes el experto en demografía del Instituto Brookings, William H. Frey.

Frey, autor de Diversity Explo­sion: How New Racial Demogra­phics Are Remaking America, señaló que los blancos temen la nueva diversidad étnica de hispa­nos, asiáticos y otras razas.

“Es lo que llamo la brecha cul­tural generacional entre blancos de mayor edad y minorías jóve­nes, exacerbada por las declinan­tes oportunidades económicas de la clase trabajadora blanca no urbana y explotada en la campa­ña presidencial”, dijo Frey.

Sondeos del Centro Pew indi­can que más de la mitad de la lla­mada generación de los boomers (nacida después de la Segunda Guerra Mundial) ve la creciente llegada de inmigrantes como amenaza a los valores tradiciona­les de Estados Unidos.

Jared Taylor, director de la revista supremacista blanca American Renaissance, observó que para “muchos blancos”, los mexicanos son una amenaza a sus empleos, la raza blanca y sus comunidades.

“La presencia de grandes números de mexicanos está cam­biando la sociedad estadounidense en formas que la mayor parte de los blancos no desea. México, con todo derecho, nunca permitiría grandes flujos de personas que amenaza­ran con reducir la población nati­va mexicana a minoría”, declaró Taylor a Forbes.

Taylor considera que si Trump se concentra en la “población blanca”, que es “su base electora natural”, podría obtener 65% del electorado blanco y neutralizar así el voto de las minorías que favorecen a Clinton.

Paródicamente, la clase trabajadora blanca ve a Trump – epítome de los excesos del status quo que dice repudiar– como el Mesías que, con poderes casi so­brenaturales y por mano propia, puede volver a hacer grande y blanco a Estados Unidos.

Para atraer su atención, Trump fabricó una serie de chivos expia­torios fáciles de asimilar, como la inmigración mexicana y los musulmanes, a quienes tacha de terroristas.

Los cambios demográficos por los que atraviesa Estados Unidos son indisputables. En las últimas décadas, la sociedad pasó de ser mayormente blanca, unicultu­ral y monolingüe a multiétnica, multicultural y multilingüe. El inglés sigue siendo hegemónico pero, según el Instituto Cervantes de Nueva York, en Estados Unidos radica la segunda mayor concen­tración de hispanoparlantes del mundo después de México.

En un país donde la mayor parte de los ciudadanos más acaudalados e influyentes sigue siendo blanca, estos cambios han hecho que los anglosajones descendientes de los primeros flujos migratorios del nor­te de Europa sientan su “identidad étnica” y su idioma amenazados.

La hispanofobia en Estados Uni­dos ha llegado al extremo de lanzar campañas contra la enseñanza del español en escuelas públicas, la traducción de documentos oficiales y hasta contra la opción de ser aten­dido telefónicamente en castellano.

Durante la campaña, pocas cosas han indignado más a los simpati­zantes de Trump que ver inmigran­tes enarbolar la bandera de México para protestar por el racismo del candidato. “Build a wall-Kill them all” (construir un muro–mátenlos a todos) y “Fuck those dirty beaners” ( jodan a esos sucios frijoleros) son algunas de las ofensivas consignas que se oyen en los mítines.

Si bien la raza blanca no his­pana sigue siendo mayoría, con 62 % de la población, se estima que en 2050 descenderá a 46.6%. Las proyecciones indican que los blancos serán desplazados por un conjunto de minorías étnicas, en el que los hispanos y los negros serán dominantes. De hecho, en Nuevo México, California y Texas los hispanos ya rebasaron numérica­mente a los blancos.

 

Presidente negro

El cambio demográfico también es resentido por el efecto paradigmá­tico que ha tenido en el horizonte electoral.

Barack Obama, el primer pre­sidente negro de Estados Unidos, ganó las elecciones de 2008 y la reelección en 2012, monta­do en la cresta de un electorado étnicamente diverso que, por primera vez, mostró su poder para influir en el resultado de una elección presidencial.

En su discurso ante la Con­vención Demócrata, el 27 de julio, Obama pidió a los electores votar por Clinton. “Les pido que hagan por Hillary Clinton lo que hicieron por mí. Les pido que la lleven (a la Presidencia) de la misma manera como me llevaron a mí”, exhortó.

El triunfo de Obama fue interpretado por los blancos como muestra inequívoca de su mermada influencia en las estructuras del poder político. En un ejercicio de autorreflexión, el Partido Republicano se compro­metió a trabajar para ampliar su base de apoyo entre los hispanos, de lo contrario, previó, no podrán recuperar la Casa Blanca.

Paradójicamente, cuatro años después, el Partido Republicano no sólo fracasó en su cometido, sino que abrazó al candidato más xenófobo y racista que se tenga memoria. Avik Roy, especialista de tendencia republicana, admi­tió que, “en realidad, el centro de gravedad del Partido Republicano es el nacionalismo blanco”.

La pegajosa consigna de Trump de “Volver a Hacer Gran­de a Estados Unidos”, más bien es eufemismo de “Volver a Hacer Más Blanco a Estados Unidos”.

Trump dice que no está en contra de la inmigración, sólo de la que ingresa sin documentos, pero achaca a la administración Obama no tener políticas que estimulen la inmigración blanca europea. La madre del magnate emigró de Escocia. Ivana, su pri­mera esposa, llegó de Checoslo­vaca, y Melania, su tercera y actual consorte, emigró de Eslovenia.

A diferencia de Clinton, Trump no se esfuerza en cul­tivar al electorado hispano y parece tener más interés en consolidar su base electoral entre los blancos. Según una encuesta de la cadena hispana Univi­sion, Clinton aventaja a Trump con 66% de las preferencias del electorado hispano a nivel nacional contra 18% del republicano.

En su discurso en la Conven­ción Republicana en Cleveland, en julio, Trump volvió a retratar a los indocumentados como amenaza de seguridad pública. “Casi 180,000 inmigrantes ilegales con anteceden­tes delictivos, quienes tienen orden de deportación, en estos momentos andan libres para amenazar a ciu­dadanos pacíficos”, expuso Trump.

Las estadísticas desmienten su afirmación. Según un estudio del Consejo Americano de Migración, los inmigrantes ilegales tiene nive­les de criminalidad inferiores y son menos propensos a cometer críme­nes graves que los nativos.

Y a pesar de la cobertura mediá­tica que recibe y la imparable polémica que genera Trump, el rechazo a los inmigrantes es minoritario entre el electorado.

De acuerdo con una encuesta reciente del Centro Pew, 59% de los estadounidenses piensa que los inmigrantes “fortalecen al país”, mientras que 33% los considera una carga; 75% está a favor de que se queden siempre y cuando cumplan con ciertas condiciones.

Pero Trump y sus seguidores insisten en perpetuar el mito urbano sobre la amenaza de los in­migrantes. “No creo que todos los mexicanos ilegales sean violadores, aunque sí son criminales, pues su ingreso al país fue un acto criminal y tienen una tasa de criminali­dad más elevada que los blancos. Con todo, no son tan violentos o estúpidos como los negros, aunque esto es debatible”, dijo a Forbes Anglin, editor de la publicación neonazi The Daily Stormer.

 

 

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