Siempre que intento recordar a mi abuelo, lo rememoro como un hombre distante, saliendo con el mismo maletín todos los días, después de comerse un pan y tomar café con leche, para verlo entrar cansado al regresar del trabajo varias horas más tarde. Mis memorias de él son flashazos, pedazos de situaciones. Una anécdota aquí, un comentario de un pariente allá. Dicen que bailaba increíble, nunca lo vi hacerlo. Aunque busco, no evoco algún momento donde me sentara a pedirle consejo, como buen adolescente pensé que siempre estaría ahí, eterno, pasando por la puerta con las bolsas que siempre cargaba. Un día no fue más y, tal vez por primera vez, entendí que todos estábamos destinados a dejar este plano existencial. Era una cuestión de tiempo, no había manera de luchar contra eso. ¿Qué haría yo llegada la misma edad?

Aquí sigo (2016), el nuevo documental de Lorenzo Hagerman (H2Omx, 0.56% ¿Qué le pasó a México?), propone un viaje alrededor del mundo, una cita íntima con decenas de personas de la tercera edad. México, Italia, Canadá, Japón, Costa Rica, España y más están incluidas en el itinerario. La cámara de Hagerman se detiene en cada uno de ellos para charlar e intentar entender cómo estos hombres y mujeres viven pasada la última frontera, donde las arrugas y los recuerdos no faltan.

El ejercicio del documentalista nos invita a enfrentarnos a nuestra propia existencia, pasajera según dicta el universo. Es una reflexión que conecta al documental con otros trabajos como El último hombre (Der letzte Mann, 1924) y Fresas salvajes (Smultronstället, 1957), o documentos de manufactura más reciente: No todo es vigilia (2014), Aquarius (2016) o Bellas de noche (2016). “Por eso, ahora que están jóvenes, hagan algo, porque a mi edad no van a poder”, dice uno de los personajes a cuadro, una expresión a la que se unen las otras voces.

Los primeros cuadros de Aquí sigo están dedicados a ver sus cuerpos despertar, a ser testigos de su rutina. Un estiramiento para el alma, una respiración profunda para la memoria. Hagerman no está buscando conmovernos/impactarnos con las dificultades propias de esa edad, como lo hacía Michael Haneke en Amour (2012), sino llevarnos a pensar en cómo vivimos y si llegado el momento estaremos experimentando algo similar.

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Uno a uno los personajes narran sus experiencias a cuadro. Desamores, trabajo, cortejos, enfermedades, injusticias y risas. Aquello que sus labios no expresan, lo hace la mirada, ojos cargados de emociones. Surcos en la piel que lo han vivido todo. Nuestro devenir es inevitable, entender eso de nuestras vidas es clave. Aquí sigo es un documento para reflejarse en el otro, vernos y saber que no, aunque somos diferentes no estamos apartados de los otros.

Basta sentarse un momento a escuchar.

 

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