El fenómeno conocido como el “raspao” o raspado, que el control de cambio en Venezuela ha fomentado, está provocando severas distorsiones en su economía.

Argentina y Venezuela son naciones ricas en recursos naturales. El clima y la tierra de la pampa húmeda convierten a Argentina en un país muy competitivo para la agricultura, y su minería se encuentra diversificada: oro, plata, cobre, rocas calizas para la elaboración de cemento, potasio, azufre y litio. Su amplio litoral marítimo favorece la pesca y sus importantes reservas de petróleo, gas natural y de esquisto colocan al país en los primeros lugares del mapa energético mundial.

Venezuela también goza de frentes marítimos y corrientes fluviales que favorecen la pesca y la generación de electricidad; además, posee grandes extensiones boscosas, agropecuarias y mineras, pero sobre todo las mayores reservas de hidrocarburos del planeta.

La naturaleza ha favorecido a tal grado a estos países, que hasta se hacen bromas al respecto. En una se dice que el Creador dotó de una generosa riqueza natural a estos dos territorios a diferencia de otros, a los que asignó mejores gestores.

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Sin embargo, a pesar de su abundancia en recursos, ambas economías están sumidas en una de sus peores crisis, resultado de gestiones públicas ineficientes y errores de política económica. La oleada de nacionalizaciones de empresas en Venezuela y la falta de incentivos para la inversión en Argentina han suscitado caídas de la producción y finanzas públicas inviables. El control de precios en los dos países también ha roto el equilibrio entre la oferta y la demanda, provocando inflación y escasez. Actualmente, Venezuela ocupa el primer lugar de los países con mayor inflación, con casi 50%; Argentina está en el tercer lugar, con 25%. En comparación, Colombia, Chile y Perú esperan tasas de inflación promedio de 2.4%.

El PIB también evidencia la decadencia de ambas economías, por más que el gobierno argentino maquille las cifras. Según pronósticos del sector privado, el PIB de Argentina crecerá 2.8% este año, mientras que organismos internacionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) estiman un desarrollo de 3.5%. En contraste, la cifra “oficial” del gobierno es de 5.1%. Desde hace varios años, la información que entrega el organismo público encargado de las estadísticas oficiales de Argentina –el Indec– ha sido duramente cuestionada, al grado que el FMI impuso una censura al país por no proporcionar datos creíbles. Presentar cifras maquilladas, aquí y en cualquier lugar, es engañar a la gente. Por su parte, el crecimiento del PIB de Venezuela es el más bajo de Latinoamérica. La Cepal estima un crecimiento de apenas 1%, incluso más bajo que el de El Salvador (2%).

Por si fuera poco, ambas naciones distan mucho de ofrecer niveles aceptables de derechos fundamentales y libertades básicas de la sociedad: justicia civil y criminal, libertad de expresión, calidad de vida, seguridad social y propiedad privada. Según el último reporte del World Justice Project, en el que participan 97 países, los datos de Venezuela son alarmantes. En rubros como orden y seguridad, apertura y transparencia gubernamental, estabilidad y confiabilidad del sistema judicial (civil y penal), derechos fundamentales de la sociedad, regulación y acceso a la justicia, el país se encuentra en los últimos lugares; en algunos casos ocupa el último sitio.

Por otra parte, el emprendimiento de los hombres de negocios es prácticamente inexistente en ambas naciones, y la percepción que el mundo tiene de estos dos países dista mucho de ser la mejor. Como consecuencia, sus reservas internacionales han caído de manera sustancial en los últimos cinco años. En lo que va de 2013, las reservas argentinas han caído más del 20% y las de Venezuela, 29%.

Más raspones

El fenómeno conocido como el “raspao” o raspado, que el control de cambio en Venezuela ha fomentado, también está provocando severas distorsiones en su economía. Los ciudadanos viajan a la frontera para retirar dólares a través de sus tarjetas de crédito. Luego, llevan estos dólares de regreso a su país y los venden en el mercado negro a varias veces el tipo de cambio oficial o controlado, que es de 6.3 bolívares por dólar. Sólo una ínfima parte de la población tiene acceso a este tipo de cambio, pero en el mercado informal o paralelo se encuentran dólares hasta en 50 bolívares.

El diferencial es tan grande que hay gente que se ofrece a llevar muchas tarjetas a la frontera y retirar dinero para un numeroso grupo de personas; sólo tienen que cubrir los costos del transporte y la estadía. Este fenómeno del “raspao” ya está empezando a generar tensiones y descontentos con algunos países vecinos, como Uruguay, Paraguay y Brasil.

En Argentina, donde el gobierno prohibió a las empresas y a la gente la compra de dólares con fines de ahorro, las cosas no son mejores. El tipo de cambio oficial es de casi 6 pesos por un dólar americano, mientras que en el mercado negro es de casi el doble.

El control de cambio y de precios, sumado a la altísima inflación, están llevando a estos países a una inminente devaluación.

¿Quien pierde en estos procesos? En primer lugar, la economía formal, porque la oferta y la demanda se alteran. Productos que están obligados a ser vendidos por debajo de su precio de mercado escasean, mientras que aquellos que tienen un precio por arriba del mercado generan sobreoferta.

En segundo lugar, se genera una enorme escasez de divisas, el informalismo crece y la recaudación fiscal se reduce, porque con el “raspao” no se están facturando ni declarando servicios reales. Además, se genera corrupción, toda una infraestructura ilegal montada alrededor de los “turistas cambiarios”, un mercado negro de divisas y desconfianza de la población.

En tercer lugar, aumenta el costo operativo o la ineficiencia del país; es decir, Venezuela se está hundiendo en la improductividad. Más personas están viajando a las fronteras para conseguir dólares fácilmente, porque con el raspado de tarjetas puede obtener unas 40 veces el salario mínimo. Y como tienen que pagar comisiones a los intermediarios para hacerse de los recursos, otras más se están metiendo en este “negocio”. Las comisiones varían entre 18 y 22% de los 2,500 dólares que la gente puede disponer con sus tarjetas de crédito.

Los administradores de los recursos de Argentina y Venezuela tendrían que estar muy preocupados por la situación. En 1950, Venezuela era el cuarto país del mundo con mayor PIB per cápita: 7,424 dólares. Sólo lo superaban Estados Unidos, Nueva Zelanda y Suiza. Sesenta años después, el PIB venezolano ni si quiera se ha duplicado. El año pasado fue de 12,729 dólares, una cifra similar a la de la década de los 70, a pesar del importante incremento en la renta petrolera.

Estudios basados en datos del Banco Mundial señalan que en el año 1900, Argentina ocupaba el cuarto lugar del mundo en renta per cápita, con una cifra similar a la de Canadá y Alemania: alrededor de 1,200 dólares. Sin embargo, para 2010 Argentina había caído hasta la posición 59.

El deterioro del nivel de vida argentino ha sido dramático. Durante las primeras décadas del siglo XX, la nación gozaba de seguridad jurídica, un marco institucional estable y, sobre todo, de apertura económica, con escasas regulaciones y estabilidad monetaria. Junto con Estados Unidos, Francia y Alemania, el “país de la plata” era uno de los más ricos del planeta. Sin embargo, aquella economía abierta fue cediendo terreno al intervencionismo estatal, al nacionalismo económico y, finalmente, al socialismo, que de una u otra forma preside Argentina desde los años 50.

Un reciente estudio que analiza la libertad económica de 152 países ubica a Argentina en el lugar 137 y a Venezuela en el último lugar. En cambio, Noruega (un país que comparte ciertas características con Venezuela, como pocos habitantes teniendo en cuenta la extensión de su territorio y una producción de petróleo similar) ha multiplicado por 20 su renta per cápita: de 4,969 dólares en 1950 a 99,558 en 2012). Hoy Noruega es el segundo país con mayor PIB per cápita del orbe y ocupa el lugar 31 del índice de libertad económica.

Todos estos datos me llevan a proponer la siguiente premisa: es mejor una buena gestión de los recursos que tenerlos en abundancia, porque la buena gestión siempre se hará de recursos. En cambio, con una mala gestión, uno siempre saldrá “raspao”.

 

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