La contradicción que vive el mexicano de manera permanente no contribuye a crear un ambiente que fuerce la transformación. En la medida en que la población está satisfecha con su vida, disminuye la presión sobre los gobernantes para que actúen de manera decisiva.

 

George Orwell hubiera comprendido las contradictorias actitudes de los mexicanos. En su libro 1984 acuñó el término “doublethink”, la habilidad de creer cosas contradictorias. Sin duda, en contraste con los países desarrollados, que tienden a ser coherentes en la provisión de servicios, los mexicanos estamos acostumbrados a contradicciones permanentes. En el discurso, México tiene una educación del primer mundo, pero los resultados de pruebas como PISA muestran que estamos en el quinto; el país es democrático, pero no existen contrapesos que impidan que se tomen medidas antidemocráticas; la vida es dura, pero la satisfacción muy grande.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publica el Índice para una vida mejor, un estudio comparativo de indicadores de bienestar. En lo que toca a México para 2013, lo sorprendente es el mal desempeño del país en todos los indicadores objetivos, en contraste con lo extraordinario de algunas percepciones. En materia educativa, México es, por mucho, el país que peor desempeño muestra: la calificación es de 1.2 sobre 10 en la prueba PISA.

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Sin embargo, los mexicanos están más satisfechos con su vida que el promedio de los países que integran esta organización: 85% dice tener más experiencias positivas en un día normal (paz, gozo, satisfacción por logros), que negativas (dolor, preocupación, tristeza, aburrimiento). La media de la OCDE es 80% y hay muchos países muy por debajo.

Los números cuentan una historia contrastante y, a la vez, reveladora: en México la gente trabaja un promedio de 2,226 horas al año, más que la mayoría de los habitantes de países de la OCDE (con un promedio de 1,765 horas), pero su ingreso es mucho menor. Es decir, la productividad del trabajo en México es muy inferior y no se compensa con un número mayor de horas trabajadas.

Parte de esto se explica por menores niveles educativos (en México 36% de los adultos entre 25 y 64 años ha obtenido un certificado de educación media, cifra muy inferior a la del promedio de 75%). Otros factores que inciden en esto tienen que ver con la calidad de la educación, así como en diversas ausencias, sobre todo relacionadas con la disponibilidad y calidad de la infraestructura.

Quizás el dato más revelador, pero tal vez sólo sorprendente para el gobierno, es que en materia de seguridad la calificación es de 0.4 sobre 10. A pesar de ello, 85% de la gente está satisfecha con su vida. Esto último sólo puede tener una de dos explicaciones: o bien los encuestados no tienen un punto de referencia mejor o hay una resignación y aceptación acrítica de la realidad. O ambas.

¿Cómo, en este contexto, imaginar la construcción de un país desarrollado? ¿Cómo crear condiciones para que se establezcan en el país empresas pujantes y competitivas o, mucho mejor, que los mexicanos comiencen a crearlas?

La era de la información ha cambiado la naturaleza de la economía del mundo y de cada país en particular. Antes, lo que agregaba valor era la actividad física de los obreros en un proceso manufacturero. Hoy en día, esa agregación de valor se da cada vez más como resultado de la tecnología y el know how, que como producto del contacto directo con las máquinas o líneas de producción. No es que desaparezcan las máquinas, sino que éstas dependen crecientemente de computadoras y software, cuyos operadores deben saber manejar.

Es decir, lo que mayor riqueza genera tiene que ver con la capacidad creativa de las personas y su aptitud para administrar procesos complejos, y eso es producto, sobre todo, de la educación. No es casualidad que las mayores fuentes de crecimiento económico en el mundo en la actualidad se remiten al uso inteligente de la tecnología, frecuentemente aplicada a procesos manufactureros tradicionales.

La contradicción que vive el mexicano de manera permanente no contribuye a crear un ambiente que fuerce la transformación. En la medida en que la población está satisfecha con su vida, disminuye la presión sobre los gobernantes para que actúen de manera decisiva.

Lo paradójico es que la población tiene expectativas desmedidas en materia de satisfactores cotidianos, sobre todo de consumo, pero, salvo momentos críticos, no demanda satisfactores esenciales, como la seguridad o la educación. Lamentablemente, de eso depende su éxito en la vida.

 

 

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