Por Pablo Majluf

Cuando el mundo lloraba dos veces a París, ignoraba a Beirut y Nigeria; cuando clamaba por Bruselas, desconocía a Pakistán y Ankara. En unos, la cobertura mediática es integral; en otros, parcial y efímera. ¿Por qué? Presento cuatro hipótesis conexas que poco tienen que ver con la diatriba común, esa que sostiene que en el injusto orden internacional, las vidas de los ricos valen más que las de los pobres. En realidad se trata más de accesibilidad, libertad de expresión, business y símbolos. Veamos:

Accesibilidad: Hay tres grandes agencias de noticias en el mundo: la inglesa Reuters, la francesa Agence France-Presse (AFP), y la estadounidense Associated Press (AP). Estas organizaciones acopian información en todo el mundo a través de corresponsales, quienes la envían inmediatamente a una central que la reparte a medios que no tienen los recursos –humanos o financieros– para obtenerla de primera mano. La gran mayoría de medios en el mundo –incluidos los mexicanos– dependen de estas agencias. No debe sorprender, entonces, que un ataque en París, donde está la matriz de la AFP –que tiene oficinas en 110 países y centrales en las principales capitales del mundo–, y donde las otras dos agencias tienen sedes, genere más atención mediática que un ataque en la selva de Nigeria. La atención no tiene mucho que ver con el valor de la vida ‘francesa’ versus la ‘nigeriana’ —ambas pérdidas son trágicas—; tiene que ver con el acceso que los medios del mundo tienen a una u otra tragedia. Y aunque este modelo ha cambiado con el advenimiento de internet, las agencias no sólo siguen recabando gran parte de la información, sino que el acceso a internet es mayor en los países desarrollados, por lo que el flujo informativo digital también. Lo cual me lleva a la segunda hipótesis.

Libertad de expresión: Para obtener información sobre una masacre en Nigeria, Líbano o Turquía, una fuente debe enfrentar una montaña de adversidades, no sólo geográficas, lingüísticas y de infraestructura, sino, sobre todo, políticas —al grado de exponer su vida… y en ocasiones sin conseguir mucho—. Estos héroes son susceptibles de secuestro, extorsión y otras formas costosas de chantaje que desequilibran a una organización periodística; por eso la renuencia a enviarlos. En estos países pululan grupos extraestatales que, junto con los propios gobiernos, vigilan todo el ciclo informativo, incluido internet. En cambio, Francia, junto con Inglaterra y Estados Unidos, es pionera de la liberad de expresión como un derecho inalienable del hombre. Desde el siglo XVIII, los franceses pelearon sus propias guerras internas para despojar a sus déspotas y asegurar que una organización como la AFP pudiera existir. Mientras que en Francia, Bélgica o EU no hay ningún problema para conseguir información –audiovisual, histórica, de registros públicos, etc.–, en Nigeria, Líbano, Turquía o Pakistán puede ser una osadía, a veces mortal.

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Business: Aunque muchos no quisieran, el periodismo es un negocio. Suena crudo porque nos gustaría verlo como un arte noble, pro bono, libre de ataduras, pero sencillamente no tiene otra forma de sobrevivir. De hecho, entre más venda un medio, menos incentivos tiene para corromperse y es más probable que su información sea fidedigna. La materia prima es la noticia y, en segundo lugar, su presentación. Este juego opera en un escenario donde, como en todos los negocios, el mercado determina la justa proporción entre oferta y demanda. Esto quiere decir que si los ataques en París venden más que los de Beirut, es porque tienen más demanda de la gente común y corriente, nada más. Ahora, ¿por qué tienen más demanda? Última hipótesis.

Símbolos: Hay una serie de factores simbólicos, culturales, geopolíticos e históricos que hacen de Francia, Estados Unidos e Inglaterra más significativos, en la segunda acepción de la palabra, que Nigeria o Pakistán. No es que las vidas de sus ciudadanos valgan más, claro que no; es simplemente que sus vicisitudes nacionales hoy significan más para mucho más gente en el mundo. ¿Por qué? Por la seguridad global, el arte, la lengua, la tecnología, la ciencia, los negocios, la filosofía, la academia, el cine, la arquitectura, la moda y cinco siglos consecutivos de progreso, entre otras cosas. El acervo histórico y cultural de otros países, especialmente de Líbano y Turquía, es milenario, cierto, pero no se puede comparar con la relevancia –si se quiere, exclusivamente actual– de las potencias.

Se nos pueden ocurrir más hipótesis, pero estas cuatro son esenciales para entender el fenómeno y, lo más importante, para prevenirlo a usted de sentirse culpable cuando lo acusen de interesarse más por un ataque en el corazón de la civilización, que por uno en sus confines —sin que el primero, claro, sea más terrible que el segundo.


Pablo Majluf es periodista y maestro en comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de Información Digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

 

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