Aceptamos la invitación de François-Henry Bennahmias, CEO de Audemars Piguet, para visitar la manufactura del imperio relojero en Suiza. Su historia: una exótica aventura entre alta tecnología y tradición artesanal.

 

 

Cuando uno llega al Valle de Le Brassus comienza a entender por qué en éste lugar se crean las piezas de arte e ingeniería más bellas del mundo.  Nuestro hogar, por los próximos días, será Des Horlogers, un sencillo hotel que ha hospedado a los grandes nombres de la industria relojera.

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Mientras muda su residencia a Suiza, en la habitación continua vive Bennah­mias, quien después de manejar y expan­dir la firma en América, tomó las riendas de la empresa en mayo de 2012 para —junto a los herederos de las familias Au­demars y los Piguet— dirigir sus esfuerzos hacia el dominio absoluto de la industria de la alta relojería.

El reloj marca las 23:00 horas y la noche cae por fin sobre Le Joux; las luces se apagan y el sonido de los alrededores acoge el sueño de un largo día de viaje.

 

Ilustre científico, loco soñador

La visita a Renaud et Papi se presenta casi como una amenaza. “Es el Albert Einstein de la relojería”, me afirman sobre Giulio Papi, el fundador y responsable de la creación y manteni­miento de las nuevas complicaciones de la firma. Un hombre claramente creativo, científico y mate­mático. Su negocio fue crear una propia manufactura de innovaciones y hacerse comprar por la mejor maison de la in­dustria. Hoy, Papi es dueño de 20% de su empresa mientras comparte el 1.6% con la dirección de la subsidiaria y el 78.4% con Audemars Piguet.

Como primera demostración ante nuestra repentina llegada, abre su cuaderno de apuntes —sin duda podría cotizarse en millones— para mostrar los bocetos de sus últimas ideas, una serie de algoritmos y fórmulas matemáticas. Introduce un par de líneas en la compu­tadora y la pantalla proyecta una serie de líneas tridimensionales que se convierten en reloj. Ante mi sorpresa afirma: “Aquí nacen nuestros prototipos”. Su equipo, en el salón continuo, los maqueta mientras en el resto del edificio se producen y ensamblan las piezas.

En Renaud et Papi se redefinen las configuraciones de los movimientos, de­sarrollando los métodos para su industria­lización y producción. Aquí se fusionan el savoir faire de la alta relojería con el diseño, la innovación técnica y tecnológi­ca.

La fábrica de Giulio produce alrededor de 800 piezas al año, 400 para Audemars Piguet —de una producción total aproxima­da de 31,000 unidades— y 400 para otras firmas como Chanel o Richard Mille, entre otras.

Con más de medio billón de dólares en ganancias anuales, el reto ac­tual es diluir los costos incrementando la calidad. “El camino: organizarnos mejor. La meta es disminuir a 5.8% el servicio post venta, actualmente valorizado en un 8%. Buscamos también reducir el tiempo en la producción de componentes en cantidades de 12 meses promedio a 12 horas”. Lo que no traducimos en mayor producción, sino en mejor especializa­ción de procesos, tiempo de investiga­ción y recursos en innovación.

 

El arte del tiempo

Nuestra cita al día siguiente, es en el museo Audemars Piguet en la que fuese residencia del propio fundador, Edward-Auguste Piguet; quien forjaba piezas y ensamblaba sus relojes en el ático de la casa aprovechando todo halo de luz posible.

Con el exilio protestante a inicios del siglo XVIII, los Hodemart llegaron a Fran­cia para instalarse después en el valle de Le Joux. En 1875, hace 138 años, Auguste Piguet y Jules Audemars unieron sus nombres en la creación de un taller reloje­ro que se convertiría en el protagonista de algunos de los más brillantes capítulos de la alta relojería.

En 1883 el taller se especializaba ya en relojes de sonería y para 1907, con la cons­trucción de un nuevo edificio continuo, la firma operaba con 58 artesanos relojeros.

Ya en 1972, Audemars Piguet revoluciona la relojería moderna con el Royal Oak, creación de Gerald Genta, el primer reloj deportivo de lujo en acero inoxidable, un material nunca antes usado en la indus­tria. Veinte años después, la firma lanzó el Royal Oak Offshore en conmemora­ción al aniversario de su más emblemá­tica creación; pieza que dio a conocer en América en la muñeca del mismo Emilio Azcárraga Milmo.

En 1986 se crea otra pieza maestra, el primer reloj de pulsera automático y extraplano con tourbillion, movimiento creado más de un siglo antes, en 1801, por Breguet. En el museo se encuentra el taller de los artesanos especializados en creación, ensamblaje y decoración de la complicación; seis relojeros producen 60 piezas al año. Y, entonces, los concep­tos de exclusividad y colección adquie­ren nuevo y real sentido.

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A todo Einstein un Da Vinci

La últi­ma puerta conduce al ático, taller del director del museo y responsable del mantenimiento y reparación de todas las piezas —propias y ajenas— que la colección Audemars Piguet tiene a lo largo de su historia. “Si tu abuelo te he­redara un Audemas Piguet perteneciente a su bisabuelo y quisieras repararlo, ese reloj terminaría aquí, en mis manos.”, me asegura Francisco Pasandin.

De toda la experiencia, incluyendo a la bienvenida en el hotel de Heidi, el taller de Gepetto es el rincón más mágico en todo Le Brassus. Francisco juega con sus herramientas como niño con sus nuevos obsequios de Navidad y comienza su demostración en el verdadero arte de la alta relojería, la restauración.

La pieza en sus manos resulta ser un reloj de bolsillo adquirido en una subasta por uno de los coleccionistas más importantes del mundo, Marcus Margulis, dueño de Time Products; la distribuidora más grande de relojes de Londres, con dirección en la calle Bond, y quien presume tener “la colección más importante del mundo. Estas cajas poseen, casi en su totalidad, el archivo histórico de la firma. Aquí se encuentran todos los prototipos creados a lo largo de más de 130 años historia y un sinfín de colaboraciones”.

Desde siempre, cada creación de la firma es registrada en una bitácora que indica su nombre, año de producción y la referencia de su caja en archivo. “Mi trabajo es regresar a las piezas la energía funcional que han perdido en el tiem­po y rescatarlas de malas reparaciones pasadas. Debo investigar hasta conocer a la perfección el proceso mecánico y de ingeniería que les da vida; repararlo, rehacerlo en caso de ser necesario y re­gresar al cliente la mejor versión “100% original”. Así, en minutos y frente a mis ojos, orquesta una sinfonía de herra­mientas, alambre de cobre y fugata, que dan vida al perfecto sonido entonado de un repetidor de minutos… Savoir faire.

 

Fascinante despedida

La noche culminó con una velada her­mosa en compañía de Francisco y otros extraordinarios compañeros. Fondue, en el concurrido Les Croisettes, es también una visita obligada en la agenda, según me explican… ¡Y lo agradezco!

Pero nuestro encuentro matutino llega para levantar el ánimo, Octavio García es un personaje con el que siempre vale la pena compartir. Como director artístico de Audemars Piguet, Octavio establece y aplica las estrategias de creación de producto e identidad visual; en él recae la responsabilidad de cultivar los procesos estilísticos de la firma, dirigiendo los en­foques de producto, venta, comunicación institucional e imagen global. “Tengo el privilegio de ser la cara ante el cliente”.

La plática se anima en torno a cómo se subestima la influencia de los hombres en las mujeres con respecto al uso de relojes. “Las mujeres usan joyas, no relojes. Las mujeres que utilizan grandes piezas de re­lojería compiten en el mundo de los nego­cios con hombres”. El punto es aprobado. Y en la participación femenina, el hecho se revela mucho más claro; aunque como sucedió en la década de 1990, advierte un boom en su participación dentro del mercado, “tanto con piezas diseñadas para ellas como con creaciones de inspiración masculina”.

El reto para él se presenta en la creación de productos que exciten la imaginación y desafíen a los clientes, sin traicionar los valores y la herencia de la marca. “La vanguardia y la innovación ya están aquí, las vivimos, son parte de nues­tra realidad. Buscamos honrar nuestra historia única y trascendental, para lo que necesitamos ir más allá del producto en sí, reforzando y explotando el poder de iden­tidad de marca con todas sus maravillosas implicaciones”… Inteligencia creativa, maestría estética, precisión comunicacio­nal, así es Octavio.

El chofer espera ya en el auto y no queda más que decir hasta luego. Volveré, porque mi Audemars Piguet, afirmación de mérito y logro, han prometido entre­garlo firmado mis tres amigos: Giulio, Francisco y Octavio, creadores de obras maestras de edición limitada, visionarios hombres que comparten sus encantos entre la alta tecnología e ingeniería me­cánica y el savoir fair del más exquisito quehacer artesanal.

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