La inversión no se irá de México. Las reformas estructurales la atraerán por montones, sin importar si el caso de Ayotzinapa se resuelve o no. Así es el capitalismo.

 

A la hora de escribir estas líneas, hacia el inicio del frío diciembre, los senadores de la República discutían la ley para la formación de mandos únicos policiales estatales que el presidente Enrique Peña Nieto había enviado horas atrás, luego del anuncio que hizo en Palacio Nacional en noviembre, cuando aseguró que las policías municipales estaban rebasadas. Si todo sale bien, para cuando circule este número de Forbes México estaremos en la postrimería de esa acción legislativa, esperando la ejecución de los primeros pasos para que desaparezcan las policías municipales.

Los mandos únicos policiales es uno de los 10 puntos que el Ejecutivo presentó como solución al problema grave que aqueja a esta sociedad, que se ha dicho harta y cansada hasta decir “basta” por el desasosiego en que nos tiene metido el crimen organizado y la violencia. Otros aspectos que destacó el presidente fueron la creación de tres zonas económicas especiales que impulsarán en Oaxaca, Chiapas y Guerrero; la iniciativa de ley para evitar la infiltración del crimen organizado en los poderes municipales; la creación de un número de emergencias 911 universal, y la identificación con un número único para cada mexicano.

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Muchos mexicanos dudaron de la efectividad de las propuestas del presidente. Se le reprochó que durante su discurso más esperado colocara la lucha contra la corrupción casi al final de sus propuestas, y que no hubiera mostrado rasgos de empatía total con los ciudadanos al establecer un mea culpa que le habría legitimado en sus iniciativas, sobre todo si hubiesen venido acompañadas de la destitución de alguno de sus colaboradores cercanos. La ciudadanía estaba dolida.

Lo cierto es que pasaron dos meses de la terrible tragedia de Ayotzinapa, donde perdieron la libertad –y muy probablemente también la vida– 43 estudiantes de una normal superior rural, y no había indicios de una motivación específica para esclarecer el crimen. Eso, tan sólo eso, mantenía la incertidumbre sobre el episodio, y coronaba la sinrazón de quienes incluso pedían la renuncia del presidente de la República.

Pero hay una dimensión que ha sido poco explorada en el tiempo que ha llevado esta discusión: la inversión, que parece no haber sufrido un ápice con el oscuro momento de la realidad nacional. De tal suerte, hacia finales de noviembre y principios de diciembre, las variables económicas seguían dando soporte a los atributos atractivos del México que proyectaron las reformas estructurales. En otras palabras: el dinero no reparó en el episodio de sangre. ¿Es injusto? ¿Es cruel? No lo sé. Simplemente así es.

Si uno mira las variables que preocupan a los hombres y mujeres de negocios estos días, el tema de Ayotzinapa no aparece en las prioridades. Antes se alertan por la dramática caída en los precios del petróleo, o por la altísima volatilidad en el mercado de divisas que ha hecho de las suyas con el peso. Más aún: a los inversionistas les sigue pareciendo más importante el plazo en el que la Reserva Federal resuelva subir las tasas de interés, y la ventana que eso abrirá para hacer transacciones arbitrando sobre tasas diferenciadas.

En mi opinión, hay dos características que explican esta paradoja. La primera es que incluso en los más sofisticados rincones del mundo se sabe que la tragedia de Ayotzinapa no es un crimen de Estado y no tiene nada que ver con el país que ha proyectado el presidente Peña. Es decir: absolutamente nadie ha concluido que Peña tuvo algo que ver con esta tragedia. A muchos les parecerá obvio decir esto, pero para el inversionista internacional resulta crítico deslindar el grado de involucramiento de los presidentes y mandatarios en episodios de gravedad. En pocas palabras: esto no es el Medio Oriente y el mundo lo sabe.

Una segunda característica es que las instituciones siguen funcionando y, de hecho, lo hacen de forma cada vez más robusta. Viéndolo desde afuera, esto toma sentido: imaginemos a un directivo alemán o suizo leyendo de Ayotzinapa, pero en la confianza de que el Banco de México, el INE, la Bolsa Mexicana de Valores o las finanzas públicas están a pleno funcionamiento. La estabilidad de instituciones importa mucho.

La inversión no se irá de México. Las reformas estructurales la atraerán por montones, sin importar si el caso de Ayotzinapa se resuelve o no. Así es el capitalismo. Habría que entender si ese capitalismo es el que deseamos cultivar, porque si no, debemos modelar ya un esquema alternativo.

 

 

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