La Reserva Federal de EU, hasta órganos periféricos como el propio Banco de México, se manipulan la tasa de interés a la baja.

 

Resulta curioso que a estas alturas de la crisis económica global, muchos aún no conozcan la importancia que tienen el oro y la plata en el sistema monetario y en la determinación del nivel de interés, y en cambio se dejen guiar por los mensajes provenientes de medios especializados y círculos académicos dominantes, en los que se les atribuye un mero papel de materias primas, o en el peor de los casos, de “reliquias” del pasado.

No sorprende. Esa ha sido la línea desde que los keynesianos y monetaristas dominan la escena económica, algo que ocurre desde el siglo pasado.

En este espacio hemos dedicado amplias líneas a explicar cómo y por qué, a pesar de que haya leyes que los hayan desmonetizado por la fuerza, el oro y la plata seguirán siendo el único dinero real y por excelencia. Ya Carl Menger demostró en el siglo XIX que el dinero es una institución social desde su origen, y no estatal. El dinero así surgió espontáneamente en el mercado, como una herramienta de las personas para el intercambio, y no como un invento del gobierno.

Así que la “modernidad”, tan alejada de los principios básicos y fundamentales de la economía y del dinero, ha caído en el soberbio error de creer que lo complejo es mejor que lo sencillo, que lo intrincado es superior a lo simple, y que por tanto, ya es posible violar las leyes económicas de manera impune.

Nada más alejado de la realidad.

Haber desarrollado un sistema en el que el “dinero” puede crearse de la nada, imprimiendo billetes o cargando simples cuentas imaginarias en computadoras, no es lo que le dio a la humanidad la posibilidad de alcanzar un progreso que antes era inimaginable. Eso pudo ocurrir gracias a la acumulación de riqueza (ahorro) que se convertiría luego en capital, y al desarrollo propio del capitalismo.

Esa acumulación se materializó debido a la propensión natural de los seres humanos a hacer acopio de provisiones, en prevención de acontecimientos y situaciones riesgosas futuras, como el simple hecho de que al envejecer ya no tendrán las mismas fuerzas para trabajar y procurar su sustento. En una palabra, la senescencia afecta sus decisiones en el presente.

Por sus características físicas, sus bajos costos de almacenamiento, su conservación y sobre todo su “vendibilidad”, el oro se fue convirtiendo en el medio de acumulación más propicio para esos fines desde tiempos inmemoriales. Dinero, con auténtico valor redimible en el futuro.

Es por ello que el oro, y en segundo lugar la plata, son la últimas estaciones en el camino del ser humano económico que tuvo que ir descubriendo, vía la discriminación de mercancías, las dos más aptas para funcionar como medio de intercambio general, pero también, para satisfacer su necesidad de guardar provisiones. Su necesidad, deseo y derecho de acumular.

Éste, guarda una estrecha relación con el surgimiento del interés. El Prof. Antal Fekete, fundador de la Nueva Escuela Austríaca de Economía, ha desarrollado toda una teoría al respecto, que explica en sí misma por qué un sistema de divisas fíat, como el que vivimos en la actualidad, no solo corrompe el dinero y las tasas de interés, sino que tiende a la destrucción de capital. En consecuencia, también al fin de la civilización como la conocemos actualmente. Todo cambiará y no para bien.

Y es que en una estructura con la que se permite crear dinero a voluntad, expandir el gasto público y privado con cargo a la deuda, y manipular las tasas de interés para “estimular” el crecimiento económico a través de más consumo, el resultado no puede ser más que ese.

Se disocian así el universo real del ilusorio, que por construir castillos en el aire está condenado al fracaso y el desastre total.

En el primero, el mundo real que no tenemos, la tasa de interés es la que determina el techo y el piso a la acumulación de oro: una tasa bajará hasta el punto en que el nivel de ahorro comience disminuir por los bajos rendimientos, y así la sobreabundancia de reservas comience a mermar, ya sea porque se utiliza directo para consumir o simplemente porque el tenedor opta por guardar su tesoro en casa.

En cambio, la tasa subirá hasta el máximo en que alcance a la productividad marginal del capital, esto es, el vértice llegará cuando ante rendimientos tal elevados sea mejor para el empresario vender sus activos para comprar un bono de oro, y recibir sus beneficios sin tanto riesgo. El proceso se revierte justo para atraer más reservas de oro (ahorros) al sistema.

Así que una perversión de esos mecanismos de libre mercado –como por cierto se practica en nuestros días, no puede traer consecuencias positivas. No hay sistema de dinero real en operación, ni mercados ni tasas de interés de verdad libres que no manden mensajes tergiversados al público inversor.

En cambio, hemos alcanzado el punto en que desde el centro de la estructura monetaria, la Reserva Federal de Estados Unidos, hasta órganos periféricos como el propio Banco de México, se manipulan la tasa de interés a la baja.

Tasas bajas no destruyen el capital per se como ya se vio, pero sí lo hacen las que no dejan de tender a la baja, como consecuencia de esa artera manipulación.

La razón es que no importa qué interés tome el empresario para invertir, siempre será visto mañana como caro y en mal momento, pues en el futuro las condiciones habrían sido mejores y más baratas. De modo que el instinto de aquellos no los lleva por el lado de arriesgarse a emprender, generar riqueza y empleos como creen los gobiernos y bancos centrales, sino en el mejor de los casos a acumular activos reales para defenderse de la desgracia que sin remedio se avecina: la Gran Deflación.

De todos esos activos, la acumulación de los más avezados está presentándose como lo fue antes y lo será por siempre, en la mejor forma posible: el oro.

Así lo confirman indicadores como la base y la cobase del metal (descubiertos también por Fekete) que están en “backwardation”, o la propia tasa GOFO (Gold Forward Offered Rate) que otra vez se encuentra en terreno negativo a uno, dos y tres meses.

Esta “backwardation” o inversión de la curva del mercado del oro, significa que hay “escasez” de metal físico, pues “las hormigas” no dejan de guardar provisiones de forma ávida y desesperada para el invierno económico que nos espera, por lo que están dispuestas a pagar más caro por tener el oro hoy, en vez de una simple promesa de entrega futura.

Las cigarras, al revés, preferirán seguir cantando y bailando al ritmo de las divisas fíat, en perjuicio de la gran mayoría de habitantes del planeta que las sigue.

Entre más tardemos en corregir este problema con el falso dinero de papel, manipuladas tasas de interés y mercados no libres, o peor aún, si esa corrección llega por la fuerza, más lo habremos de lamentar.

 

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