Los Objetivos de Naciones Unidas para 2030 demandarán grandes recursos en ayuda económica, está claro que no alcanzará para los grandes retos de la humanidad. Algunos críticos proponen reducir las metas. Y no parece mala idea.

 

Por Alberto Monterrojo

Erradicar la pobreza extrema y el hambre, alcanzar la educación primaria universal y promover la igualdad entre los sexos es pensar en grande. Si se alcanzaran estas tres metas el mundo sería muy diferente, pero los Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas (ONU), que se concibieron en 2000 y tenían que haberse cumplido este 2015, eran métricas exageradas y como era previsible, unas se lograron a medias y otras siguieron empeorando.

Es posible que esta lección se tenga en cuenta después de que en Nueva York se acaba de celebrar la Cumbre sobre el Desarrollo Sostenible Post 2015. La intención es ambiciosa: la agenda hacia 2030 incluye 169 tópicos, algunos específicos y otros tan amplios e inalcanzables como erradicar la pobreza y promover la prosperidad para todos. Se estima que en estos próximos 15 años se aplicará un presupuesto global de 2.5 billones de dólares (trillones, en la nomenclatura estadounidense).

 

Focos divergentes

Aunque no hay dudas sobre la necesidad y la justicia de esta redistribución de recursos, no todos los involucrados concuerdan con esa agenda que discutirán los líderes en septiembre. Uno de los críticos más convincentes es el danés Bjorn Lomborg, presidente del Copenhagen Consensus Center (CCC) (www. copenhagenconsensus.com), quien estuvo en México para presentar sus propuestas y llamar la atención sobre los objetivos que este colectivo considera más rentables en términos de costos y resultados (y no son más de 20).

No es la primera vez que Lomborg cuestiona temas delicados: en 2001 publicó su libro El ecologista escéptico (The skeptical environmentalist), en el que, sin negarlo, modera la importancia y velocidad del cambio climático; en su opinión, otros temas como la pobreza y las enfermedades prevenibles son más graves y prioritarias, y atenderlos es más productivo que luchar contra las emisiones contaminantes: “El calentamiento global es una realidad, es producto del ser humano y es un problema importante. Pero no es el fin del mundo”, dijo en una entrevista. A la luz de los magros resultados del Protocolo de Kioto, parece que se pueden alcanzar mejores avances empujando causas más aterrizadas.

El CCC es un think tank o centro de estudios que inicialmente tuvo el apoyo del gobierno de Dinamarca, y ahora tiene su sede en Estados

Unidos y se financia con donaciones. Acaba de publicar un trabajo al que contribuyeron economistas y premios Nobel, y que analiza la agenda de la ONU desde el enfoque de la sociedad del bienestar. Con los datos estadísticos disponibles calcula el retorno que tendrán las inversiones y, con ello, selecciona las tareas que darían mejores resultados dólar por dólar.

A primera vista parece un criterio mercantilista, pero si se observa bien resulta razonable. Es lo mismo que cuando se piensa en la jubilación temprana y generosa: es apetecible, pero alguien tiene que pagarla.

Lomborg y sus colegas calculan que si los 2.5 billones de dólares (bdd) se aplicaran a las causas más prácticas y se postergaran las ideales, se transformarían en 50 bdd en beneficios sociales, económicos y ambientales para la humanidad.

A este activista danés, que llama la atención porque siempre anda con playera negra, se le dan los números (al fin que es un estadístico). Explica que dedicar miles de dólares a reentrenar a los trabajadores veteranos tiene un retorno pobre, incluso incierto; y que aumentar el tamaño de las áreas naturales protegidas es un pésimo negocio.

Es mucho más “económico” dedicar esos mismos dólares a pagar vacunas y mejorar la alimentación de los niños de África Central, de los que mueren millones cada año.

 

Casos prácticos

Algunos ejemplos servirán para ilustrar: procurar que todos los niños vayan a la escuela primaria es muy deseable y la ONU se ha propuesto lo mismo en 12 declaraciones desde los años de la década de 1950; lo cual no se ha podido materializar porque es una meta idealista. Llegar con la escuela y los maestros a los lugares más aislados y con peores condiciones sociales cuesta mucho más que enfocarse en zonas ya desarrolladas, donde los niños pueden ir todos los días y aprovechar lo que aprenden.

Considerando que los presupuestos siempre son limitados, es más realista asegurarse que una parte de los niños vaya a la escuela y se gradúe, porque con ellos se habrá roto el círculo vicioso del analfabetismo y la pobreza. Otros quedarán rezagados y tendrán que esperar, pero si se busca una cobertura universal a toda cosa, lo más seguro es que no se logre ni una cosa ni la otra.

Es el caso de América Central: en Guatemala la población alfabetizada es de apenas 69% y en Nicaragua de 67.5% (Costa Rica y Panamá están por encima de 94 y 91%, respectivamente); con los recursos presupuestales disponibles en esos países es mejor pensar en un avance de 10 o 15%, para situarse alrededor de 80-84%, que perseguir el inalcanzable objetivo de la cobertura universal. Parafraseando a Lomborg y su equipo de asesores, “El que mucho abarca, poco aprieta”.

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Mortalidad infantil

Otro buen ejemplo es la tasa de mortalidad de menores de cinco años, que según las Naciones Unidas ha descendido 49% entre 1990 y 2013. Pese a que el ritmo se aceleró e incluso triplicó en algunos países, la cifra quedó lejos de la meta de reducirla en dos terceras partes para 2015. En 2013 murieron por causas prevenibles 6.3 millones de niños y niñas menores de cinco años, unas 17,000 muertes cada día. Casi dos terceras partes ocurrieron en sólo 10 países, sobre todo en el África Subsahariana, que es donde Lomborg aconseja concentrar los esfuerzos.

América Latina y el Caribe han hecho grandes logros en esta materia, pero la cifra aún es elevada, con un promedio de 18 muertes por cada 1,000 nacimientos (los países industrializados tienen un tercio de eso. Las diferencias entre los países de la región son considerables: mientras en Costa Rica la tasa es de 10 por cada 1,000, en El Salvador es de 16, en Honduras de 22, en Nicaragua de 24 y en Guatemala de 31 de 1,000 (esto representó 15,000 fallecimientos en 2012). Si se redujera la tasa a la mitad, lo que ya es un gran impacto, Guatemala se emparejaría con El Salvador y se salvarían 7,500 vidas. Aun así quedarían a distancia de Costa Rica, el país más adelantado de este grupo.

Dejar fuera de los programas de desarrollo y ayuda humanitaria a países y poblaciones puede parecer cruel e injusto. Pero según Lomborg y sus consejeros, es la mejor manera de encausar los recursos, obtener resultados en firme y asegurar un retorno social para la siguiente etapa.

En entrevista para forbes Centroamérica, este provocativo profesor universitario reconoce que prometer salud y bienestar para todos es una apuesta ganadora, sobre todo si hay fines políticos, pero que esos ideales universales son inalcanzables en el corto plazo de 15 años.

Su estudio The Smartest Targets for the World (Los mejores objetivos para el mundo, disponible en Amazon) escoge sólo 19 tareas, algunas de las cuales se centran en el África Subsahariana y otras tienen un alcance global, como la apertura del comercio y el combate a la corrupción y el lavado de dinero.

En términos sociales y económicos, algunas de esas tareas pueden tener una utilidad social y económica de hasta 45 dólares por cada dólar desembolsado, incluso más.

Reducir a la mitad la destrucción de los arrecifes de coral, aunque parezca un tema menor, requiere una inversión pequeña pero tiene un premio de 50 a 1 en términos de la regeneración de las pesquerías, el buceo turístico y la protección de las costas contra fenómenos naturales. Tratar a los enfermos con tuberculosis, que son más de un millón en todo el mundo, cuesta poco pero tiene un enorme retorno, puesto que los pacientes regresan al trabajo en lugar de estar hospitalizados o abandonados en sus casas.

Eliminar algunas restricciones al comercio (Ronda de Doha) podría tener un impacto incalculable en la calidad de vida y los ingresos de agricultores y productores en los países menos desarrollados, porque el libre intercambio les atraerá inversiones y tecnologías.

Es una oportunidad para países de Centroamérica enfocados a las agroindustrias, que con menores restricciones podrían llevar sus productos más lejos y obtener mejores precios.

 

Lo que el Istmo requiere

Sin exagerar en sus demandas, los países de la región pueden beneficiarse en gran medida si ajustan sus metas a los recursos disponibles y concentran sus esfuerzos en lograr lo que se han propuesto.

Desde la óptica del Copenhagen Consensus es posible y realista reducir en 40% la malnutrición infantil crónica, reducir en 90% las muertes por tuberculosis, disminuir en 70% la mortalidad neonatal, eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, instalar en las casas campesinas cocinas con tiro para evitar la contaminación por el humo de leña, y aumentar en dos años la escolaridad de las niñas y jovencitas.

Tampoco es una mala inversión mejorar la forma en que se colectan y procesan los datos y la información con fines estadísticos, porque en muchas áreas son imprecisos y poco confiables. Y ya se sabe que lo que no se mide no se puede mejorar. Es más, lo que no se cuenta bien acaba en el bolsillo equivocado.

 

Paradojas modernas

Los Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas, y ahora los Objetivos Post 2015, no pueden entenderse fuera de contextos políticos y económicos, que son los que justifican que los países más industrializados destinen parte de su dinero, y recursos humanos y tecnológicos a ayudar a otros menos favorecidos o que han sido mal gobernados y explotados. No es generosidad pura, aunque lo parezca.

Todos estos propósitos, que incluyen ayuda humanitaria, desarrollo social y urbano, intercambio de tecnología, fortalecimiento de las instituciones democráticas y hasta asistencia militar y de seguridad, buscan aliviar la precariedad en que viven millones de personas y compensar la paradoja de la inequidad. Lo hacen también algunos magnates que, después de amasar fortunas fuera de toda proporción humana, las dedican a financiar programas sociales y fundaciones filantrópicas.

Es una inversión que tiene además una justificación estratégica: en el pasado la asistencia se utilizó para fortalecer las alianzas entre las naciones de uno y otro bloque, lo que dio lugar a amistades inesperadas, como las de Taiwán y América Central.

Las cosas han cambiado y en el mundo actual, globalizado y multipolar, mejorar las condiciones de vida y apoyar a los gobiernos débiles es una estrategia para combatir el terrorismo. Esto también da lugar a alianzas y distancias inesperadas, como las de Estados Unidos, Rusia y China, y sus respectivas redes y asociaciones. No les falta razón: defender gobiernos fuertes, alentar el ascenso de las clases medias y mejorar el tejido social hará que la gente tenga menos motivos para ponerse un chaleco con explosivos o lanzarse por los desiertos a matar en aras de una vocación mesiánica.

 

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