El septuagenario político es el último gran fenómeno mediático de Estados Unidos, y con su marcada agenda de izquierda democrática en pleno paraíso capitalista mundial es uno de los favoritos para ganar las elecciones presidenciales de noviembre.

 

Por Andrés Arell-Báez

De pie, firme, erguido en la tarima del auditorio de la Universidad Estatal de Iowa, las primeras palabras que el candidato demócrata Bernie Sanders le dirige a su público son: “¿Están listos para hacer una revolución política?” La respuesta del respetable, conformado en su gran mayoría por jóvenes estudiantes, es un atronador “¡Yeah!”

El suceso, ocurrido el 25 de enero (de 2016), no tiene absolutamente nada de anecdótico. Sanders, senador independiente del estado de Vermont, autodeclarado socialdemócrata y hasta hace poco un desconocido congresista, se ha convertido en el último gran fenómeno mediático de Estados Unidos, tras haber propiciado un terremoto político al posicionarse, al día de hoy, como uno de los favoritos para ganar las elecciones presidenciales de noviembre.

Y el mundo entero debería prestar atención, porque como dice él, lo anhelado por su movimiento es implantar en el coloso del norte un programa que varíe el sistema económico en vigor, con medidas como incrementar los impuestos a las clases más pudientes y a la especulación financiera, duplicar el salario mínimo, reformar los tratados comerciales, reinstaurar la ley Glass-Steagall en la legislación bancaria, revocar la Citizen United, renovar la infraestructura, impulsar las energías limpias para luchar contra el cambio climático, instaurar la gratuidad en la educación y un sistema de salud público que abrigue a todos los ciudadanos.

Su plan tiene una meta definida: reducir la brecha de ingresos que asfixia la economía, disminuyendo la cacareada desigualdad, ese término que el economista francés Thomas Piketty puso en boga desde la publicación de su libro El capital en el siglo XXI, y el que catalogó como el problema más apremiante de la actualidad.

Sanders, quien comparte ese análisis, se refirió al tema en una de sus primeras apariciones como candidato, al decir que en Estados Unidos, en los últimos 40 años, un trillón de dólares se han redistribuido desde la clase media hacia el 1% más rico. Para él, es hora de revertir la situación.

Bernie Sanders, se podría decir, instalará una marcada agenda de izquierda democrática, en medio del paraíso capitalista mundial: Estados Unidos. Por sorprendente que pueda parecer, las encuestas demuestran que, cada vez más, eso es lo que quieren sus ciudadanos.

Su campaña arrancó la carrera por la nominación demócrata 50 puntos por debajo de su contrincante más fuerte, la ex secretaria de Estado de Obama y antigua primera dama de Bill Clinton, la señora Hillary Clinton. Tuvo, según un informe presentado por MSNBC, 10 minutos de cobertura mediática, mientras que su colega en el partido tuvo 113, antes del primer debate.

A pesar de la clara disparidad, la verdad es que poca falta le hizo salir en los medios. Sanders se ganó el corazón de sus seguidores haciendo política a la vieja usanza: en la calle, con sus discursos, hablando con los ciudadanos, y como si de un fenómeno viral se tratara, gracias a su retórica terminó atrayendo masivas audiencias, llegando a movilizar más personas que cualquier otro candidato en la historia.

Después que sus discursos habían sido escuchados por cerca de medio millón de ciudadanos, Sanders se convirtió en el político que mayor cantidad de donaciones individuales ha recibido en la historia (su campaña no acepta aportes de los billonarios), posicionándolo como un muy posible ganador de los caucus de Iowa y New Hampshire.

Más aún, según la última encuesta de la Universidad de Quinnipiac, de ganar él la nominación demócrata, su partido derrotaría a cualquier candidato republicano en las elecciones generales de noviembre.

Lo que hasta hace poco parecía improbable, hoy es un futuro posible. Un candidato socialdemócrata tiene oportunidad de tomar la presidencia de Estados Unidos. El porqué de esta coyuntura tan particular es algo que Sanders explicó con maestral simpleza en la entrevista que le concedió a Charlie Rose.

Le comentó el político, al periodista, que “a la gran mayoría de ciudadanos no le está yendo bien en el país y que la clase media está desapareciendo por completo”. Esa misma clase media es la que está impulsando a este hombre a niveles inimaginables de popularidad.

Pero este septuagenario político, con injusta fama de gruñón, ha inspirado mucho más. No se es seguidor de Bernie Sanders, se es fan de él. Los partidarios del senador por Vermont le han creído la tesis de que el establecimiento político y económico ha secuestrado a Estados Unidos para su propio beneficio y en contra de la gran mayoría.

Ven en su candidato no a un representante, sino más a un libertador, alguien que se enfrentará a la destructora codicia y el inmenso poder de Wall Street, capaz de atacar a los billonarios que evaden impuestos, y quien, desde el Estado, les llevará la salud y los empleos que necesitan.

Ese enfrentamiento con la estructura corporativa hizo de Sanders un rockstar y de sus votantes unos fanáticos. Cada vez que Bernie repite “la clase media rescató a Wall Street, es hora de que Wall Street rescate a la clase media”, su público se exalta en niveles similares a los de una estrella pop a punto de interpretar su más reciente éxito.

En The Iowa Brown & Black Forum, uno de los panelistas le preguntó a Bernie cuál estado creía él que era donde menos lo apreciaban. Su respuesta fue contundente: Washington, DC. Y puede tener toda la razón. El elemento más fascinante de Sanders es su coherencia e integridad, algo muy escaso en el Congreso.

Durante más de tres décadas, Sanders ha luchado por las mismas ideas que hoy lo tienen a las puertas del triunfo, sin nunca haberlas comprometido. En todo ese tiempo jamás ha tenido un solo escándalo que lo ligue a alguna acusación de corrupción o de mal comportamiento en sus labores.

Es por esto que para sus seguidores, Sanders representa la posibilidad de recuperar el ideal de lo que la política debería ser: un servicio para el bienestar general, convirtiendo la figura del candidato en una digna de estar junto a los nombres más emblemáticos de la historia política estadounidense, considerándolo el verdadero heredero del legado de grandes como Martin Luther King Jr.

No es, entonces, una cosa menor el cambio que se podría presentar en Estados Unidos con este hombre en la presidencia. Si será para bien o para mal, dependerá de quien lo analice.

Muchos incriminan al oriundo de Brooklyn de querer trasformar su país en una nueva URSS, mientras que él y sus devotos responden que la verdadera intención es acercarlos más a los niveles de vida de países como Finlandia, Canadá o Noruega. Otros anuncian un desastre en la economía por la aplicación de su plan, a lo que su séquito expresa que mejorar el ingreso de los trabajadores traerá más consumo, de allí más inversión y, por ende, más riqueza.

Aunque suene radical, su plan lo apoya el antiguo consultor de Bill Clinton, Joseph Stiglitz, merecedor del Nobel de Economía, quien en una entrevista en Democracy Now dijo: “Sanders tiene la razón.”

El futuro es incierto, pero todo indica que la historia está por volverse a hacer. En los ochenta, la llegada al poder de Thatcher y Reagan dio inicio a la implantación de políticas monetaristas a nivel mundial. Hoy, parece que el espectro político podría girar hacia el otro lado.

En el mundo desarrollado, el movimiento progresista está ganando mucho espacio: caso Podemos en España, caso Syriza en Grecia. Pero si Sanders llegara a ganar las elecciones, y su triunfo generara un impulso en Inglaterra –país en el que otro socialista, de apellido Corbyn, se presenta como una opción viable–, sin duda alguna la economía entera podría comenzar a modificarse y emerger un mundo nuevo; seguramente, uno menos desigual en términos de ingresos.

Pero el final de la carrera se vislumbra lejano e impredecible. Hillary Clinton sigue siendo, en términos generales, la favorita. Más allá de toda duda, sus calificaciones son insuperables y su experiencia envidiable. Pero tal vez es precisamente eso lo que no se necesita en este momento. Robert Reich, secretario del Trabajo de Bill Clinton, lo dejó muy claro:

“Ella (Hillary) es la candidata más calificada para el sistema político que tenemos ahora. Bernie Sanders es el más calificado para crear el sistema político que merecemos.”

El mismo Reich cita en su artículo un estudio de los profesores Martin Geils (Princeton) y Benjamin Page (Northwestern), en el que se estipula que las necesidades y deseos del votante común no tienen resonancia alguna en los estamentos políticos de Estados Unidos.

Parafraseando a Reich, ésta es una elección por el poder, entre aquellos que lo tienen y aquellos a quienes les pertenece. Clinton, quien ha aceptado donaciones de los grandes banqueros de Wall Street, parece ser cercana a los primeros, mientras que Sanders le debe todo su poder a las masas ciudadanas por mucho tiempo olvidadas, por lo que parece ser de los segundos.

Hasta hoy ha sido claro que la capacidad de atracción de Sanders y su mensaje es insuperable. Quien lo escucha se convierte, y en un momento de la humanidad en que las redes sociales dominan nuestras relaciones interpersonales, es claro que Sanders conecta cada día con miles más de personas. (Su último discurso, el 26 de enero, lo hizo frente a 20,000 personas en Saint Paul RiverCentre, en Minnesota.

Como Bill Maher le dijo en su programa de HBO, “la última persona de tu edad en causar esta clase de entusiasmo fue Mick Jagger”.

Puede ser, entonces, que estemos en los albores de una revolución política.


Andrés Arell-Báez es escritor, productor y director de cine. CEO de GOW Filmes.

 

Contacto:

Twitter: @andresarellanob

 

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