Hasta el momento, de la refinería “Bicentenario” en Hidalgo, sólo quedan la barda, una deuda de 1,500 millones de pesos y el olvido. Conoce la historia de este gran ‘elefante blanco’ del gobierno de Felipe Calderón.

 

 

 

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Vivimos en una República enunciativa. Más importante que cualquier proyecto público, es el anuncio de cualquier proyecto público. Para los políticos mexicanos –sin distingo de partido– la gestión de proyectos implica una revisión del calendario, pero no para definir plazos de cumplimiento, sino para empatar el anuncio con alguna efeméride. Así, sabemos que el 30 de abril se anuncian guarderías o que el 10 de mayo programas de apoyo a jefas de familia. La efeméride marca la pauta del anuncio y éste marca el ritmo del proyecto. Así es esta República enunciativa.

El mejor de los ejemplos ocurrió el 18 de marzo de 2008, fecha en la que se cumplieron 70 años de la expropiación petrolera. Algo tenía que anunciarse. El Presidente de la República, Felipe Calderón, hizo público el proyecto de refinación más ambicioso en la historia: una refinería que procesaría 250,000 barriles diarios y costaría 12,000 millones de dólares. Pero enviar un boletín de prensa es más fácil que ampliar la capacidad de refinación, con un proyecto 14 veces más costoso que una planta promedio en Estados Unidos.

 

La barda más cara de México

A partir del anuncio, el proyecto de infraestructura más ambicioso de la administración federal pasada, se convirtió en un carnaval; caso de estudio internacional de cómo no diseñar y ejecutar una obra de esta envergadura.

Como si se tratara de un concurso de belleza, una pasarela de aspirantes, entidades federativas se pasearon por las oficinas de Petróleos Mexicanos para promoverse como sedes de la refinería “Bicentenario”. Al final, cual programa televisivo, dos estados debieron enfrentarse en un duelo cara a cara: Hidalgo vs. Guanajuato.

A ambos se les pidió garantizar un polígono de tierras de al menos 700 hectáreas. Guanajuato pagó 1,000 millones de pesos –a través de una fantasmal empresa llamada “Cereales y Pastas Finas” – por tierras que hoy no valen nada. En el caso de Hidalgo, la historia es más compleja y surreal.

Declarado vencedor del certamen el 14 de abril de 2009, a Hidalgo se le puso una corona de espinas: tendría 100 días para entregar a Pemex las tierras. Entonces, la posición oficial de la paraestatal –hoy empresa productiva del Estado– era que en 2015 la refinería estaría en operación.

Se abrió entonces el capítulo más absurdo en términos de política pública: Pemex pedía a un estado erogar recursos públicos para garantizar que en ese lugar se asentara una obra federal. Hidalgo accedió a líneas de crédito con la banca comercial (Banorte y Banamex) para solventar el pago de las 700 hectáreas por 1,050 millones de pesos (mdp). 450 mdp más fueron solicitados a la banca para las obras de infraestructura colateral.

Hasta el momento, de la refinería “Bicentenario” quedan la barda, la deuda y el olvido. Para Petróleos Mexicanos 1,500 mdp son pequeñeces, pero al momento de la contratación de la línea de crédito, el monto representó el 40% de la deuda de Hidalgo. A seis años del anuncio, tras una reestructura del crédito (el plazo pasó de 12 a 15 años, centralizado en Banorte, con una tasa de 0.9% y no del 2% original), el boletín de prensa, el anuncio–efeméride, representa aún el 28% de la deuda total de la entidad. El saldo del abandonado proyecto es de 22.8 mdp mensuales de intereses, en un estado que tiene un PIB per cápita de 87,870 pesos al año.

Grafica Refinería

 

Necedad vs. necesidad

Es cierto: importamos la mitad de las gasolinas que consumimos, subsidiarlas fue una decisión claramente regresiva –más de la mitad de los recursos utilizados se quedan en los dos primeros deciles de ingreso– que abrió un boquete presupuestal, y podríamos refinar crudo en una o varias plantas menos onerosas que 12,000 mdd.

El tema no es ya la pertinencia de la refinería “Bicentenario”, mucho menos después de la reforma energética y los nuevos mercados que ha abierto. El tema es el costo real del anuncio fácil y la consecuente cadena de omisiones y medias verdades; visibilizar un asunto que no pinta más en la agenda, para resarcir errores y sentar un precedente de cara a los proyectos de infraestructura que están en puerta.

La administración federal anterior debió cancelar oficialmente el proyecto de la refinería “Bicentenario”. Sin embargo, ello hubiese dado a Hidalgo el derecho a reclamar una compensación. Esa omisión cuesta 274 mdp al año por el pago de intereses; considerando que los ingresos propios de la entidad no rebasan el 5% por ciento, el dinero sale del bolsillo de todos.

El político mexicano gusta de anunciar, no de corregir. Ambas cosas cuestan: la primera, al erario; la segunda, al político.

 

 

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