Todos hemos conocido un personaje como Bojack (o, en el peor de los casos, hemos sido uno), ese tipo que se empeña en destruir todo a su alrededor a pesar de tener buena estrella. Es aquel que cuando su vida parece ir en franco ascenso, toma el camino contrario, aunque eso signifique dinamitar los puentes restantes de su vida. Tocar fondo es inevitable, pero ¿hasta dónde llega el fondo?

Hay una escena en Melancolía (Melancholia, 2011) en la que Kirsten Dunst se sienta a la mesa a comer su platillo favorito y descubre que es incapaz de disfrutar aquello que alguna vez tanto amó. La vida de Bojack Horseman es fiel reflejo de ese plato. Durante los 90 fue famoso gracias a una serie de televisión (como si fuera Bill Cosby), y cuando terminó, su vida inició un franco descenso autodestructivo que ha culminado en su tercera temporada.

La animación creada por Raphael Bob-Waksberg y distribuida por Netflix es un crudo retrato de nuestras imposibilidades. Hasta antes de este momento, las historias de Bojack habían tenido un aire de esperanza: el caballo (es un universo donde animales y humanos conviven como iguales) buscaba, por cualquier medio, seguir en su espiral al vacío; sin embargo, de alguna forma la esperanza se colaba en su vida (aspiraciones al Oscar, una pareja, etc.).

La tercera temporada tiene como tema central que el camino iniciado por Bojack décadas atrás no tiene en realidad un camino de regreso, es la culminación de una vida enfocada al fracaso. Es la combinación de humor (a veces negro con el carbón), unas cucharadas de comentario social (nuestra nueva/vieja obsesión con las celebridades), y lo desolador de su narrativa lo que convierten a Bojack Horseman en uno de los productos audiovisuales más relevantes del año.

No es complicado dar un paso atrás y deducir por qué la industria cinematográfica (al menos la estadounidense) parece quedarse retrasada con respecto a la televisión y, ahora, los servicios de streaming. El temor a reducir sus ganancias los lleva a evitar todo aquel proyecto que trate temas más maduros, una caricatura sobre un caballo depresivo, con la voz de Will Arnett (especializado en este tipo de personajes; recuerden a Gob de Arrested Development) y un mundo lleno de incorrección política sería poco redituable alrededor del mundo.

Bojack es la prueba de que los límites pueden ser trastocados, destruidos, revueltos y vueltos a armar en aras de crear un producto que sea por igual entretenido y emocionalmente resonante. Si Intensa-mente (Inside Out, 2015) buscaba darnos a entender que sentirse triste estaba bien, Bojack Horseman quiere mostrarnos qué sucede cuando la depresión es el único camino transitable.

En un momento en que los antihéroes se convirtieron en figuras venerables dentro de la cultura popular (de manera masiva, pues), Bojack Horseman llega como un recordatorio de las consecuencias de nuestros actos. A diferencia de las grandes franquicias serializadas de la industria, en que las secuelas están extensas de efectos en verdad permanentes (¡mira, Superman está vivo!), una caricatura sobre un caballo nos recuerda que en la vida somos la consecuencia de nuestros actos. Cada decisión nos forma y ésa es nuestra verdadera condena.

 

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