Es preferible tener un crédito a plazo largo y con tasa preferencial. No obstante, el mal se encuentra en el comportamiento financiero de quien se endeuda.

 

Esta semana el gobierno Federal, presumió con bombo y platillo el haber sido el primer emisor soberano de un bono a 100 años en libras esterlinas. El monto colocado asciende a £1,000 millones (cerca de 1,660 millones de dólares) y cuenta con un cupón de 5.625%, con una tasa de rendimiento de 5.75% al vencimiento. Como es usual, fue anunciado como un signo más de la “confianza” que tienen agentes extranjeros en el manejo macroeconómico de las finanzas públicas y en la “fortaleza” de nuestra economía.

La realidad, sin embargo, no es tan prometedora.

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A pesar de que las tres calificadoras más importantes como Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch subieron la nota crediticia de México –en diciembre la primera y las demás en febrero, la realidad es que esa mejora en sus percepciones las basaron por igual en “expectativas favorables” por las reformas estructurales. Promesas y nada más.

Lo malo es que, si como se espera esas reformas funcionan para elevar la inversión, el crecimiento y el empleo, lo harán en un futuro que no es nada cercano. Mientras tanto, seguiremos atados a lo que suceda con la economía de Estados Unidos: si se expande, lo haremos también en mayor o menor proporción, pero si cae, el desplome aquí será ampliado. La historia se repite.

En este espacio comentamos el lunes que las economías emergentes, como la nuestra, están comenzando apenas a ver el inicio de sus tribulaciones. El recorte de estímulos monetarios por parte de la Reserva Federal estadounidense, es el foco amarillo que nos recuerda que el “tsunami” de dinero barato con el que han inundado al mundo no durará para siempre. Tampoco las tasas de interés manipuladas a niveles históricamente tan bajos.

Esto viene al caso porque a pesar de la arrogancia del gobierno de la República, lo cierto es que lo único que ha permitido que coloque bonos a tasas tan accesibles y plazos tan largos, es el contexto internacional. Si el mercado de bonos no fuese manejado para “estimular” la economía –como lo tratan de hacer sin éxito los monetaristas a cargo de los principales bancos centrales del mundo, es un hecho que los tipos de interés que estaríamos viendo serían mucho más altos. Así, sería imposible para México gozar de las condiciones que está obteniendo en la actualidad.

Tarde o temprano la fuerza del mercado se impondrá, y las tasas de interés explotarán. Es tan seguro como que mañana saldrá de nuevo el sol.

Ahora bien, claro que es preferible tener un crédito a plazo largo y con tasa preferencial, cualquiera lo sabe. No obstante, el mal no se encuentra ahí, sino en el comportamiento financiero de quien se endeuda.

Si por ejemplo una persona con sus tarjetas de crédito hasta el tope decide solicitar un préstamo hipotecario sobre su casa, para con eso liquidar sus tarjetas y pagar menos, desde luego que tendría una tasa mucho más baja y un plazo extendido. Pero si su patrón de consumo siempre ha sido gastar más de lo que le ingresa, volverá a saturar pronto sus tarjetas de crédito y al final, tendrá dos problemas enormes cuando lo que quería era salir de uno.

Eso a escala macroeconómica es lo que nos está sucediendo. El gobierno federal se ha comprometido a “impulsar” el crecimiento este año –y lo que resta del sexenio, por medio de la típica receta keynesiana: ampliar el déficit público. Eso asegura que el endeudamiento crecerá de forma acelerada. En otras palabras, el gobierno es esa persona cuyo problema es su forma de gastar, más que el nivel relativo de todo lo que debe.

Aunque al secretario de Hacienda, Luis Videgaray, le gusta comparar la deuda del Sector Público mexicano con respecto al PIB (36.3%), que en 2013 fue menor a la de otros países como Estados Unidos (104.1%), Francia (113%), Italia (145.7%), España (99.6%), etc., lo cierto es que omite decir que esa adicción a endeudarse es una de las causas fundamentales de los serios problemas de estancamiento y depresión en que se encuentran metidos. Mal hacemos en quererlos imitar, pues en vez de seguirlos, deberíamos hacer lo contrario para mitigar los efectos de la nueva Gran Depresión a la que están arrastrando al mundo.

La fuente de la prosperidad no se encuentra pues en el crédito, la deuda y el consumo excesivos sino en todo lo contrario: la austeridad, el ahorro y la creación de capital. Bien haríamos aquí si primero equilibramos nuestras finanzas públicas y nuestras cuentas con el exterior. Luego, la meta serían los superávits. Es una pena que luzca imposible por el momento. Esa es una fórmula que no gusta a los políticos, porque el avance es lento, muy progresivo, y ellos tienen prisa por quedar bien hoy, exaltar su ego y ganar las siguientes elecciones.

Mientras no instauremos esa fórmula como un objetivo de Estado, seguiremos presumiendo que colocamos bonos a 100 o mil años en divisas extranjeras, pero cavando más hondo nuestra propia tumba frente a la que sin duda, es la burbuja más grande de todos los tiempos: la burbuja de los bonos soberanos.

 

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