Mientras festeja en grande, la mayor economía de América Latina, reconocida y odiada por su espectacular crecimiento en los últimos años, enfrenta una desaceleración y serios desequilibrios en sus cuentas.

 

Por Emiliano Corona

 

Del Brasil imbatible, que entre 2004 y 2008 logró crecer a una tasa promedio de 5%, ya queda poco. Hoy, el modelo de desarrollo aplicado por el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, y al que da continuidad Dilma Rousseff, enfrenta serios cuestionamientos por parte de un creciente número de economistas que lo consideran “insostenible y disfuncional”.

A ese sector crítico, Standard & Poor’s (S&P) le dio municiones en marzo pasado al reducir de BBB a BBB- la nota soberana del país sudamericano, y aunque Brasil mantuvo el “grado de inversión”, la agencia calificadora puso el énfasis en la pérdida de credibilidad de la gestión tributaria.

El 25 de abril, el Banco Central de Brasil divulgó un dato que encendió las alarmas en el mercado de capitales: durante el primer trimestre de 2014, el país acumuló un déficit de cuenta corriente de 25,186 millones de dólares (mdd). De mantenerse esta tendencia, la cifra rebasaría los 100,000 mdd al finalizar el año, cuando el saldo negativo entre los recursos que ingresan y salen del país llegó a 81,374 mdd a marzo de 2014, un monto récord que equivale a 3.64% del PIB.

El deterioro en las cuentas externas de Brasil obedece al déficit en la balanza comercial, que durante el primer trimestre de este año llegó a 6,072 mdd, por la caída de la demanda asiática, en especial de su principal socio, China, en lo que fue el peor resultado para el periodo desde 1994.

El déficit fiscal del sector público de Brasil ascendió a 3.28% del PIB al cierre de 2013, y fue el mayor en cuatro años. En un año de elecciones presidenciales, como el actual, y con la expectativa de Rousseff de reelegirse en el cargo, nadie espera que el gobierno se apriete el cinturón o incremente los impuestos a fin de contener el saldo negativo, que equivale a unos 65,000 mdd.

Tampoco ayuda el retiro paulatino de los estímulos monetarios en Estados Unidos, ya que se traducen en una tendencia a la apreciación del dólar frente a las monedas de países emergentes y en alzas en el costo de los recursos financieros. De enero de 2013 a la fecha, el real brasileño ha registrado una devaluación de 13.15% frente a la moneda estadounidense.

En medio de las señales que algunos economistas interpretan como “focos rojos”, el Fondo Monetario Internacional (FMI) recortó el mes anterior la estimación de crecimiento del país para este año de 2.3% a 1.8%, un porcentaje muy lejano del promedio de la década pasada, mientras que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) bajó su proyección de 2.6% a 2.3%.

Para el jefe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), José Juan Ruiz, el modelo económico brasileño ha comenzado a presentar síntomas de agotamiento. “Esto es una realidad, pero yo no veo que los focos estén rojos. Me parece que, cuando mucho, en la economía de Brasil lo que tenemos es una alerta amarilla”, dice a Forbes México el economista español.

De acuerdo con Ruiz, Brasil es una economía solvente que requiere ajustes fiscales y políticas de fomento a la productividad que resultan de difícil abordaje en un año electoral, como 2014, en el que además el país es sede del Mundial de Futbol.

 

Extrañando a China

Antonio Prado, un economista brasileño que se desempeña como secretario ejecutivo adjunto de la Cepal, señala que el ajuste a la baja que realizó ese organismo a finales de abril en la proyección de crecimiento de Brasil para este año es de sólo 0.3 % respecto a la estimación de diciembre anterior, lo que es poco significativo.

“Hay problemas de déficit de cuenta corriente, pero en la Cepal no tenemos ningún elemento que nos indique que Brasil se esté aproximando a una crisis mayor. Este año tendrá un bajo crecimiento, debido a que el contexto internacional no es de los mejores”, indica el ex jefe de Asuntos Gubernamentales del Banco Nacional para el Desarrollo Económico y Social de Brasil.

El crecimiento brasileño de la década pasada fue alentado por la alta demanda de productos primarios de las economías asiáticas, con China a la cabeza. Entre 2000 y 2013, las ventas de Brasil al mercado chino se incrementaron 42 veces, al pasar de 1,085 mdd a 46,026 mdd.

Pero China ya no está creciendo a tasas de dos dígitos, como en los años recientes, y sus autoridades proyectan una expansión de 7% para este año, lo que implica una desaceleración.

Para el economista brasileño Armando Castelar Pinheiro, su país requiere “un cambio radical para reemplazar el modelo económico” vigente desde 2005, ya que el entorno internacional favorable que existió por el aumento de la demanda china de materias primas se esfumó como consecuencia de la desaceleración de la potencia asiática.

“Las dinámicas propias de este modelo fueron insostenibles porque se sustentaron en la apreciación de la moneda (el real, mientras duró la política monetaria expansiva en Estados Unidos), en un aumento constante de precios de los productos básicos de exportación (soya, hierro, carne, productos agrícolas) y en el aumento del consumo interno vía la masificación del crédito”, considera el también coordinador de Economía Aplicada del Instituto Brasileño de Economía (IBRE) de la Fundación Getulio Vargas.

Según Castelar Pinheiro, los primeros signos de que el modelo Lula “se había convertido en disfuncional” surgieron en 2010, y Rousseff, quien asumió el poder en enero de 2011, pareció entender la nueva situación y ajustó las políticas monetarias y fiscales para frenar la inflación.

En la segunda mitad de 2011 entró en vigor una “nueva matriz económica” lanzada por Rousseff, la cual se basa en políticas fiscales y monetarias expansivas y en liberar grandes volúmenes de crédito subsidiado para financiar el consumo. “El resultado fue lo contrario de lo que el gobierno esperaba y el potencial de crecimiento del PIB se derrumbó, lo que se complicó con el empeoramiento del entorno externo y las manifestaciones callejeras contra el gobierno”, señala el economista.

 

Votos y balones

A mediados del año pasado, las principales ciudades de Brasil fueron escenario de multitudinarias protestas ciudadanas contra un aumento al precio del transporte público, aunque pronto se agregaron otras demandas, como mayor gasto en salud y educación, combate a la corrupción y el cese de los millonarios gastos relacionados con el Mundial de Futbol de 2014.

La explosión de inconformidad social obligó a Rousseff a prometer que escucharía la voz de la calle, lo que acabó de tirar por la borda cualquier intento de racionalizar el elevado gasto público, que equivale a 35% del PIB, como primer paso para ordenar los desequilibrios fiscales y la cuenta corriente.

En medio de los problemas y las críticas a la conducción económica, la presidenta lidera todos los sondeos de cara a los comicios del próximo 5 de octubre, en los cuales se presentará como la candidata del izquierdista Partido del Trabajo (PT), con un respaldo de entre 35% y 42%, lo cual la ubica muy por delante de su principal adversario, el abanderado del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), Aécio Neves, con 20% de intención del voto.

Prado sostiene que en este año “atípico”, por las elecciones y el Mundial, el gobierno tendrá muy poco margen para hacer ajustes. “Lo que nosotros sí vemos es que el crecimiento de Brasil es bajo (entre 1% y 2.7% en los últimos tres años), y el país necesita más que eso”, afirma.

El secretario ejecutivo adjunto de la Cepal señala que el principal desafío para Brasil es complementar el modelo de crecimiento basado en el consumo, con un incremento de la inversión, que en la actualidad equivale a 21.3% del PIB y que sería necesario elevar, al menos a 25%. “Es necesario que crezcan las inversiones para sostener un crecimiento más alto, con un mercado de trabajo más dinámico y mejores indicadores sociales. El gobierno sabe esto y hay un esfuerzo en desarrollo de proyectos de infraestructura y energía, pero el contexto actual es muy complicado para hacer este apalancamiento de las inversiones”, asegura.

 

Ajustes al modelo

Para Castelar Pinheiro, la necesidad de cambios en la economía “es evidente, y esto habrá que hacerlo en 2015, lo que es factible porque los gobiernos brasileños, nuevos o reelectos, implementan la mayor parte de sus medidas impopulares en su primer año, y porque el pragmatismo, en lugar de la ideología, ha sido el sello de la política económica de Brasil en los últimos años”.

Ruiz, el economista jefe del BID, considera que luego de la toma de posesión –en enero de 2015– del candidato electo en los comicios de octubre, tendrán que producirse ajustes en el modelo que propicia el crecimiento vía consumo. “Hay otra forma de crecer, y esto significa mejorar la productividad, invertir más en infraestructura –que es muy deficiente–, en educación –cuyos niveles aparecen muy mal clasificados a escala mundial–. El país requiere de una reestructuración de su sistema fiscal, con impuestos menos distorsionadores, más neutrales y una mayor apertura al exterior”, sostiene.

A los ojos del funcionario del BID, la economía brasileña puede estar en “alerta amarilla, pero se trata de un país con las máximas garantías”, ya que tiene un nivel de reservas internacionales por 378,012 mdd, suficientes para más de un año de importaciones, y una deuda externa neta de 311,000 mdd, equivalente a 14.1% del PIB, el porcentaje más bajo en América Latina.

Visto así, José Juan Ruiz dice que un modelo económico que logró sacar a 40 millones de brasileños de la pobreza y bajar ese indicador de 36.4% de la población en 2005 a 18.6% el año pasado, no puede ser malo, aunque sí estar agotado, y eso supone que requiere ajustes.

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