Brasil logró que lo reconocieran como un país de oportunidades para recibir inversiones extranjeras, realizar comercio y colocarse como gran exportador. Pero descuidó su vida interna: desatendió la base política de apoyo, la base social y ésta se reveló.

 

 

A principios del mes de septiembre en Rio de Janeiro, Brasil, un grupo de pasajeros que habían estado atrapados más de dos horas en un tren de la llamada “super vía” de transporte público, prendieron fuego a un vagón, indignados porque el gobierno no acudió en su auxilio ni resolvió el problema mecánico.

La historia coincide con muchos otras en ese país donde consideran que las necesidades sociales y la mejora de los servicios públicos son urgentes, prioritarias y requieren más presupuesto y más eficiencia que lo que se gasta para organizar unos juegos olímpicos o un mundial de futbol, aunado a la creciente y cada vez más intolerante corrupción en ese país sudamericano.

Brasil presume también de ser una economía abierta, de tener a un compatriota como dirigente de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y de ser el país predominante en la región, sin embargo, no es una economía tan abierta como dice, crea sus propios mecanismos internos o disposiciones que protegen sus industrias nacionales. En realidad la principal fuerza es su gran mercado interno y el tamaño de su país.

Durante muchos años Brasil se presentaba al mundo como un país del futuro, de gran crecimiento económico y de codearse con Rusia, China e India (BRIC´s) como país emergente. Sabían que la imagen de Brasil tenía que trascender de sus referentes íconos: la samba, el futbol y chicas guapas y alegres con diminutos bikinis.

Brasil logró su objetivo. Que lo reconocieran como un país de oportunidades para recibir inversiones extranjeras, realizar comercio y colocarse como gran exportador. Pero descuidó precisamente su vida interna; desatendió la base política de apoyo, la base social y ésta se reveló. Incluso se reveló hasta en lo impensable: Los brasileños no quieren futbol a cambio de rebajar o retardar su bienestar. El mito se derrumbó desde adentro.

El tema de las conflictividades internas que afectan la imagen externa de un país, está en todos partes y es normal, por decirlo de alguna manera. Pero por lo menos, cada país debe de hacer un esfuerzo para promoverse en el mundo o de contar con una política pública bien definida, coordinada e incentivada.

En nuestro país, la marca México llego tarde, limitada, tímida y titubeante. Comenzó, cómo política pública, apenas hace dos décadas en el sector turístico, con un objetivo claro: atraer turistas. Esto brinda un gran apoyo a este sector y lo ha consolidado. Qué mejor que el sol, la playa, la cultura y los pueblos mágicos de México para presumir al mundo.

Pero nuestro país es algo más que sol y playa. Ahora hay mucho más México que presumir, sectores industriales novedosos y condiciones de país mucho más atractivo que antes. Temas que reditúan mucho en la imagen positiva de una nación y que han estado abandonados durante muchos años por los gobiernos.

El proceso del citymarketing de un país debe verse en función de los intereses de cada nación. En el caso de México debe aprovecharse esta herramienta para apoyar a diversos sectores industriales que están fuertemente vinculados con inversión extranjera, promoviendo al país como la mejor opción para invertir. También tiene un fuerte vínculo con el mercado interno que gracias a esas inversiones o al turismo extranjero se activa el comercio y se desarrollan proveedores.

El primer punto de arranque de una marca o de un producto de estas características es el del conocimiento. Aunque parezca increíble, México es desconocido en el mundo, por varios factores:

  1. En casi todos los países existe un nivel muy alto de personas que ignoran aspectos geográficos o de historia universal. Es una cuestión interna de cada país.
  2. El conocimiento de las cosas comienza con sus hábitos personales relacionados a la tecnología: ver televisión, acceder a internet, oír noticias, leer periódicos, etc., es decir, las plataformas de noticias o la publicidad son ventanas donde se asoman muchos usuarios.
  3. México no es un país que busque deliberadamente presentarse al mundo con una personalidad o una vocación propia, es decir, no busca ser una superpotencia económica o militar, tampoco influir o participar en las decisiones internacionales como formar parte de una fuerza de paz, ni ser conciliador en conflictos regionales o internacionales.
  4. No existe una política pública seria de posicionar a nuestro país en el ámbito internacional, donde intervengan todas las dependencias federales y los estados de manera coordinada.  El gobierno sólo hace esfuerzos mínimos o acotados en el ámbito turístico, cultural y un poco en temas de promoción de negocios.

 

La imagen de México en el mundo varía por regiones: en América Latina conocen más a nuestro país, nuestra cultura y nuestros hábitos ya sea por el idioma, la comida, la música y por las producciones mexicanas en la televisión. En Europa, a pesar de que hay un nivel cultural más alto, todavía existen europeos que no ubican a México ni en el mapa o nos ubican con toda seguridad en Sudamérica. En Asia, es de terror; ni idea tienen de nuestro país. En China, por ejemplo, la población en general confunde a México con Rusia porque en el idioma mandarín ambas palabras suenan muy parecidas, y sólo conocen algo de México por las telenovelas. Incluso la figura de Bora Milutinovic es referente de México en ese país, sólo porque el entrenador pasó de dirigir la selección de futbol mexicana a la selección de China.

Ya tendremos oportunidad de abundar más sobre el tema de Marca país, sólo quiero hacer referencia de que el caso Brasil es un buen ejemplo de lo que se debe hacer y no se debe hacer para construir una marca y de cómo gran parte de la labor comienza adentro de cada país.

 

 

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