La economía global no es un fenómeno nuevo; el proceso de globalización económica en el mundo se remonta por lo menos al siglo XVII. Las primeras compañías globales se remontan a los tiempos de la Compañía de las Indias Holandesas (VOC) y la Compañía de las Indias Orientales Inglesa; incluso, algunos sitúan sus orígenes desde los tiempos de la Liga Hanseática y el comercio que se extendía de Londres hasta Nóvgorod (Rusia) en 1157.

Claramente el proceso de globalización en el mundo es muy antiguo y resistente a los cambios políticos, económicos y sociales que han ocurrido y continúan ocurriendo en el mundo, sin dejar de ser frágil, tal como lo vivimos durante la Primera Guerra Mundial y el proceso que desemboco en la Gran Depresión. Por esta razón resulta extraño y poco creíble que surjan voces que frente a eventos como el Brexit, hablen sobre el fin de la globalización.

Lo sucedido en el Reino Unido es, en parte, una respuesta hacia ciertos aspectos de la globalización, pero también a cuestiones internas que nada tienen que ver con el comercio o los flujos financieros. Por eso mismo es importante no hacer una lectura sobre la globalización basada en procesos políticos internos de un país en particular y mejor analizarla por sus efectos en todo el mundo.

La globalización está en un proceso de cambio y es necesario repensarla partiendo del reconocimiento que de la misma forma que ha producido ganancias y beneficios para algunos, ha generado costos para sectores amplios en muchos países. Los perdedores de la globalización en todo el mundo no han sido compensados.

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La famosa “grafica del elefante”, creada por los economistas Branko Milanovic y Christoph Lakner, muestra con toda claridad a ganadores y perdedores de la globalización. Los ganadores son la clase media de países como India y China y el 1% de la población mundial, aquellos conectados a los sectores financieros y al comercio. Los perdedores han sido las clases medias de los países occidentales y los grupos de personas con menor acceso a educación y salud, a los que el proceso de cambio tecnológico y de integración económica hizo que sus trabajos desaparecieran, sus salarios disminuyeran y sus trabajos migraran a los nuevos centros industriales del mundo y, por ende, sufrieran con el aumento de la desigualdad en sus países.

Hace algunos años, Dani Rodrik planteaba la existencia de un trilema en la economía global: la imposibilidad de que al mismo tiempo dentro de un país pudieran coexistir una política en pro de la integración a la economía mundial, con una política en pro de los intereses de la economía doméstica y una democracia. Dos de las tres pueden coexistir, peor nunca las tres al mismo tiempo.

El trilema de Rodrik sirve para ilustrar los problemas de Europa, fenómenos como la austeridad y el malestar que causa entre la población. En pro de la estabilidad macroeconómica de la región se impone un costo a la economía doméstica de los países miembros de la Unión Europea causando, a su vez, tensiones importantes con sus habitantes. Esto explica el crecimiento de movimientos como Podemos en España y las protestas que se han visto en buena parte de Europa.

En este sentido, el siglo XXI y el siglo XIX no son muy distintos; siguiendo el argumento de Kenneth Waltz, en muchas mediciones el siglo XIX fue un siglo mucho más globalizado que el actual, con prácticamente no límites a la movilidad de capitales ni de personas, atrapado en el patrón oro como ancla de la estabilidad cambiaria y, por tanto, del comercio internacional. Sin embargo, en esta superglobalización las economías del siglo XIX se veían forzadas a privilegiar las políticas que aseguraran la convertibilidad de sus monedas al oro y evitaban los déficit en la balanza de pagos a costa de aquellas políticas que favorecían sus economías domesticas.

Hoy, las políticas de austeridad en Europa pueden verse, en gran medida, como una repetición de los conflictos del patrón oro de finales del siglo XIX y principios del XX, en que el euro hace las veces del oro –limitando la autonomía de la política monetaria y forzando a las autoridades económicas a favorecer los objetivos externos– y las políticas de austeridad juegan exactamente el mismo rol que en aquel entonces.

¿Qué terminó con el patrón oro? Entre las muchas causas que eventualmente terminaron con el patrón oro estuvo el conflicto creciente entre objetivos externos como la convertibilidad del oro y la creciente demanda de usar las herramientas de política económica para mejorar las condiciones de vida dentro los países. Poco a poco las presiones internas forzaron el abandono de la convertibilidad para favorecer el gasto interno, que a su vez permitió la transformación de las sociedades con un cada vez mayor nivel de vida.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional comprendió los errores de la economía mundial del pasado y comenzó un nuevo proceso de globalización, pero esta vez limitado. Bretton Woods fue un pacto que reconcilió los intereses económicos nacionales –los del desarrollo económico– con las demandas democráticas al interior de los países, y una globalización limitada que permitiera el comercio, pero reconociendo que los flujos financieros globales tienen un doble rostro, como el dios Jano: por un lado, siendo el pegamento que une a la economía internacional, y por otro, una fuente de inestabilidad si se les deja fuera de control.

A partir de la década de los ochenta, con el triunfo del neoliberalismo la globalización tuvo una vez más un replanteamiento, esta vez de carácter financiero, desregulando la actividad financiera en el mundo y deshaciendo todos los controles que se establecieron en la posguerra. A la larga, durante más de treinta años los efectos de dicha liberalización muestran que los flujos financieros internacionales fuera de control no son positivos para la economía global. Bradford Delong y Stephen Cohen la llaman la “hipertrofia financiera” debido a que, lejos de traer mayor prosperidad al mundo, ha sido un movimiento gigantesco de redistribución de riqueza de los pobres y las clases medias hacia la parte más alta de la distribución del ingreso, no una fuente de generación de riqueza.

En el presente, el sistema financiero internacional no funciona mejor que en 1950, no facilita en ninguna medida la inversión en los países en comparación con lo que hacía en el pasado e incluso resulta un obstáculo para el crecimiento económico. Stephen Cecchetti y Enisse Kharroubi, del Banco Internacional de Pagos, han encontrado evidencia del costo que la globalización financiera ha traído en términos de crecimiento.

Por estas razones es importante que cuestionemos el rol de la globalización. Las controversias a la misma en el mundo abren la posibilidad de volver a rediseñarla tal como lo hemos hecho una y otra vez durante los últimos mil años.

La globalización ha jugado un rol dual en el mundo: como una fuerza igualadora que ha permitido la convergencia entre las economías del mundo, y como una fuerza desigualadora al acentuar y multiplicar las desigualdades internas de los países por el poder amplificador de la liberalización financiera.

La globalización no va a desaparecer y sería ingenuo desear que así lo hiciera. Debemos hacerla trabajar a favor de la mayoría, tal como ha trabajado a favor de ciertos grupos, como una fuente de prosperidad para todos en el mismo espíritu que se planteó durante Bretton Woods. De lo contrario, no sería extraño que repitiéramos los errores del siglo XIX y de principios del siglo XX.

 

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